Cafres 2.0

FABIAN MENDOZA A.

Cafres 2.0

@fabianmendoza

Cafres 2.0 Columna de Fabian Mendoza Clic para tuitear

El martes pasado luego del 1er partido de nuestra selección se conocieron unos videos de acciones reprochables de colombianos en Rusia. El linchamiento en redes fue duro. Esto ya es habitual. Lo decepcionante es encontrar que el linchamiento también provenga de personas que ostentan una posición de credibilidad.

En la mañana de ese martes, empezaron a salir algunos videos de colombianos en Rusia, que, con la camiseta de nuestra tricolor puesta, se burlaban de mujeres japonesas haciéndolas insultarse a ellas mismas, hablando en el idioma español, que no entendían, confiadas en que el acto del colombiano era de buena fe y con la fraternidad que debe primar en un evento del nivel de un mundial de fútbol, en el que las culturas diversas del mundo se reúnen en torno a una fiesta deportiva donde el juego limpio es lo único que no puede faltar.

En horas posteriores se empezaron a conocer audios y videos en los que los protagonistas del desafortunado hecho pedían disculpas.

Otro caso fue el de un grupo de hinchas que se mostraban orgullosos, en las graderías del estadio ruso, tomando lo que al parecer era aguardiente, el cual tenían camuflado en unos falsos binóculos.

Ese episodio, según lo que se supo después, provocó el despido de uno de los protagonistas del video, quien ocupaba un alto cargo en la aerolínea Avianca en su negocio de cargo, una acción que para muchos incluyéndome, fue bastante fuerte para la situación que la indujo.

Las argumentaciones que respaldaban la decisión de la empresa planteaban que la imagen de la marca Avianca se había visto comprometida, ya que, poniéndolo en unos términos muy concretos, la situación en la que estuvo involucrado el ahora ex gerente de la aerolínea era muy parecida a las que debía advertir en su labor diaria en la que, entre otras responsabilidades, estaba la de evitar el contrabando de mercancías a través de la prevención del ingreso o salida de estas de forma ilegal. La situación del estadio en la que se vio involucrado en el ingreso de licor de la que al parecer no fue su autor, pero sí beneficiario, lo dejó en una posición insalvable, y así mismo tampoco le permitió una salida diferente a la compañía.

Otras determinaciones que se conocieron fueron las que se establecieron por parte de la FIFA al cancelar las Fan ID de los protagonistas de estos hechos, lo que les denegaría el ingreso a los siguientes partidos en los que tuvieran entradas.

Decisiones difíciles que la fuerte presión social de las implacables redes sociales pareció no dejar más alternativas. Si me lo preguntan, para mi concepto la acción del primer caso en la que se ven componentes xenófobos y discriminatorios es mucho más reprochable, pero el sentar precedentes para que estas situaciones jamás se vuelvan a presentar parece ser una justificación factible.

Lo triste del caso es que las cosas, a pesar de llegar a estas duras determinaciones parecen no hacer mella en esa arraigada filosofía tradicional que necesitamos extirpar de nuestra sociedad: “El vivo vive del bobo”.

Estas situaciones son el diario vivir en nuestra sociedad e incluso más de uno de quienes leen estas líneas y también el que las escribe, hemos sido protagonistas o participes pasivos o activos de alguna situación similar (no hablo del impresentable que se burló de las japonesas), al menos en lo que se refiere al ingreso de trago en un estadio, o la compra de licor al interior de un concierto, en el que no estaba permitido. Más de uno en algún momento de nuestras vidas, lo hicimos o lo presenciamos.

Las redes sociales se encargan de jugar su papel de inquisidoras inclementes, para aquel que cuente con el infortunio de “dar papaya”.

Las redes sociales se encargan de jugar su papel de inquisidoras inclementes, para aquel que cuente con el infortunio de “dar papaya”. Clic para tuitear

Pero, a veces la situación no surge cuando algún, hasta ese momento desconocido e ingenuo ciudadano, graba o lo graban en un video dándoselas de muy avispado. A veces la inquisición de las redes sociales explota cuando personas sin escrúpulos encienden una mecha que detona la ira y el odio de una parte de la sociedad.

