¿Necesitamos un cambio? Indudablemente. ¿Ese cambio debe ser de sistema político? No lo creo. ¿Gustavo Petro es quien va a traer ese cambio? ¡No hay ni riesgo! ¿Necesitamos un cambio de sistema, o un cambio de cultura? Clic para tuitear

 

Con ocasión de las recién celebradas elecciones al legislativo, así como de las consultas de las diferentes coaliciones políticas, en donde se han evidenciado algunas tendencias de los votantes, sobre las cuales no es del caso ahondar en este momento, pero que sí reflejan la necesidad de plantear algunas preguntas, quiero en esta oportunidad hacer precisamente eso; formular los que considero los más importantes interrogantes que debería estar haciéndose la sociedad colombiana hoy. Pero para llegar a la pregunta final, es necesario hacer algunas precisiones.

Desde las pasadas elecciones presidenciales de 2018 se pudo ver una tendencia, especialmente en ciertos grupos demográficos, como el de los más jóvenes, de inclinación hacia la ideología política de izquierda.

Sin embargo, al escucharlos en sus opiniones se puede concluir con facilidad que su inconformidad radica más en la rampante corrupción que azota las instituciones públicas y al mismo tiempo esquilma descaradamente el erario, que en el sistema político o en el modelo económico per se.

Claro, nunca faltan los que repiten como loros consignas de esas que desde hace décadas se aprenden los mamertos de sus manuales para dummies de “cómo ser un izquierdista en América Latina”, como que el rico es cada día más rico y el pobre cada día más pobre, que la mayor parte de la tierra está solo en manos de unos pocos (que puede ser cierto en alguna medida, pero falta ver quiénes son esos pocos, pues los dos más grandes terratenientes que hay en Colombia son el Estado y las comunidades indígenas) y que el rico quiere que el pobre siga pobre, porque le conviene (nada más falso y sin sentido que eso), entre otras. Pero si a eso vamos, por increíble que parezca, hay algunos jóvenes que, a día de hoy, en la tercera década del siglo XXI, siguen hablando en términos tan llamados a recoger como el de la lucha del proletariado. Se ve de todo.

Pero la generalidad lo que tiene es una sensación de frustración y de rabia ante el saqueo descarado y continuado de las arcas públicas. Una práctica que no es nueva y que se ha convertido casi en una tradición en la política nacional. Y no es para menos. Lo cierto es que ese ordeño de la teta del Estado es, en gran medida, la causa de los problemas de desigualdad y de la falta de oportunidades en Colombia. Si la plata no se la robaran, seguramente tendríamos una educación pública de calidad y a la que accederían muchas más personas, un sistema de salud más eficiente y al que accederían muchas más personas, una infraestructura más desarrollada, construida en mucho menos tiempo y a la que accederían muchas más personas, y sí, hasta unos subsidios mucho más jugosos y a los cuales accederían muchas más personas.

Por todo esto, los jóvenes piden, anhelan, exigen un cambio. Entonces, la pregunta que debemos plantearnos es: ¿En qué debe consistir ese cambio?

Es precisamente ante esa duda que aparecen políticos oportunistas (como ya saben quien), que aprovechando esos sentimientos de desazón de la población, especialmente de la de escasos recursos, la azuzan con información errada y mentirosa, así como con tesis anacrónicas sobre la lucha de clases, la redistribución de la riqueza y la igualdad material y con un discurso según el cual quien tiene más, lo que tiene lo tiene porque lo ha conseguido a costillas de quien tiene menos, explotándolo o de plano robándolo, y proponen como respuesta a la pregunta un viraje hacia un sistema de corte socialista.

Toman así ventaja de la ignorancia y del descontento de la gente, proponiendo cosas tan inverosímiles y populistas como la impresión de billetes, supuestamente para que haya más dinero para repartir entre todos los necesitados y darles gratuitamente todo aquello que les falta.

Y es ese discurso el que ha calado en los jóvenes, quienes, desde su falta de formación, su natural estado de rebeldía, pero sobre todo desde su inexperiencia, ven propuestas de ese tipo como la solución a todos los problemas, y se preguntan: “¡¡Cómo no se les había ocurrido antes!! Eso fijo ya lo saben desde siempre, pero no lo hacen porque no les conviene y lo que quieren es perpetuar la pobreza del pobre y la riqueza del rico”.

Pero desafortunadamente pasan por alto que la corrupción, esa que constituye el principal motivo de su descontento con el statu quo, en los sistemas socialistas, lejos de desaparecer, se multiplica exponencialmente. Eso demuestran sin mayor dificultad todos y cada uno de los ejemplos históricos alrededor del mundo, pero aún más fehacientemente los más cercanos a casa, es decir, los latinoamericanos.

