Cabellos Dorados IV

Johana Andrea Rodríguez

Johanna Andrea Rodríguez
Cabellos Dorados IV | Cuento por Johanna Rodríguez Clic para tuitear

 

Se revolcaba en un rio de dolor, mientras estaba tendida en el suelo se alegró por lo que su madre le hacía a Elías. Colocándose de pie como pudo, llego cojeando al comedor donde su madre lloraba desconsolada y le dijo:
Bien por lo que le haces a Elías, se lo merece, me da gusto saber que te has acostado hasta con su sobrino y el pobre ingenuo no se entere. A todo guevón le guardan- decía con palabras vociferantes.

Al escuchar esto Emperatriz no hacía más que limpiarse las lágrimas, no podía creer lo que escuchaba, su hija, la del primer matrimonio, la del hombre a quien había amado a quien había asesinado antes de llegar a la ciudad, le estaba contestando. Al verla de pie frente a ella, alzándole la voz, manoteándole, usando la violencia como en la antigüedad como lenguaje primitivo, lo vio a él. A Luca, el hombre italiano el cual había llegado a su pueblo natal. Lo recordó alto de piel dorada, de ojos negros y cabellos cobrizos, de brazos fuertes, de recto caminar, vestido todo de blanco como le gustaba andar, al llegar al pueblo de origen de Emperatriz había logrado hacer buena fortuna, era acaudalado.

Cuando Emperatriz lo vio, perdió la cabeza, y al parecer él por ella, era esa joven esbelta y bella de buena familia, ahora se unían los dos en el sagrado matrimonio, lo que no imaginaba era que el italiano era un ególatra, adorador de él mismo, sabiendo lo que tenía y lo que necesitaba, lo hacía. Se había casado por conveniencia con Emperatriz al verla sumisa, de hogar, de fortuna, era lo que necesitaba, sus otros deseos los complementaba por fuera con sus trabajadoras. Mientras estaba viendo como Adelaida alistaba sus ropas para irse de la casa. Recordó como un día todo empezó, cuando el italiano llego a altas horas de la noche con una de sus amantes para revolcarse en la cama matrimonial de Emperatriz y él. Lo peor, frente a ella.
La trataba como a una criada cuando le pedía que les prepara el desayuno sin decir nada. Emperatriz se había convertido en una mujer más de la lista de maltrato, si decía algo este la golpeaba hasta dejarla inconsciente, y cuando fue a buscar a su familia esta le dio la espalda, porque la fortuna de aparentar con un extranjero no la tenía nadie. Un día cansada, espero a que durmiera para salir a comprar lo que sería su liberación. Al despertarse el italiano ya estaba el desayuno listo, como le gustaba en la larga mesa blanca: fruta picada, huevos y jugo de naranja que no podía faltar.

Tomaron puesto los dos, él con su traje blanco como siempre, el sombrero a su lado y la mirada puesta en su mujer, en la esbelta mujer que tenía la cara moreteada y triste. Al verla sintió un poco de lastima, pero en el fondo sabía que, a las mujeres, y más de vereda se les trataba duro. Así que, dejando ese sentimiento en el olvido, trago su alimento, a la par Emperatriz, estaba delicioso hasta que se bebió su jugo de fresca naranja, de repente empezó a sentir unas fuertes pulsadas en su estómago, haciendo con esto todo el aspaviento posible. Lo cierto era que nadie lo ayudaría porque un día antes Emperatriz les había dado descanso a sus empleados de una semana.

Mientras este se revolcaba botando babaza blanca por la boca Emperatriz seguía desayunando de la manera más normal, era fría y actuaba como si nada pasara, era el desahogo por todo el maltrato que había recibido, en esa época el divorcio era una catástrofe, hablar de maltrato y reconocer estos casos eran cosas de otros mundos y sus modas. Para Emperatriz no, su liberación fue envenenar a su esposo y huir con su hija de apenas dos semanas de nacidas, sacando la maleta oculta bajo la cama matrimonial donde muchas veces fue testigo de las infidelidades de su esposo, tomar el autobús antes de que descubrieran el cuerpo del italiano y echarse al olvido ella misma.