Un nefasto ejemplo es el periodista Gonzalo Guillén. Guillén desde hace muchos años es uno de los contradictores más despiadados del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Sus intervenciones en redes sociales suelen iniciar con el término “matarife”. La saña en contra del expresidente ha sido metódica y permanente durante muchos años. En ocasiones, sin embargo, sus comentarios infundados han sido desvirtuados, por falta de pruebas, ya que, suelen estar sustentados en los mitos y leyendas que sistemáticamente se le han implantado al imaginario colectivo del país.

En una de sus últimas intervenciones en su cuenta de Twitter publicó una fotografía del expresidente Álvaro Uribe en la que aparece con un grupo de hombres, entre los que se encuentra Pablo Escobar Gaviria y, con motivo de la victoria de Iván Duque en la jornada electoral del 17 de junio, la acompañó del siguiente comentario:

“La narcocracia eterna que programó Pablo Escobar en los años 80 acaba de consolidarse para siempre. El cartel de Medellín ya ni es un partido: es un país.”

Y logró su objetivo. Detonó la reacción de esos que odian, más por chismes que por realidades. Muy pronto se detectó que esa imagen fue falseada y aparecieron las dos fotografías originales con las que fue manipulada. En una se ve a Escobar con otro grupo de hombres, entre los que no estaba Uribe, y en la otra aparecía un Álvaro Uribe muy joven, acompañado de la que parece ser su esposa, Lina Moreno.

Esto, en alguien con un poco de vergüenza, aún más ostentando el título de periodista, profesión que supone debe llevar la ética y el rigor de la verdad como pilar, conllevaría al menos una disculpa, la eliminación de la publicación y por supuesto, abstenerse de volverla a publicar.

El señor Guillén parece ser otro tipo de periodista. Uno que no tiene en cuenta absolutamente nada de lo mencionado anteriormente. Luego de comprobada la manipulación, no solo no retiró la imagen; también ha publicado y retuiteado más publicaciones ofensivas, acompañadas de esa imagen falsa.

Pero su periodismo detonante no se queda en un accionar “satírico” en redes sociales. El día siguiente a la victoria democrática de Iván Duque, el señor Guillén publicó un artículo que tituló “Un bobo con suerte”. Entre otros términos para describir a Duque, el periodista utiliza palabras como aseador, masajista, amanuense, chofer, lacayo, y otras más que buscan ser insultantes, pero que no dejan de ser sucios ultrajes, sin ningún aporte al contenido del escrito.

El artículo deja ver una persona con fuertes problemas, como ser humano, pero mucho más como profesional.

En un lenguaje absolutamente humillante, el periodista va destilando odio y veneno entre palabras, cada vez más ofensivas.

No sabría si existe una facultad de periodismo en la que dicten una clase llamada: “El argumento desde el odio”, pero podría ser un buen tema propicio para que el señor Guillén de cátedra.

No sabría si existe una facultad de periodismo en la que dicten una clase llamada: “El argumento desde el odio”, pero podría ser un buen tema propicio para que el señor Guillén de cátedra. Clic para tuitear

Guillen ostenta en su carrera varios premios de periodismo, pero francamente no se explica uno que criterio se aplica para entregar estos premios con escritos de estas deplorables características. Se supone que debe ser por sus investigaciones, atacando la política nacional y sus protagonistas. Posiblemente en otros contextos el periodista puede apaciguar su lenguaje incendiario y de esta forma hacer que sus líneas se vean como creíbles y producto de fuentes veraces y no una saña personal contra los que odia.

Pero esos premios a veces no dicen nada. La historia del periodismo ya ha demostrado que es susceptible de fallar al filtro de la verdad y ha dejado colar historias, que incluso han llegado al colmo de recibir los galardones más importantes de esa profesión a nivel mundial.

