No se perdería mucho Columna de Andrés Rosales U @ARosalesU

Andrés Rosales U

No se perdería mucho

@ARosalesU

Difícil olvidar el largo silencio de las Farc en  tiempos del gobierno de Álvaro Uribe. Unos arrinconados por los  bombardeos de la fuerza aérea, otros escondidos  en Venezuela, adonde salieron despavoridos, huyendo de  Uribe con el rabo entre las piernas.  Sin embargo, desde el inicio de la vorágine de equivocaciones y despropósitos  que terminó en un acuerdo de paz, venimos padeciendo escenas que habían quedado en el olvido. Como la de un criminal de lesa humanidad profiriendo amenazas  ante los medios de comunicación. “El proceso de paz está en peligro de precipitarse hacia el abismo del fracaso”, advirtió solemne y  altivo  el guerrillero Iván Márquez hace unos días en una nutrida rueda de prensa, atribuyendo esa posibilidad a que Jesús Santrich no quede en libertad o muera de hambre.

El ultimátum de Márquez por supuesto que  no iba dirigida al pueblo, sino al presidente de la república. Porque a estas alturas es al único al que podría intimidar así, porque cumplir la amenaza formalizaría el fracaso del acuerdo de paz, que absorbió todas las energías del gobierno por 8 años. Para la mayoría de los demás, la huida de Márquez al monte, viéndolo bien,   sería  una buena noticia, porque reviviría la ilusión de un ajuste de cuentas. Sería  acariciar nuevamente el sueño de verlo abatido por un ataque de la fuerza aérea. Como la ilusión de los judíos con los juicios  de Nuremberg, o la de los kurdos,  víctimas de Saddam Husseim,  viéndolo ascender  al  patíbulo.

En cuanto a la huelga de Santrich, su muerte por inanición  sería  un suicidio en toda la regla, uno más de los cientos que ocurren a diario en el mundo.

Con Santrich muerto de hambre o huido, Márquez vuelto guerrillero cimarrón y el acuerdo trunco, la verdad  no se perdería mucho, porque ese batiburrillo impracticable de 300 paginas que es el acuerdo ha resultado, como ya se sabía,  un verdadero fiasco: como todo lo de Santos, fraguado en la trampa y la mentira,  pero de una pésima factura final.  Al contrario, comenzaría a desenredarse el  galimatías jurídico craneado por los adláteres del gobierno en el congreso  para implementar lo imposible  torciéndole el pescuezo al estado de derecho.

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Al caos jurídico al servicio del acuerdo hay que agregarle el debilitamiento general del estado para idénticos fines.  Una debilidad artificialmente provocada por Santos para mantener viva a la niña de sus ojos, porque Santos, que es un pérfido, tiene un defecto peor, el de la vanidad, que supera con creces su perfidia. Y las Farc  tienen  medida  su vanidad desde hace mucho. La vanidad que no lo dejaba disimular  el frenesí por firmar el acuerdo a como diera lugar, y que condujo  en Cuba a la humillación del  estado colombiano, reducidos sus delegados al triste papel de amanuenses de las Farc. Y es  por eso mismo que ahora  extorsionan a Santos amenazándolo con  desbarrancar el acuerdo de paz.

Débil con las Farc por la necesidad imperiosa de la preservación del acuerdo, con el resto de criminales, Santos, sin una motivación diferente a la dejadez y a  su mediocridad como gobernante, se muestra simplemente indiferente y cuando ocasionalmente decide disimularlo vuelve a ser blandengue. Otra vez el estado arrinconado e indulgente, como en aquellos tiempos difíciles del intervalo entre los gobiernos de Turbay Ayala y Uribe, ambos exclusive.

Pues bien, los frutos se esa blandenguería idiota ya empiezan a cosecharse: violencia por doquier,  como la del ELN, resucitado por  Santos para tener con quien firmar otra paz, o la del  tal Guacho, haciendo de las suyas en el sur, donde retiene tres cadáveres. Esas perturbaciones, un problema insoluble en tiempos de Samper y de Pastrana, que dejaron de  serlo con Uribe y que vuelven a serlo con Santos, hoy se resolverían con unas cuantas toneladas de bombas lanzadas desde el aire, pero eso no va a pasar. No va a pasar, porque es regla de oro del decálogo del buen mamerto que el uso de las armas se reserve exclusivamente a los enemigos del Estado, que, mansamente, debe plegarse en espera de que le concedan un arreglo por las buenas.

De ese tamaño están las cosas en este país, al que le viene como anillo al dedo esta frase, no  preciso pronunciada por quién: “La justicia sin fuerza y la fuerza sin justicia son las peores desgracias de un pueblo”. Ya el pueblo lo sabe, porque no olvida como fue rescatado el país, cautivo de la guerrilla, entre 2002 y 2010.

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