El capuchino “envenenado” de los viernes ¡Misericordia, Monseñor, Misericordia! Por Francisco José Tamayo Collins @tamayocollins

Francisco José Tamayo Collins

¡Misericordia, Monseñor, Misericordia!

@tamayocollins

Muchas gracias, Monseñor, por aceptar este primer capuchino. La verdad, esta semana para los católicos colombianos no ha sido nada fácil, pues a raíz de decisiones equivocadas, tomadas por colegas suyos en las altas esferas del Episcopado, nos hemos visto seriamente confrontados.

Como muchos, me espanta pensar que algunos obispos avalen la impunidad y terminen vendiéndonos una falacia monumental, arguyendo que la misericordia evangélica puede arropar a un terrorista narcotraficante, que no ha pagado sus deudas con las víctimas de sus delitos.

¡Misericordia, Monseñor, misericordia! Misericordia con nuestra Iglesia, puesta en la picota pública gracias a hechos como el sucedido con el señor Santrich, un sujeto que hasta la fecha no ha mostrado ningún arrepentimiento en relación a sus crímenes y, por lo visto, no tiene muchas ganas de hacerlo; de hecho, parece que  prefiere seguir tarareando boleros: “quizás, quizás, quizás…”

¡Por favor! ¿A quién se le ocurrió ceder ante una presión política tan evidente, sin tener en cuenta que los ejemplos dejados por San Juan XXIII y San Juan Pablo II son contundentes en cuanto a pastoral penitenciaria? Tanto, que inspiraron a Benedicto XVI y han marcado a Francisco en sus visitas a numerosas cárceles, no sólo italianas sino de otros países del mundo.

Hagamos un breve recuento, Monseñor, para que no se les olvide a sus pares purpurados que están detrás del caso del narco ciego de las Farc, que los antecedentes hablan por sí solos.

¡Por favor! ¿A quién se le ocurrió ceder ante una presión política tan evidente, sin tener en cuenta que los ejemplos dejados por San Juan XXIII y San Juan Pablo II son contundentes en cuanto a pastoral… Clic para tuitear

Angelo Giuseppe Roncalli, papa Juan XXIII, llevó el Evangelio a la cárcel romana de Regina Coeli el 26 de diciembre de 1958. Era la primera vez que un pontífice entraba en un centro de reclusión para llevar consuelo a los detenidos, muchos de ellos condenados por homicidio.

Según cuentan los historiadores, los reclusos más violentos no pudieron contener las lágrimas, se arrodillaron y oraron con fervor, solicitándole al “papa bueno” que rezara por sus familias. Hubo contrición, legítima humildad y arrepentimiento. Por supuesto, todos siguieron en la cárcel; incluso, los más delicados de salud, continuaron pagando sus penas en la enfermería del presidio.

¡Misericordia, Monseñor, misericordia! Esa que mostró el amado Juan Pablo II, santo de nuestros tiempos, cuando visitó en diciembre de 1983 la cárcel de Rebibbia, donde estaba preso al turco Ali Agca, antiguo miembro de la banda de los “Lobos Grises”, contactado por el politburó soviético para asesinarlo, con el aval del Ayatola Jomeini.

El precio que tuvo que pagar Juan Pablo II para ganar la batalla contra el comunismo fue alto; no obstante, para quienes hoy protegen a Santrich, parece que ese asunto no es relevante.

Compartiendo este capuchino con Usted, me gustaría recordar el atentado que tuvo lugar en plena Plaza de San Pedro el 13 de mayo de 1981. Como bien lo muestran las imágenes, el turco efectivamente disparó contra Juan Pablo II y casi lo mata, pero una mano protectora, la de la Virgen de Fátima, le salvó la vida al papa Wojtyla, como él mismo lo reconoció.

Con misericordia infinita, Juan Pablo II escuchó de labios de su agresor, en un rincón de la celda de Agca en la cárcel de Rebibbia, los pormenores del atentado. La condena que recibió el turco fue ejemplar: estuvo en la prisión de Roma hasta el año 2000, cuando fue extraditado a Estambul para cumplir otras condenas pendientes en su país natal.

El abril de 2005, Alí Agca oró por “el alma de Juan Pablo II, ese hombre santo que lo visitó en Rebibbia”, y recobró la libertad en el año 2010, 32 años después del atentado. En 2013 publicó una autobiografía y en diciembre de 2014 estuvo en el lugar donde le disparó al papa polaco, visitó su tumba y volvió a llorar amargamente delante de los medios de comunicación.

#ElVenenete: ¿A qué juegan los obispos protectores de Santrich, cuando pretenden meter gato por liebre en asuntos de misericordia? ¿Qué opinión le merece al episcopado colombiano el testimonio de San Juan XXIII, el heroísmo de San Juan Pablo II, y la obediencia de Benedicto XVI y Francisco en sus misiones de pastoral penitenciaria?

 Brownie para acompañar el capuchino de hoy: ¡Misericordia, Monseñor, misericordia!

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