CABELLOS DORADOS I

Johanna Andrea Rodríguez

Johanna Andrea Rodríguez
CABELLOS DORADOS I | Cuento por Johanna Andrea Rodríguez Clic para tuitear

Eran sus cabellos la gran sensación del momento, mientras las viejas manos de su madre le aplicaban el espray para logran el peinado perfecto, la dueñas de esos cabellos no dejaba de verse al espejo. Magnificada por su belleza, atónita por ver a quien se reflejaba al otro lado quizás de esa dimensión desconocida, deseaba creer,  ahí inmersa en su pensamiento, que si quizás tocaba ese espejo la observaría un mundo paralelo donde llegaría a ser soberana.

Observaba a su madre mientras se encargaba del peinado perfecto, era esa mujer de apariencia delgada, blanca, de cabellos castaños claros y cortos que deseaba ver a su hija, a su preciada hija bella para el gran día. Vestida con un traje beige de saco y falda, con camisa vino tinto y maquillada hasta los cojones, le hacía risas mientras la peinaba, la joven mujer le devolvía la gracia cuando esas miradas se encontraban en ese reflejo.

Vestida de blanco haciendo honor a la gran mentira de la virginidad Adelaida Casas no hacía más que en su cabeza desear la muerte de la mujer que la estaba peinando, su madre. . Era su enemiga principal, la benefactora del sueño de hadas, le había comprado para ese día, su gran día un traje de matrimonio blanco, con hombros destapados, pegado a la cintura y de cola ancha y larga, esta con el fin de ser sostenida por los niños inocentes que la acompañarían al tan respetado altar, eran esas manos pequeñas inocentes que cargarían esa cola larga en representación de la inocencia. Lo que nadie sabía, o de lo que nadie quería hablar era que esa inocencia se había perdido ya  hacía mucho tiempo atrás, ahora solo queda la tan buena y llamada conveniencia, esta que hacía las veces del amor, donde se tejen cuentos y acuerdos de confidencialidad para beneficios de los interesados.

  • Ya estas listas. Decía Emperatriz su madre, tomándola   por los hombros mientas madre e hija se miraban en ese espejo.

Quizás en otra familia esta sería la imagen y el momento más importante para el gran día, así que ahí parada una detrás de la otra como amigas, cómplices, compañeras, se dieron una sonrisa protocolaria. Al adelantarse al tocador  para dejar el espray Emperatriz volteo a ver a su hija que seguía sentada en la butaca. Ahora la mirada había cambiado, mientras Adelaida miraba inmersa en el espejo, la voz frígida de su madre la sacó  de su espacio de libertad.

  • No lo arruines, ni si quiera lo pienses. Decía Emperatriz mirándola fijamente, y con instinto de madre, de protección al saber lo que estaba pensando la inocente mujer.

Al alzar su mirada y ver a su madre en esa posición, guardo silencio, era quizás el miedo lo que la detenía, o quizás la tan llamada dulce venganza, así que parándose frente a ella,  y mirándola de manera desafiante, le respondió:

  • No lo pienso arruinar madre, todo estará bien- eran las palabras más frías en su larga amistad.

Con su actitud imponente aprovechaba sus 5 centímetros de más altura para intentar fulminarla con la mirada que hacía, bajando los parpados, casi cerrándolos para mostrar sus desdén por ese ser tan despreciable al  cual le tenía que decir madre.

Pero lo que más deseaba en ese momento era que la mujer que miraba bajo ella como ser inferior, muriera, y que fuera pronto, llevándole la idea a su ilusión tomo el ramo pequeño de flores entre sus manos apretándolo con todo el dolor de su alma, y haciendo un intento por llorar, lo reservo dándole a este un gran empujón de saliva y una fuerte bocanada de aire.

Era ese taco de dolor que pasaba por su garganta, que sentía que se deslizaba hasta sus entrañas provocando en la dócil mujer un revolcón de tripas, en un momento deseo arrojar ese ramo de flores y lanzarlo a la mierda, salir corriendo con la esperanza de que alguien la esperara, la verdad era que esto no sucedería, ya que afuera el terreno era baldío y desolador para su alma. Así que enfilándose con los zapatos blancos de la inocencia, aquellos de tacón bajo y un broche cuadrada de color plateado, tomo el brazo de su madre, los pasos empezaron a darse de forma mecánica, al abrirse la puerta del cuarto, las grandes puertas de color café, vio ese espacio donde ya no volvería como hija si no como mujer de hogar.

Al salir las esperaban su hermana y quien había hecho las veces de padre, pero que en realidad no era, era ese hombre redondo, de contextura gruesa y con una peladura en la corona de la cabeza, las entradas prominentes del frente de su cabeza, y con él la joven y dulce  Mía, aun con sus trenzas sujetas a la parte de atrás de su espectacular melena adornadas de satín blanco para hacer honor a la fiesta.

