Sobre mi madre y Colombia. Columna de Andrés Rosales U. @ARosalesU ‏

Andrés Rosales U.

SOBRE MI MADRE Y COLOMBIA

arosalus@hotmail.com 

Hace poco, hurgando con mi padre entre los viejos papeles y fotografías que archiva en su biblioteca, dimos con una nota necrológica de su autoría. Se publicó en el diario de la ciudad,  para invitar a la misa por el alma de mi madre al cumplirse un año de su muerte.

En medio de un clima de violencia e inseguridad desbordadas, un día del mes de marzo de 1998, mi hermano Carlos, un joven de apenas 31 años,  fue  asesinado en una calle de Bogotá.

La temprana partida de Carlos y la forma en que murió fueron también la sentencia de muerte de mi madre, que sobrevivió a ese acontecimiento   unos 18 meses. Para esas fechas  había transcurrido tan solo un año largo del gobierno del presidente de entonces.

Andrés Pastrana había subido a la presidencia ofreciendo una paz claudicante. Una foto en el monte, junto al  funesto guerrillero “Tirofijo”  prometiendo una paz dialogada,  fue un factor muy importante para su victoria, esto porque, la guerrilla, envalentonada, tenía literalmente sitiado al país. La población, atemorizada y sintiéndose  abandonada a su suerte por un  estado vacilante y errático, voto asustada. Después, Pastrana ya como presidente, acorralado por su propia  incompetencia, en un acto desesperado despejó  la población de San Vicente del Caguán y sus zonas aledañas, unos 40.000 kilómetros cuadrados. Abandonó a su suerte una extensión equivalente a la de Suiza o  los Países Bajos, con el pretexto de dialogar con la guerrilla. Este curioso experimento, forzado por la cobardía y la impotencia, desembocó en un  desastre sin precedentes.

Sentenciaba  Churchill que el que se humilla para evitar la guerra, se gana la humillación y la guerra, y el asunto del Caguán fue la prueba irrefutable de ello. La situación había tocado fondo. El resultado era el de un país fuera de control, sumido en el desorden y el caos después de años de erráticas desiciones del estado y su dirigencia política, que evadía las consecuencias de contener a la guerrilla por la fuerza camuflando su talante pusilánime en inútiles intentonas de arreglos dialogados.

Sentenciaba Churchill que el que se humilla para evitar la guerra, se gana la humillación y la guerra, y el asunto del Caguán fue la prueba irrefutable de ello. Clic para tuitear

Como por ensalmo, en 2.001 surgió, con el 1% de intención de voto a la presidencia, Álvaro Uribe Vélez, en ese momento ex gobernador del Departamento de Antioquia. Su popularidad a nivel nacional en ese entonces era baja. Su nombre, sin embargo,   venía adquiriendo creciente relevancia por los resultados de su gestión como gobernador.

Como candidato a la presidencia en 2002 cautivó a la mayoría del electorado con una propuesta sencilla y diáfana, que recordaba lo que por años pregonó sin éxito el dirigente conservador Alvaro Gomez Hurtado: “La autoridad legítima del Estado protege a los ciudadanos y disuade a los violentos. Es la garantía de la seguridad ciudadana durante el conflicto y después de alcanzar la paz”.

El primer acto de Álvaro Uribe Vélez como presidente fue viajar la madrugada el 8 de agosto a la zona de Valledupar,   para ocuparse personalmente de lanzar su programa de protección y seguridad en las carreteras,  una iniciativa que combinaba la actividad  de las Fuerzas Armadas con la  de  una red de informantes de la población civil.

Los resultados de la firme imposición de la autoridad del estado mediante el legitimo uso de la fuerza armada fueron sencillamente arrolladores. Cuatro años después el país se había trasformado en todos sus ordenes y Uribe fue reelecto en primera vuelta. Al final de su segundo gobierno, la guerrilla ostensiblemente menguada  había perdido a la mayoría de los miembros del que llamaban “secretariado”,  su cúpula de mando, y quedado reducida a su más mínima expresión.

Paradójicamente fue el mismo Uribe el que, obnubilado  por quién sabe qué hado maligno, sin querer sembró el germen de la destrucción de su gran obra de gobierno. Al final de su segundo mandato, de todos era sabido que el país atendería al guiño de Uribe para elegir presidente. Para infortunio nuestro, Uribe se decantó por Juan Manuel Santos, el más nefasto dirigente político de Colombia en toda su historia.

Lo sucedido en los últimos ocho años puede resumirse en pocas palabras: en muchos aspectos el país está retrocediendo a los oscuros años de finales del siglo 20, inexplicablemente se rindió en una guerra que ganaba sobradamente,  y el clima de violencia, extorsiones  e inseguridad amenaza con llevarlo rápidamente al estado de postración de las postrimerías del gobierno de Andrés Pastrana.

Sin duda alguna, el orden fue la clave  extraviada del pueblo colombiano hasta la llegada de Álvaro Uribe. Ahora, las repúblicas independientes del crimen y el llanto por los muertos de la salvaje violencia que vivía el país por causa de la guerrilla antes de 2002 han resurgido con  fuerza. La razón es clara: el orden otra vez perdido por  la debilidad del estado. El país nuevamente pide a gritos el restablecimiento del orden, que solo el Estado puede imponer con autoridad.

Por fortuna Uribe se mantiene en pie y dispuesto a seguir luchando. Con una tozudez  y obstinación  nunca vistas en un gobernante colombiano, su preocupación genuina por los problemas del país lo ha llevado a renunciar al dorado retiro de un expresidente y, tal como hace 16 años, se ha obsesionado por  enderezar  el rumbo del país, ahora intentando perpetuar  su obra en el candidato Ivan Duque.

La bella y conmovedora nota a la que me referí al principio finaliza así: “En homenaje a su memoria,  hacemos nuestros los versos finales del poema de Wilde  ante la tumba de Keats: “…nuestras lágrimas conservarán verde tu recuerdo y lo harán florecer como albahaca”.

Reguemos lagrimas por nuestros muertos porque murieron de viejos. Como hace 16 años, en nuestras manos está la solución.