Janet Cook, una periodista del Washington Post, en 1981 logra ganar el premio Pulitzer, con un reportaje titulado “El Mundo de Jimmy”, el cual narraba la historia de un niño afroamericano de 8 años que vivía en un barrio marginal de Washington, y era adicto a la heroína. Pasado más de un año de su publicación, se supo que la historia era absolutamente falsa ya que el niño nunca existió. La periodista tuvo que devolver el premio y el periódico publicar una disculpa de 3 páginas.

El artículo aún se puede leer aquí. El periódico decidió dejarlo visible al público, al parecer como un acto resarcimiento a sus lectores que valoran la ética y como un ejemplo de las cosas que nunca debería hacer un periodista. De hecho, por esos días nuestro Nobel (merecido) de literatura, Gabriel García Márquez publicaba este artículo en referencia al tema en el que afirmaba que “no habría sido justo que le dieran el Premio Pulitzer, pero en cambio sería una injusticia mayor que no le dieran el de literatura”.

Casos como este pululan en la historia de esta noble profesión. Otro caso fue el de Jayson Blair, el periodista mentiroso que trabajaba para The New York Times. La investigación del medio encontró que al menos 36 de los 73 artículos, contenían falsedades, en algunos plagiando o copiando línea por línea publicaciones de otros diarios.

Otro ejemplo fue el falso esclavo adolescente en Africa. La historia publicada también por The New York Times, en noviembre de 2001, titulada ¿Es Youssouf Malé un esclavo?, era una absoluta ficción al estilo de la que le valió el Pulitzer a Cooke. El periodista Michael Finkel, había armado un personaje irreal juntando historias al parecer esas sí reales, de diferentes niños.

No tengo en mi memoria, alguna historia en la que un medio en Colombia se retracte de un artículo publicado por uno de sus periodistas, luego de informar una noticia falsa que en nuestro país haya tomado una trascendencia similar a las mencionadas. Pero me cuesta mucho creer que estemos exentos de que algo así haya pasado o esté pasando en nuestro país.

Por eso, considero que, si el periodismo se ejerce con una doble personalidad, en la que su parte activa en redes sociales esgrime sin filtro ético, publicaciones hirientes, falsas y malintencionadas, ¿con qué moral vamos a tomar en serio las denuncias que se hacen en otros ámbitos que se supone deben ser más profesionales y con más rigor investigativo?

Las redes sociales no se pueden usar como un arma que tira dardos envenenados y estimula el discurso del odio, más aún cuando tenemos claro que el uso de esos espacios de interacción es más asiduo en jóvenes no mayores de 24 años. No podemos envenenar el alma y la cabeza de la juventud.

Los medios y los periodistas tienen el deber ético de estimular el debate con argumentos y evitar que la conversación sobre los temas que nos importan a todos se conduzca por un camino de rencillas personales que no aportan y si producen un ambiente de pesimismo que no le hace bien al país.

Los que tienen relevancia, determinado nivel de influencia y además tienen una posición de credibilidad no deberían ser los que encienden las redes, linchan y estimulan ese linchamiento, culpable de la polarización que estamos viviendo.

Personalmente trato de llevar un debate mesurado en redes sociales, pero confieso que no soy susceptible de caer en provocaciones. Por el bien de un mejor ambiente donde primen las buenas maneras, me comprometo a ser mucho más estricto con mi actuación en redes, a dar un debate con argumentos y a no responder ante las provocaciones.

Estamos en la era de las soluciones y no de las agresiones. Los que quieran hacer parte seguro serán bienvenidos.

 

 

 

 

Fabian Mendoza Alzate
Acerca de Fabian Mendoza Alzate 16 Articles
Publicista, Máster en Marketing Digital y Comercio Electrónico de la Universidad de Barcelona y la EAE Business School Apasionado por la transformación digital. Escribe en diferentes portales y blogs sobre temas como tecnología, redes sociales o educación, y cuando la ocasión lo amerita, de política.