Recordaba como ese día subía a toda prisa y rezaba que no la fueran a descubrir, al parecer sus oraciones habían sido oídas porque hasta la fecha nadie sabía ese gran secreto, así que vio cómo su hija paso por enfrente de ella con las maletas listas y en ese momento pensó:

Debí de haberte abortado, no hubiera amado tanto a tú padre, y apretaba con fuerza el mantel blanco de la mesa larga del solar, ese que la llevaba a su pasado a cada momento. Donde un día había formado un hogar con distinción, y con esa misma se había terminado.

La miraba con desdén mientras la cargaba en sus brazos, era la imagen de la hija de Elías, al verla sonriendo como un ángel inocente entro en tristeza y se preguntaba. ¿Cómo hay personas que pueden ser feliz Emperatriz nunca lo había sido, ni teniendo dinero y no teniéndolo, era la mujer más complicada que la vida había dado a luz.

Tenía un esposo que era un buen proveedor, una hija a la cual podía formar a su imagen y semejanza corrigiendo lo que había sido la primera, pero aun así no aceptaba. Mientras le pasaba el trapo de tela suave por la boca a la inocente creatura, se preguntaba por su hija, ya hacía más de 5 meses no sabía nada de ella. La vio cuando se marchó, pero fue incapaz de detenerla, ahora la vida se había vuelto de lo más normal, hasta que tocaron a su puerta. Cuando la abrió no podía creer a quien veía parada en frente a su casa, en esa tarde tan deslumbrante agradecía a la vida por quien veía y con vida, era su hija Adelaida; demacrada, con el cabello alborotado y la boca morada donde termina la comisura del labio.

Al verla con sus instintos de madre la abrazó, era su hija, la hija del italiano, la hizo seguir al verla en ese estado, aunque no lo tenía permitido por Elías, sus palabras fueron claras:

¡Si esa muchacha no entra en razón, no la quiero ver acá!

Pero, en fin, cuando se le había obedecido al pobre hombre que traía el sustento a la casa. De inmediato la sentó en el comedor, y con agua tibia le limpio el rostro preguntándole mientras le levantaba la cara con su mano puesta en el mentón. La vio triste, sucia y esto la entro en tristeza, pues el trabajo como madre había fracasado.

Incapaz de reconocerle la rebeldía, lo que hizo fue protegerla para acabarla de endiosar. Pues su hija podía ser de todo, pero era su hija y la hija del italiano. Él hombre que había amado por primera vez., él que con sus suaves manos la había tocado y le había enseñado el cruel mundo de la pasión. Llevándola a ese cuarto secreto para amarla con toda violencia, cuando la sujetaba con las manos arriba y surcaba por todo su cuerpo.

¿Qué pasa contigo? -le preguntaba Emperatriz mirando el rostro de su hija.

Está mirándola fijamente con los ojos entristecidos, pero pensando astutamente para no sentir responsabilizada de su mal comportamiento le contesto:

¿Qué paso con mi papá?

Lo cierto era que Heraldo la había utilizado hasta donde había querido, había sacado provecho de su cuerpo, y luego casado con la mujer sometida, ahora Adelaida sobraba, ya no era útil para él, pero esto no lo había entendido así, ella estaba esperando a recuperarse para volver a luchar por el hombre que verdaderamente amaba.

Al verle esa actitud y con el afán de no perder a su hija le contesto:

Te voy a contar quien era tú padre.