Si en el modelo económico de libre mercado muchos son pobres y pocos son ricos, la experiencia nos muestra que en el socialista todos son pobres y solo uno es rico: el gobernante. Basta con mirar los casos de Cuba y Venezuela, por citar apenas un par, pues son muchos tan solo en Latinoamérica, en donde la miseria es generalizada, con gente comiendo hasta de la basura, mientras los dictadores, sus familias y allegados son los únicos asquerosamente ricos.

Contrario a lo que pregonan los izquierdistas, hoy mal llamados progresistas, es en ese sistema en donde los poquísimos ricos que hay, sí se han enriquecido a costillas de los pobres, que son todos los demás, pues tampoco podemos olvidar que en el socialismo no existe clase media.

El problema es que cuando se les echa en cara el ejemplo venezolano, que viene siendo el más cercano, reciente y cruento de todos, salen con babosadas como “¡Pero si aquí estamos peor que Venezuela desde hace años! ¡Aquí ya no podemos estar peor!”. Craso error queridos imberbes. Siempre se puede estar peor. Por ejemplo, como allá.

Dicho esto, lo cierto es que el cambio de sistema político y de modelo económico no se muestra como el necesario para Colombia. Entonces la siguiente pregunta sería: Si el problema no es el sistema político ni el modelo económico, sino la corrupción, entonces ¿cómo la erradicamos?

Precisamente ahí radica el quid del asunto. Resulta que los colombianos nos hemos acostumbrado a quejarnos y despotricar del funcionario corrupto; del torcido que se deja comprar. A ese lo lapidamos mediáticamente y lo exiliamos socialmente, sin perjuicio de las sanciones que le caigan desde lo jurídico. Sin embargo, nos hacemos los de la vista gorda frente a nuestra propia corrupción.

Nos encanta rajar del servidor público que se deja sobornar, pero nada decimos frente al particular que ofrece el soborno. Nos indignamos cuando pillan a un agente de policía recibiendo plata para no imponer una orden de comparendo, pero no reprochamos con la misma vehemencia a quien ha ofrecido la “mordida”. ¿Por qué? Me atrevo a decir que se debe a que sabemos, en el fondo, que esos otros corruptos somos nosotros mismos.

Porque corrupción también es pasarse la luz roja o dar el giro prohibido, solo porque vamos de afán y toma más tiempo esperar la verde o ir hasta donde debemos girar. Corrupción también es irse rápido del supermercado antes de que el cajero se dé cuenta que nos dio más de lo que debía en las vueltas. Corrupción también es embolsillarse silenciosa y disimuladamente el billete que vimos caerse del bolsillo de alguien. Corrupción es hasta tirar basura en la calle y no guardarla hasta llegar a casa.

Sin embargo, este fenómeno nunca se va a solucionar desde lo jurídico, sino desde lo cultural. Solo hasta que dejemos de inculcar a nuestros niños dichos, en apariencia tan inofensivos, pero en realidad tan nocivos, como “el vivo vive del bobo” o “a papaya puesta, papaya partida”, entre muchos otros que apuntan exactamente a lo mismo, empezaremos a salir de la olla como sociedad.

Recordemos que los políticos corruptos un día fueron jóvenes, adolescentes y niños, quienes seguramente también crecieron con esas frases arraigadas en su mente, gracias a esa idiosincrasia. A esta cultura (o anticultura) del elogio a la “malicia indígena” que nos caracteriza.
Resulta entonces que la solución sí es un cambio. Pero no un cambio de sistema político ni de modelo económico, sino un cambio cultural. Un cambio de chip, como dicen coloquialmente. La solución está en el abandono de la cultura de la trampa.

Y en estos asuntos culturales, no hay soluciones inmediatas, pues evidentemente, los beneficios de ese cambio no los veremos nosotros. Tal vez ni siquiera nuestros hijos. Si acaso nuestros nietos. Pero si no empezamos ya, aquí y ahora, no llegará nunca. Eso sí sería perpetuar el problema esencial que nos aqueja.

¿Necesitamos un cambio? Indudablemente. ¿Ese cambio debe ser de sistema político? No lo creo. ¿Gustavo Petro es quien va a traer ese cambio? ¡No hay ni riesgo!

Entonces, la última pregunta que planteo es la siguiente: ¿Necesitamos un cambio de sistema, o un cambio de cultura?

Carlos Jorge Collazos A.
Abogado | + posts

Carlos Jorge Collazos Alarcón, abogado, especialista y magíster en Derecho Administrativo, magíster en Responsabilidad Contractual, Extracontractual, Civil y del Estado, litigante y juez administrativo ad-hoc. Conservador en lo ético y liberal en lo económico.

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