Somos Colombia Columna de Miller Soto @millersoto

Miller Soto

 

Somos Colombia

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Eso de creerse amo y señor de la verdad, es una manía que suele salirle a flote a muchos en época electoral, sobre todo, cuando se trata de elecciones presidenciales.

Es curioso, siendo el cargo de elección popular que se ejerce más distante al ciudadano, es el que mayores emociones despierta en cada uno de nosotros. Es el voto que sentimos más nuestro. Se ha vuelto costumbre discutir de modo exacerbado acerca del tema.

Los petristas y los duquistas, más que los seguidores de los otros candidatos, constituyen esa gran masa polarizada y dedicada a esbozar “argumentos” que no admiten ninguna posibilidad de contradicción.

Gran parte de los petristas, un poco ayudados por el vargasllerismo (habitualmente asolapado), da por cierto el hecho de que Iván Duque será el títere de Uribe; y gran parte de los duquistas, un poco ayudados por el vargasllerismo (habitualmente asolapado), da por cierto el hecho de que Petro será el títere de Maduro.

Eso de creerse amo y señor de la verdad, es una manía que suele salirle a flote a muchos en época electoral, sobre todo, cuando se trata de elecciones presidenciales. Clic para tuitear

Lo cierto, a mi modo de ver, es que ninguno de los dos tiene la personalidad o la formación para ser el títere de alguien. Creo, eso sí, que en lugar de concebir a Uribe y a Maduro como titiriteros, los candidatos ven en ellos el ejemplo a seguir, seguramente -como debe ser- con la intención de mejorar lo que cada uno considera es una figura ejemplar; aunque, a decir verdad, Maduro no debería ser la inspiración de nadie. Un régimen como ese, no es concebible ni mejorado.

Lo que sí me resulta indiscutible, es que son estos dos candidatos (Duque y Petro) y sus equipos de trabajo, los que se llevan el enorme mérito de haber pegado en el corazón de las masas. Los demás, en cambio -a excepción de Fajardo-, han hecho una campaña, a la luz de mis ojos, errática. Por un lado, el señor De la Calle pareciera hablarle a la gente como si la considerara ignorante. No profundiza. Casi todo lo lleva al terreno de la paz como para evitar ahondar en temas que requieren cierto grado de tecnicismo. Le huye a las cifras como si no las manejara; y en el afán de resultar sincero, ha cometido el craso error de proponer una que otra medida impopular; en fin, el señor De la Calle, además de no provocar ni oírlo, cuando uno lo oye, no provoca.

Por otro lado, está Germán Vargas. Todos sabemos que es el candidato apoyado por las maquinarias en todos sus niveles. Su programa, que no está mal, se diluye ante el tremendo fastidio que le produce a la gente la prepotencia y la antipatía de una candidatura que se ha rodeado de una ajada clase política con un tufillo a Juan Manuel Santos que por mucho que lo intenten no pueden disimular. La dificultad de este candidato para conectar con una ciudadanía que le ha castigado su coscorrón y sus ambigüedades, quizá se deba al modo obsoleto como pronuncia y enfoca su discurso.

Ha llegado al punto, incluso, de hacer alarde de su antipatía como si se tratara de una fortaleza conectada al hecho de que un presidente no debe ser -necesariamente- simpático. Un argumento que -por creativo y cierto que sea- no cuaja. Finalmente, está Fajardo. Si bien no ha sido tan errático como De la Calle y Vargas, su gran carisma y su original forma de concebir la política, no han sido suficientes, ni para rebasar las corrientes que generan posiciones claramente definidas, ni para mermar la tirria que suscitan sus aliados en vastos sectores de la población, ni para disimular su desconocimiento sobre temas tan elementales como el paro de maestros, que, siendo él profesor, debería manejar a profundidad. Sin embargo, hay que decirlo: es un hombre cuya decencia es digna de resaltar.

Al terminar toda esta película, seguiremos aquí. Gobernados por uno de ellos. Y nos guste o no, nos gobernará a todos. Sí… A los colombianos. Porque a fin de cuentas, eso somos ante todo. Y por mucho que la política nos enfrente, debemos tratar nuestras diferencias con respeto. Eso de creernos dueños de la verdad, aunque es arrogante, es aceptable. Lo que no es aceptable es pensar que el hecho de creernos con la razón, nos concede el derecho de agredir a aquel que no coincide con nosotros. Debemos recordar que a la larga los 90 minutos de este intenso partido llegarán y después del silbato final seguiremos aquí, viéndonos las caras en este bellísimo contexto en el que coincidimos… Se llama Colombia.