Así que mientras fue por más agua empezó a maquinar como decirle la verdad a su hija, como contarle que había matado a su esposo porque había sido incapaz de usar la inteligencia para solucionar sus problemas, como contarle que lo había asesinado no por el maltrato, sino porque lo amaba tanto que no resistía verlo con otra, de ahí el amor tan grande por su hija mal criada. Como contarle que deseaba retroceder el tiempo para no asesinarlo y volver a esos brazos corpulentos que la rodeaban por completo. Antes de odiar a su hija, la entendía a la perfección, ya que era igual a ella; puta, caprichosa, inconstante, endiosada de ella misma, y por ahí seguía la cuenta.
Así que se acercó, y colocando la silla frente a su delirio, le dijo:

No sabrás nada de tú padre porque ya está muerto.

Al escuchar esto Adelaida quedó pasmada, y abriendo los ojos como plato deseo saber más.

Yo lo mate en defensa propia, el me maltrataba de día y de noche, decía Emperatriz colocando su mano en el ante brazo de su hija.

Esta al sentir su tacto no hacía más que verla a los ojos. Y siguió:

Por esa razón tengo prohibido volver a mi pueblo, mi familia no sabe dónde estoy.

Le contó de cómo ese día había huido del pueblo, de cómo su familia le gustaba que un extranjero y más con dinero era bienvenido en las familias. De cómo en repetidas ocasiones ella tuvo que prepararle la cena después del coito a el italiano y a su amante de turno, al escuchar que Emperatriz, su madre era una asesina le dio repulsión, tanto que se levantó rápidamente de la silla y se fue a la cocina a intentar pensar con las manos apoyadas en el fregadero. Al verse tan perdida, pero de cierta manera aliviada al contar su pasado oscuro con quien creía de confianza, se acercó hasta donde estaba para contarle el secreto número dos, así que llegándole por la espalda le recogió el cabello a Adelaida y le dijo:

Tengo mucho dinero para irnos lejos, para empezar una vida de nuevo las dos no más.

Adelaida sentía las manos de su madre con toda delicadeza y sabía que la tenía en sus manos, había llegado en el momento adecuado de debilidad de Emperatriz, así que a sabiendas de que su madre era una asesina, decidió contarle la verdadera razón por la cual estaba ahí.

Estoy embarazada de Heraldo, decía aun con las manos apoyadas en el fregadero.

Emperatriz en un instinto de rabia deseo golpearla, pero no podía, así que la escucho:

Y no lo quiero tener, quiero a ese bebe fuera de mí. Decía Adelaida mirando a un lugar no fijo.

Eso ya era mejor, aun mejor, Emperatriz era buena para sacar hijos no deseados, con su experiencia de 5 abortos provocados decidió ayudarle a su hija. Ahora estaba unidas por el mismo gen, era una para la otra, ambas iguales, seres inexpertos en la vida y sin la capacidad de buscar la manera para hacer de sus vidas algo diferentes, era imposible para ellas cambiar la historia de sus orígenes.

La falta de dedición había logrado afectar en su vida, ahora esa era la herencia para Adelaida, que con su corta edad había descubierto el mundo por el lado equivoco, y viendo el gran ejemplo sabía cómo debía reaccionar. Así que mientras la bañaba en la tina grande del baño, con toda la devoción como si se tratara de una porcelana fina y delicada, Emperatriz pasaba la esponja por el cuerpo de su hija. Aunque sabía todo por lo que había pasado la veía como su niña perdida, entonces la pregunta se hizo:

Mamá. ¿tú de donde tienes dinero? -le preguntaba Adelaida inmersa en el agua que la cubría por completo.

Pues si algo era cierto era que Emperatriz desde que estaba con Elías no había trabajado, así que decidió responderle y con este ya sería el secreto número 3, intento guardar un poco de silencio, pero su hija, su porcelana fue insistente. Así que le respondió:

Cuando me fui del pueblo y llegue a la ciudad, al poco tiempo se me termino el dinero, así que tuve que hacer lo que tú haces hija, le decía mientras le ponía la esponja en su melena dorada.
Al escuchar esto Adelaida entendió perfectamente el idioma, era ese del cual ya se sabía todo, de ese dónde su madre y así mismo su hija guardaban ese tipo de hermandad, y siguió:

Así que durante mucho tiempo he estado siendo prostituta, hasta con el sobrino de Elías, aun no sé si esa niña es de él o de Elías.

