Aburrida Reflexión

Rafael Rodríguez - Jaraba

Rafael Rodríguez - Jaraba

Con urgencia, necesitamos, que la educación siembre virtud en mentes y corazones, y en ellos plante la semilla de la disciplina, el orden, la exigencia, la excelencia y la leal competencia. Clic para tuitear

Rafael Rodríguez – Jaraba

Para entender el presente y prospectar el futuro, es preciso estudiar y entender el pasado; de no hacerse, seremos despistados lugareños o dóciles forasteros condenados a emular lo que otros hacen y a repetir lo que otros dicen, y, en consecuencia, nuestra opinión será la última que escuchemos.

Mucho hicieron y construyeron los que nos antecedieron y muy poco estamos haciendo y construyendo para los que nos sucederán; sin embargo, desconociendo lo hecho por nuestros mayores, los juzgamos sin piedad y nos acostumbramos y resignamos a la precaria realidad que cada día construimos y que legaremos a quienes nos sucederán.

Dios ya no hace milagros, ahora nos corresponde hacerlos a nosotros y el mayor milagro de nuestros días es la educación formativa, no la informativa qué por teórica y enciclopedista, es incapaz de cambiar y mejorar la realidad, y sí capaz de avivar la desesperanza y frustración.

Para modificar el presente y mirar en perspectiva el futuro, es necesario estudiar, estudiar, y volver a estudiar; pero más que eso, es necesario entender e interiorizar lo estudiado. No basta manosear ni memorizar los conocimientos; debemos hundirnos en ellos para entenderlos, analizarlos y asimilarlos, de manera que los hagamos aplicables, prácticos y pragmáticos, de lo contrario, resultan inocuos e inútiles, y no evitan que volvamos a incurrir en los mismos errores del pasado.

Muchos quieren triunfar y sueñan con el éxito, la realización y la satisfacción, pero para alcanzar esas metas, hacen lo mínimo necesario y no lo máximo posible. Le juegan a la suerte, a la providencia, a la influencia, al favor indebido, al atajo, al esguince, a la prebenda y a la componenda. Les aterra la disciplina, la exigencia, la excelencia y la competencia, y por querer acortar con trampas el camino, el que cada día se les hace más encumbrado e inalcanzable, lo transitan de la mano de la mediocridad. Aunque suene crudo y duro, ese es el perfil dominante en la inmensa mayoría de los jóvenes de hoy, y las sobresalientes excepciones confirman la regla.

Para infortunio del futuro de la nación, no se avizora un cambio en la inercia que mueve a las nuevas generaciones y, antes, por el contrario, se advierte retroceso en ellas, por la tolerancia y complacencia con la violencia, la desidia y el ocio. Muchos jóvenes sueñan con subsidios, subvenciones y asistencia, y con el modelo estruendosamente fracasado, retardatario y regresivo del populismo comunista. No sueñan con el esfuerzo, el empeño y la dedicación, tan solo anhelan la comodidad, el facilismo y la holgazanería; además, creen, que para discrepar hay que ofender, maltratar e irrespetar, y para protestar hay que destruir y vandalizar.

De no modificarse el rumbo, la indiferencia, el facilismo y el utilitarismo de la sociedad actual, nos conducirá hacia una narcocracia, gobernada por disociadores, provocadores e incendiarios, así como por los más crueles y despiadados criminales que se ufanan de someter la voluntad mayoritaria de la nación, fruto de la cínica y desvergonzada impunidad que sembró Juan Manuel Santos y sus corifeos, quienes destruyeron el  ideario de principios, valores y convicciones de la nación, y violentaron su orden constitucional, legal, social y económico.

Federico de Amberes dijo: “Somos lo que hemos leído y cómo hemos entendido y asimilado lo leído, y nos delatamos con la manera como escribimos y con la pronunciación, la entonación y el acento que tenemos para manifestar lo leído. Basta tan solo escucharnos o leernos, para saber, qué, cuánto y cómo hemos leído, y eso, es en realidad lo que somos.

No le faltó razón a Federico de Amberes, y para comprobarlo, tan solo basta escuchar y advertir, cómo se expresan y escriben algunos jóvenes de hoy, lo que evidencia la mediocridad, la pauperización y el desorden que los agobia, y la adoración que profesan por ídolos de barro que han construido con la frustración que les produce la pereza, la anomia y el ocio.

Ardua y exigente tarea tenemos padres y maestros para rectificar el camino y retomarlo hacia el norte perdido. De no lograrse, Colombia seguirá ahogada en la desinteligencia, el despropósito, el desvarío y la anarquía.

Si alguien discrepa de estas desordenadas ideas, salga a la calle de cualquier ciudad de Colombia y vea la degradación social, vial y urbana, y ojalá, que pueda regresar íntegro, sano y salvo a su hogar.

Y es qué para garantizar el orden social, no basta con reformar la justicia; es necesario reformar la educación para que la sociedad se reforme. De poco sirve, remozar normas, abreviar procesos, agravar penas y construir prisiones, si la educación no siembra honor y virtud en mentes y corazones. La justicia no es un fin, es un medio remedial a la mala educación. Su acción es efecto y no causa, salvo cuando su administración es venal o ineficaz como sucede en Colombia.

Es una quimera esperar que una reforma a la justicia resuelva las falencias éticas y morales de una nación, en la que la corrupción antes que ceder se acrecienta, los entuertos se apoltronan en los despachos públicos, la autoridad se fleta y la impunidad campea ante la mirada tolerante de una sociedad indulgente, fruto del fracaso de un sistema educativo eficiente para informar, pero precario para formar.

Es claro que los colombianos seguimos sin entender, que la educación es la cimiente del desarrollo y el progreso, y que en ella debe primar la formación sobre la información. Requerimos de maestros formadores y nos sobran profesores informadores. En Colombia urge que la educación responda por el comportamiento de los ciudadanos.

Si la educación es el fundamento de la civilización, la justicia es su garantía de permanencia. Nada más esencial para una sociedad civilizada y progresista, que universalizar la educación formativa y fortalecer su sistema de justicia. De ahí la necesidad de reorientar la educación hacia valores y de dotar la justicia de medios y recursos que aseguren su debida y pronta administración.

En suma, y con urgencia, necesitamos, que la educación siembre virtud en mentes y corazones, y en ellos plante la semilla de la disciplina, el orden, la exigencia, la excelencia y la leal competencia. De no hacerse así, permaneceremos a perpetuidad en el subdesarrollo.

Perdón por soñar con una patria mejor.

RAFAEL RODRÍGUEZ-JARABA
Acerca de RAFAEL RODRÍGUEZ-JARABA 27 Articles
Abogado consultor, asesor y litigante. Especializado en Derecho Comercial de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Maestría en Derecho Empresarial de la Pontificia Universidad Javeriana de Cali y del Centro de Estudios Garrigues de Madrid, España. Diplomado en Arbitraje, Litigio Arbitral y Conciliación. Certificado como Mediador de Conflictos de Gobierno Corporativo por Global Corporate Governance Forum, IFC y World Bank. Conjuez. Árbitro. Conciliador. Profesor de la Pontificia Universidad Javeriana, Universidad del Valle, Universidad Icesi y Universidad Pontificia Bolivariana. Miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia. Autor de artículos investigativos y científicos publicados en revistas indexadas. Analista y Consultor jurídico, corporativo y financiero. Ex columnista de El Pueblo, Occidente, El País y Semana.