El ventarrón

Ana María Abello

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El pasado 7 de agosto, los que siguieron por televisión la posesión del presidente Duque, pero sobre todo los asistentes a ese trascendental evento, asistieron atónitos a un espectáculo nunca visto en la ciudad de Bogotá. Se trató de un impase climatológico de hondo calado que estuvo a punto de arruinar la ceremonia. Un vendaval muy frío acompañado de lluvia apabulló a los asistentes, desarmó paraguas por doquier, desprendió pendones y se llevó por delante pedazos de la escenografía preparada para la ocasión.

Pareció que el clima quiso ponerse a tono con los nuevos aires que empiezan a soplar en el país, luego de la salida de Santos de la presidencia y de la llegada de su sucesor, el joven Iván Duque.

A los fuertes y nuevos vientos que llegaron a Bogotá anunciando cambios radicales de toda índole se sumó el discurso no poco menos impetuoso del presidente del senado Ernesto Macías, que sin pelos en la lengua  se encargó  de “cantarle la tabla” al presidente saliente, que terminó así desenmascarado delante de lo que más preocupa a su mente vanidosa: la comunidad internacional.

Así, el gran primer cambio fue volver a la verdad, que se había convertido en un bicho raro durante el gobierno de Santos, una prolífica fabrica de mentiras que tuvo engañado al país durante ocho años. Clic para tuitear

Así, el gran primer cambio fue volver a la verdad, que se había convertido en un bicho raro durante el gobierno de Santos, una prolífica fabrica de mentiras que tuvo engañado al país durante ocho años.

Se  anuncian grandes cambios a nivel gubernamental, pero lo que sí  quedó claro después del mentado discurso es que hay gente en el país que se niega a cambiar. Así, los que en lugar de agradecer la verdad y de enfurecerse con Santos por todas las tropelías y desafueros de su pésima administración, descargan toda su ira contra Macías por supuestamente haberse tomado el atrevimiento de  secar los trapos al sol delante del planeta.

Al parecer no entienden que después de un gobierno de ocho años de un presidente al que propios y extraños reconocen su  calidad de farsante y mentiroso, aparte de pésimo administrador, lo  mínimo que aconseja el buen juicio es hacer un corte de cuentas para que al menos la gestión del gobierno entrante no termine contaminada con la de su antecesor.

No deja de sorprender que los mismos que se rasgan las vestiduras por el discurso de Macías sean esos  mismos que aplaudieron la payasada y, esa sí, falta de respeto del profesor Mockus el día de la apertura de las sesiones ordinarias del congreso,  cuando, por un hecho cotidiano en ese recinto cual es el de  que los legisladores ocasionalmente desatiendan al orador de turno o al presidente mientras interviene, haya  decidió, sin más, bajarse los pantalones y mostrar su trasero a los legisladores y a los televidentes. Más que vergonzoso fue un acto vulgar y si la preocupación  era la “comunidad internacional”, tienen verdaderos motivos para preocuparse pues aquella quedó perfectamente enterada del desmán del Dr Mockus pues  prácticamente le dio la vuelta al mundo a través de las redes sociales.

El nuevo gobierno y la nueva fuerza dominante en el congreso entró pues, soplando bien fuerte, mucho más que el ventarrón bogotano del 7 de agosto. Y que se tenga fina  la oposición, sobre todo la izquierda, tan acostumbrada a manipular y a victimizarse, porque lo que viene de aquí en adelante es trabajo duro y parejo, no pensando en satisfacer vanidades personales, sino pensando en el país y en su gente, y en un panorama así una mentalidad decadente, retrógrada y regresiva como la de la izquierda no tiene cabida alguna.

Retomo las palabras que le escuché a un senador en las sesiones de ayer. Que esos críticos del discurso de Macías más bien agradezcan que hay un líder como Álvaro Uribe que ha servido de muro de contención contra la izquierda que de no haber sido atajada ya hubiera implantado en Colombia  el socialismo del siglo XXI y estaríamos recogiendo los pedacitos de país desperdigados por el suelo como exactamente están haciendo los hermanos de Venezuela. 

La situación del país no da espera después de 8 años de saqueo y de entrega a la izquierda. Ya no hay tiempo de más. No hay tiempo para ahogarse en todo ese palabrerío barato de la izquierda, ni en lamentaciones por discursos que dicen la verdad. 

No hay tiempo para ahogarse en todo ese palabrerío barato de la izquierda, ni en lamentaciones por discursos que dicen la verdad. Clic para tuitear

El tiempo solo alcanza ahora para trabajar y recuperar el país, para que recupere la senda que en mala hora perdió en el año 2010.

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