El silencio empozo a navegar por todo el lugar, en el baño, ese lugar relajante, ese espacio adecuado para pensar, se había convertido en el sitio indicado de las confesiones, era madre e hija atrapadas por el pasado turbio que las seguía y al parecer las alcanzaba. Era la cuna de las mentiras, todo con el ánimo de sostener un hogar hasta que encontrara otro donde pudiera escapar y así sucesivamente. Era un infierno de nunca acabar.

Viéndola de pie en la tina, hizo lo que solía hacer cuando Adelaida era pequeña, la envolvió en la toalla desde los hombros hasta rodearla por completo, la llevo a su cuarto y le puso el pijama de ositos, y empezó a peinar su larga cabellera dorada, lo hacía con cierta devoción.

Al llegar Elías ya de noche, percibió la luz del cuarto de Adelaida encendido, así que fue a ver, pensó de momento que era Emperatriz llorando como acostumbraba en el recuerdo de su hija, al abrir la puerta de golpe las vio. Era madre e hija, juntas en cierta complicidad, al ver la escena del cuarto a media luz. Emperatriz detrás de su hija y está sentada en la cama dejándose peinar, era escalofriante, casi siniestro.

Fue incapaz de decir algo ya que por el susto de la escena salió al solar a tomar aire, no sabía cómo reclamar, hasta que vio cómo se abrió la puerta del cuarto de Adelaida y salió Emperatriz con un rostro diferente. No era el de la mujer afligida que tenía a diario, era un rostro de paz y entera tranquilidad.

¿Está bien? –pregunto Elías al verla sentada frente a él.

Si, contesto ella, y dándole una sonrisa logró relajarlo.

Vino y pidió perdón, ahora será diferente-Emperatriz


Sí, eso lo he escuchado antes, tú hija es un problema y si no….

Ella va a cambiar, esta vez sí. Contesto emperatriz sin dejarlo terminar.

Y dándole un abrazo logró por convencerlo por completo. Elías al verla en esa actitud sintió un poco de alivio, era su mujer diferente cundo volvía su hija, y si esto traería la paz momentánea que necesitaba, permitiría su estadía.

Lo que no sabía era que en el otro mundo cercano al suyo Emperatriz estaba feliz, de nuevo se emprendería su huida con su hija, tenía ahora a una cómplice de su lado, ahora las dos se irían juntas con el dinero que tenía emperatriz en sus dos cuentas bancarias.

Así que mientras le daba ese abrazo a Elías sentía satisfacción, está por la alegría de dejarlo solo con su hija, y ahora si vivir una vida de verdad, su sueño era encontrar su vida al lado de alguien parecido como el italiano, un hombre corpulento de brazos fuertes que la hiciera vibrar en la intimidad, y no en los brazos endebles como los del hombre que la acompañaba. Su sueño iba mucho más lejos, era ese deseo de volverse la única mujer de hombre egocéntrico, de un hombre que solo podía tener vida para sí mismo. Era un sueño bastante ambicioso.

Johanna Andrea Rodriguez Pico
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Escritora, emprendedora. Enamorada de Colombia, tengo 35 años, andariega de profesión, también cursando el ámbito jurídico donde se llevó a cabo varias investigaciones de tierras, diseñadora de calzado en crochet, bolsos y trajes de baño. Y trabajando en un nuevo proyecto que muy pronto se les contara. Colombia es de todos: Porque no sólo la corrupción está en las altas esferas como nos han contados. También está en eso pequeño que permites, y se engrandece por la forma en que lo alimentas, está en eso que enseñas a tus hijos el odio por su padre o su madre. En eso cuando engañas, en eso cuando robas. En esas pequeñas zorras que dañan la sociedad.