Si hay alguna empresa grande es la de la paz y la de acudir a la concordia y convivencia donde todos luchemos en conjunto por el mismo ideal. Por supuesto establecer la paz no es tarea sencilla. Clic para tuitear

 

No he tenido una buena opinión de Gustavo Petro, no solo porque es un hombre radical y ha sido guerrillero y por tanto ha vivido al margen de la ley. Secuestró y cobró rescates; y cuando quemaron en el Palacio de Justicia a los más altos Magistrados, él estaba preso pagando condena. Pero eso no le impidió que a partir de allí cambiara su nombre de combate por el de su gran admiración que fue Andrés Almarales, padre de semejantes magnicidios. Ese mismo nuevo comandante Andrés (Petro) también les impuso el nombre, glorioso para él, a sus dos hijos. De paso vale la pena recordar que a Almarales lo mandó a cumplir la execrable acción Pablo Escobar. Para mí eso es suficiente.

Empero, no puedo negar que el candidato triunfante es hábil, inteligente, buen orador y sacó con arte la presidencia de la República de una vasija mágica de aquellas que solo se ven en los circos. Petro, por supuesto, se impuso acudiendo a todo. En su nombre trabajaron con intensidad Piedad Córdoba y su propio hermano Juan Fernando, quien adelantó el pacto de la Picota con los extraditables y con los hermanos Moreno Rojas. También fue intenso Roy Barreras; y “paren el mundo que quiero bajarme”, como lo exclamaron ardientemente los Beatles. Esto antes de proseguir contando las audacias fuera de la ley a que llegaron.

Petro ha propuesto como presidente electo un gran pacto con Colombia, es decir con su pueblo. Ha invitado con entusiasmo y patriotismo a los expresidentes Uribe, Gaviria, Pastrana, Samper y a muchos amigos y enemigos de antes, anteponiendo a los días de tremenda angustia que hemos tenido que vivir en el inmediato pasado a la espera de su triunfo. Y en estos del inmediato futuro que aparecen despojados de aquellas pasiones que hace menos de un mes se sentían gravitar en las almas del odio y la mentira.

Bien venido sea ese gesto, que cubriremos los compatriotas con sinceridad y afecto, en orden a revivir aquella época cuando Alberto Lleras Camargo convocó a esta patria adolorida a olvidar lo malo y construir lo bueno que cada uno puede dar. Y en verdad, siguieron años bondadosos y nobles por un buen tiempo.

Yo en realidad pienso con el mismo Petro que si hay alguna empresa grande es la de la paz y la de acudir a la concordia y convivencia donde todos luchemos en conjunto por el mismo ideal. Por supuesto establecer la paz no es tarea sencilla. Quizás sea más fácil volver al odio y a la inseguridad, reviviendo una discriminación de clases que trataron de hacer impositiva. Fue la discriminación de clases, que buscaron levantar, cuando ella jamás había existido en un país triétnico, que siente orgullo de serlo.

Mas, ¿qué es lo bueno y en donde está lo malo? No es fácil decirlo, porque detrás de una buena intención puede aposentarse lo malo. El mal es el bien incomprendido, dijo sin mucha razón un filósofo.
Mas si se busca no defraudar, ni obtener ventajas en contra de un pueblo empobrecido por la pandemia y la superpoblación, y si la cárcel no se abre para que salgan los malvados, aquellas palabras emocionadas del presidente electo, carecerían de cauce y de huella. Y ese pueblo tendrá un nuevo desengaño tan duro como el de Venezuela o Cuba o Nicaragua y ahora Chile y Perú.

No obstante, con el optimismo propio de quien sí cree en los buenos, no puedo menos que decirle, al presidente Petro, que salve la democracia, que todos los demás sabremos, con su liderazgo, cómo salvar a la patria.

Armando Barona Mesa
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Abogado, escritor, periodista, historiador, excongresista, exembajador