Anécdotas de ciertas profesiones

Alvaro Mejía Vásquez

Alvaro Mejía
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Alvaro Mejía

Quien escribe se desahoga y comparte sus experiencias con su público, estemos donde estemos podríamos escribir muchos hechos del día, recomiendo escribir, es una buena terapia, pues puede dejar un legado para generaciones futuras, de cualquier profesión o empleo se pueden guardar momentos para la posteridad. Por mi cantidad de voluntariados que tengo, voy a compartir algunos casi a modo de cuentos, pues todos serían innumerables de relatar.

Como guarda cívico de tránsito subiendo por las Palmas una gran congestión de carros y la fila no se movía, le dije a la mamá de @mujerdelvino y @TataMejiaG que manejara ella mientras yo subía a ver qué pasaba. Kms más arriba dos choferes enfrascados en una discusión para que reversara uno de los dos y ninguno cedía. Al yo llegar con una frase u orden fuerte les dije que era el colmo que hicieran lo que estaban haciendo y con una moneda les dije: el que pierda retrocede medio metro y deja pasar al otro, luego pasan 10 y luego la otra fila de 10 y rápidamente llegó mi Variant 1600 y seguimos el camino con la satisfacción de un deber cumplido.

Como Bombero Por la bajada del Jordán (Robledo) un camión sin frenos cargado de leche y abajo se chocó contra ese gran árbol que hay y se volteó, las canecas quedaron esparcidas por el suelo y la policía y las autoridades no hacían nada, yo les comenté que el producto se perdería, que porque no lo repartíamos con organización para las familias del sector y eso se hizo, en completa secuencia ayudé a que con jarras y botellas la gente llegara a sus casas con el buen líquido que les deparaba un accidente, al momento llegó el dueño de la leche y estuvo muy de acuerdo con ese procedimiento y hasta me felicitó.

Como paramédico prestando servicios en asilos o albergues los ancianos me tenían mucha confianza y yo las oía y les conversaba, lo que representaba para ellas sentirse bien, pues alguien las oía y les daba calor humano. Una señora tenía desde hacía muchos años  tremendos dolores de cabeza y se me quejaba mucho, “Doctor” ayúdeme, quíteme este dolor, sin saber que hacer, alcé los ojos al cielo y le pedí a Dios que me repartiera su dolor conmigo, pues en esos momentos era deportista casi de tiempo completo o sea con un buen estado atlético, con la mano en su hombro le di un placebo sencillo y esperé a la siguiente cita; la señora al verme me dijo con mucha alegría:  “Doctor” ya estoy mas aliviada vuélvame a dar de esa pastillita y le hice caer en cuenta que ya de ahí en adelante era solo ella la que manejaría su dolencia y yo ni cuenta me di pues nunca he tenido un dolor de cabeza.

Me enteré de un incendio en el sector del basurero y para allá arranqué de civil en mi moto Calibmatic 175 y la dejé en una acera del barrio. Trabajé y trabajé hasta más o menos las 7 de la noche y cuando fui a recogerla. Por ningún lado la veía, como casi todas las callecitas son iguales no reconocía donde la había dejado, por intuición le pregunté a una señora por ella y me dijo: “como vimos que se estaba anocheciendo la metimos a la sala, bien pueda sáquela”. Que tiempos aquellos, aunque siempre ha habido maldad.

Por Girardot con la avenida Echeverry un bus se fue contra una casa y gran trancón, saqué mi pito y empecé a dirigir el tránsito, luego una señora entró en shock y la atendí como paramédico,  luego desconecté baterías y líquidos que pudieran hacer un incendio, luego tomé notas como periodista y al llegar al cuartel de bomberos me dijeron que me definiera como quería trabajar, a lo que le dije al Capitán, que siendo voluntario y en todos los campos podría ser útil que me dejaran que yo ya vería el momento y el sitio para actuar y seguí así lo mas de bueno para bien de la ciudadanía.

Preparando  una demostración a un diplomático Argentino en la estación de bomberos Libertadores, todo estaba preparado para actuar en determinado momento, sonaron los timbres y en menos de 20 segundos estábamos todos listos encima de las máquinas, pero para sorpresa nuestra y de la concurrencia las máquinas no pararon sino que siguieron raudas hacia el norte, todos asustados nos preguntábamos que pasaba y buscando en el horizonte vimos una gran humareda gris cerca al barrio Tricentenario y las máquinas seguían devorando cuadras y kilómetros, al llegar cada una de las tres tripulaciones una para los techos, otra para hidrantes y la otra para adentro, el cuadro fue azaroso, tres bomberos de la planta de frente ante una compuerta a punto de estallar, yo vi algo ilógico y les grité: córranse a los lados, ellos que hacen eso y la compuerta estalló regando el piso de una pega especial para carpas de camión, no parando ahí el cuento nos dijeron que un ingeniero se encontraba en su oficina sacando unos documentos y el pegante hirviendo regándose por toda el área, me ofrecí a ir por él y cuando arranqué los gritos de que me devolviera que era muy peligroso pero ya mi adrenalina estaba al máximo y en la mitad del salón me resbalé y con la punta de los guantes me impulsé y seguí, saqué al ingeniero y ya habían puesto escaleras y teleras para caminar y así esa gran empresa de químicos se salvó gracias al coraje de los bomberos de Medellín y el estupor del personaje Argentino que le tocó no un entrenamiento sino uno de los incendios grandes que se recuerdan en Medellín, pues de haber explotado esa planta podría haber destruido gran parte de ese barrio construido a sus alrededores o hubiera desaparecido.

Corría en una contrareloj al alto de Las Palmas y la iba ganando, cuando vi la meta, me solté del manubrio y brazos en alto festejé la llegada, el que me seguía pedaleó hasta pasar la raya y me ganó por un segundo, después de esa lección de vida, sé que hasta el pitazo final hay partido y en la vida hasta que uno se muera debe ser un luchador.

Las abuelitas del sector de un centro comercial por la 10 en el Poblado eran felices, pues todas las tardes iban a mi escuela de tiro con arco o especie de guardería deportiva y mientras sus nietos jugaban disparando a la diana sin dejarlos salir, ellas se iban a hacer sus compras, al volver agradecían mucho ese extremo cuidado que teníamos con ellos, y casi a diario eran esas actividades.

Me dio alguna vez por hacer otro deporte que no era el mío pues por mi estado físico creía que podía hacer de todo. Pues bien me inscribí como novato en una carrera de atletismo de 10.000 mts y “zapatero a tus zapatos” corrí, sufrí, cambié de trote, de andar, de caminar, casi lloraba, pero no me retiraba pues las tribunas estaban llenas de amigos que me fueron a ver en el Atanasio Girardot y pagué la bisoñada sin embargo quedé de segundo, pero no me gustó ni cinco, pero probé y lo intenté y el que no fracasa es porque nunca ha intentado nada.

 Pasar por la vida habiendo hecho cosas por los demás es muy satisfactorio.

Álvaro Mejía Vásquez
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Paisa. Voluntario como bombero, guarda de tránsito y Paramédico. Ciclista, atleta, tenista, presidente de dos ligas en Medellín: la de tiro con arco y la de ciclismo recreativo, creyente, periodista del Ciprec, poeta, periodista y escritor. Promotor Ambiental, de Convivencia, de Seguridad ciudadana y Veedor Cívico Papá de gemelas. Vivo en Medellín,