Se dieron esa última mirada de hermanas incomprendidas, odiándose hasta en las fechas más importantes, el dulce ángel de apenas 12 años le da a su media hermana la sonrisa más  pérfida del día, a sabiendas del sufrimiento que le esperaba, se reía por dentro,  y en su pensamiento habitaba la gran voz que decía:

  • Se va la mancorna de mi mamá.

Al ver esa monería de su hermana. Adelaida deseo pedirle a su madre que le sostuviera el ramo para cogerla a golpes, pero eso no sucedería ese día, cuando salieron con ese ímpetu de familia unida, el vehículo alquilado los esperaba. Era blanco, un Volkswagen convertible con la decoración de serpentinas soñadas, así que parada en la entrada principal de la puerta miro a su madre, entendía que tenía que entrar, ya que si no lo hacía esta la dejaría ensangrentada en el suelo, la razón que empeoro este sentimiento era que en la  otra cera  de la calle estaba el hombre a quien amaba conduciendo una cicla, era el típico hombre de barrio, de vaqueros apretados y camisa corta, de peinado congelado por el mucho gel sosteniendo un cigarrillo en su mano derecha,  viendo a la gran novia, la hija y ciudadana ejemplar.  Así que sin más Adelaida se subió al auto lo más rápido que pudo cuidando su vestido, su madre a su lado para velar hasta última hora que esta cumpliera su palabra de casarse. Mientras el carro se ponía en marcha seguían las miradas de risa de su padrastro y el dulce ángel que tomaron el carro familiar para seguirlas, ahora el hombre vago de la cicla no deseaba más que en ese espejo retrovisor la mujer de blanco, de ojos grandes. Lo siguiera mirando.

Ese día los vecinos se asomaron, era la hija de doña Emperatriz, la hija inmaculada que sería entregada en los brazos de un hombre hacendado, de poder social  económico, de esos galanes que merecen las niñas de bien.

  • ¡Qué cosa más asquerosa! Exclamaba la señora Sonia,  y vecina de la unida familia.

Se daba destrezas para sacar la cabeza por una ventana pequeña que daba a la puerta de los Casas, vio hasta cuando los carros doblaban la esquina, y se reía a carcajadas al ver a la mujer de ojos grandes, de aspecto malcarado embutida en ese vestido de novias tan ordinario, verla con sus cabellos embardunados de gel intentado sostener esa melena grotesca al igual que su virginidad, la que estaba en duda en la comunidad. No era más que una medio adolecente con dos vidas, el espectáculo de su casorio no era más que una burla para quien tomaría el puesto del comprometido. Así que la contorsionar mujer bajándose de su silla la cual uso para ver la patética escena se bajó de ella para darle la noticia a sus dos hijas.

  • Se casó y con alguien de bien, decía mientras caía al suelo cagada de la risa.

Sus hijas se reían igual a ella, y más al ver a su madre con los pantalones cortos diseñados por ella, la camisa esqueleto y el cabello recogido con una coleta, colocándose las manos en la boca empezaron las tres brujas malvadas del cuento de hadas a reírse de la agobiada mujer que sería entregada como una ofrenda virgen al gran hacendado. Era ese ego de madres que estaba en juego, ese donde se hace lo que sea para preservar el  candor  de sus hijas recluidas en un vecindario medio, donde buscaban la posibilidad de quedar bien casadas, con hombres con dinero que compraban bellezas para lucirlas. Lo único cierto de esto era que eran mujeres incapaces de buscar la vida por sus manos.

Eran buenas cazadoras en el ámbito bajo, ya que en el alto no serían aceptadas  por su falta de forma corporal he intelectual, mujeres de vuelos rapaces donde ya la inocencia se  había alejado de ellas desde hace mucho tiempo atrás.

Ahora soló iban quedando por ese camino las migajas de sus antecesores, donde no siendo más y por el tiempo llegan a una edad avanzada, a una edad donde el tiempo no perdona y la piel empieza a cambiar su tonalidad, volviéndose como un pedazo de cartón manchado, donde la poca figura corporal se iba cayendo al igual que el ánimo, entonces ahí es donde entran a aprovechar los hombres que carecen de virilidad.

A tomar de las manos a esas doncellas aviejadas para darse esa oportunidad, la gran oportunidad de la vida, esa que se llama tener una familia. Ahora las tres mujeres no hacían más que reír a carcajadas. Hasta que la menor de lastres se asomó por la ventana y vio  al hombre enfermo de amor aun sosteniendo la pared de enfrente. De inmediato lo reconoció, era Heraldo, el hombre carente de hombría  que no hacía más que lucir bien peinado así en la casa no hubiera nada para comer. Al verlo tan desprotegido del gran impacto que le debió causar  la salida de la nefasta mujer en un carro blanco para contraer matrimonio,  se le ocurrió la idea:

  • Voy a bajar para invitar a Heraldo a que suba, y nos cuente bien el cuento de Adelaida. Decía mientras le sostenía la mirada.
  • Vaya hija, yo preparo el café para que nos cuente, decía Sonia corriendo hacía la cocina para montar la olla.

Así que haciéndole un gesto con la mano para que la esperara, la joven se bajó de la silla y fue en busca de quien tendría toda la historia en primera plana, sabía que un café en esa escases haría aflojar la lengua de quien fuera.

Al llegar al frente del hombre apuesto, del amante del barrio, de ese joven el tan llamado semental de la comunidad, las piernas le temblaban, este la miraba cuando se acercaba hacía  él, con el pantalón ajustable de color rosado y el suéter azul largo, las sandalias de la hermana y un moño haciéndole una coleta de lado de la cabeza.

  • ¿Quieres subir? Decía la cándida mujer mientras jugaba con sus zapatos haciendo de este el equivalente a la timidez.

Este con el cigarrillo en la mano derecha la miraba de manera penetrante, sabiendo que con su mirada estaba logrando provocar a la joven  mujer, sabía que eran las enemigas número uno de Adelaida, así que sin más arrojo la colilla, y colocándole su enorme zapato de frente de metal encima, le hizo el gesto  para seguirla y hacer lo que había hecho siempre, decir la verdad.

Al llegar a la parroquia la vio sola, tenía ese aspecto fantasmal para ser un lugar donde se invoca a Dios, sobre ella esas nubes grises que daban esa tenue luz de tristeza, así que saliendo primero Emperatriz se dio  la vuelta para bajar a su hija, esta seguí con la mirada en sus zapatos de broche cuadrado esperando a que un tan anhelado milagro se hiciera presente, cosa que no paso al ver el brazo de su madre listo para sostenerla.

Al verla de nuevo intento llorar, así que colocando su mirada fría salió a toda prisa tomada por el brazo,  y    colocándose  recta como una tabla haciendo muestra de su monumental pecho. Tras ellas su padre y hermana. Al ingresar a la parroquia lo vio parado de espaldas, lo vio alto, delgado, con una gran melena hasta la nuca, el lugar estaba desolado solo habían dos acompañantes del novio, al parecer su mejor amigo y la novia de este. El párroco  haciendo una mueca al sentirse con esa pena ajena  de ver la escena, la evidente escena de una cacería ruin.

Mientras sus pasos se enfilaban deseaba que no diera la vuelta, deseaba que cuando estuviera enfrente de él su rostro estuviera tapado por una manta, así que le dio un vistazo a su madre, esta con el rostro irradiando alegría, no lo podía creer su hija, su adoración, la hija de su primer matrimonio estaba a puertas de ser entregada a un hombre adinerado que había logrado embaucar, de ahí la escena tan desolada, de ahí la falta de invitados que no estaban de acuerdo con ese compromiso, los familiares del novio no se hicieron presentes era el acto de rebeldía que peor le saldría caro. Mientras se acercaba aún más el hombre seguía de espaldas, hasta que por fin quedo a su lado, su rostro de aburrimiento era evidente para quien dirigía  la boda, su mirada ahora estaba dirigida al suelo y seguía sumida en el terrible pensamiento de lo que pasaría a continuación.

Así que moviéndose en su puesto levanto sus ojos grandes con esas feroces pestañas para darle esa mirada que había negado hasta el momento a ese hombre que sería su compañero, lo vio, ahí estaba con su traje negro y camisa blanca, el traje tradicional de las bodas.

Al ver su rostro, era este de aspecto enrojecido por herencia, lleno de infinidad de granos hasta en el cuello, de nariz alargada pero doblada a un lado y de voz envejecida.  No era el hombre que había cruzado las batallas más arduas por el tan llamado amor, era un hombre de 45 años que aún vivía con su madre, incapaz de defenderse solo y alejado de las mujeres reales por su falta de honor, había sucumbido a la vida de vagancia. Era el sobrante de una sociedad con un milímetro más arriba que la de Adelaida.

Era evidente los fuertes rumores  en que  tenían a su hija en el barrio, la tan llamada Adelaida Casas no era el dulce ángel casado  de blanco,  sino un ser embutido en un vestido blanco para tapar todo cuando dio de que hablar. A emperatriz no le quedo demás  que hablar en hipérbole para lograr conservar el nombre de los Casas.

Y así que tomando la mano avieja y endeble del hombre rojo y lleno de granos, a la joven, a la tierna joven no le quedo demás que darle el sí,  y hacer esa excesiva celebración en su casa, para que los vecinos se dieran cuenta  que su hija se había casado de blanco y con un hacendado.

Johanna Andrea Rodriguez Pico
Acerca de Johanna Andrea Rodriguez Pico 6 Articles
Escritora, emprendedora. Enamorada de Colombia, tengo 35 años, andariega de profesión, también cursando el ámbito jurídico donde se llevó a cabo varias investigaciones de tierras, diseñadora de calzado en crochet, bolsos y trajes de baño. Y trabajando en un nuevo proyecto que muy pronto se les contara. Colombia es de todos: Porque no sólo la corrupción está en las altas esferas como nos han contados. También está en eso pequeño que permites, y se engrandece por la forma en que lo alimentas, está en eso que enseñas a tus hijos el odio por su padre o su madre. En eso cuando engañas, en eso cuando robas. En esas pequeñas zorras que dañan la sociedad.