A veces, sentado en mi despacho y con el calor de una calilla y un trago de Ron, siento que han pasado ya tantos inviernos, horas y minutos desde la última vez que se discutió algo interesante o serio en el país; desde que se haya obrado en relación al beneficio de sus gentes y la construcción del ideal nacional o desde que se haya establecido algún punto en común de las necesidades de mis conciudadanos y yo vivimos a diario. Esta sensación de eternidad solemne me ha hecho meditar en el hecho fantasioso del haber envejecido, que la barba larga y espesa que hoy adorna mi cara es simplemente el reflejo del paso del tiempo e incluso, el largor de mis cabellos, solamente la idea de las hojas del calendario que han pasado en una eterna y casi ficticia espera, como aquel amor imposible que siempre prometió volver, pero jamás ha regresado.

 

Así como escritor me he sentido, también es notable, para todos, la eternidad de un gobierno que lleva pocos meses en el poder, pero que se han sentido como décadas de pasos en falso y certezas sin certeza de caminar hacia el pasado e ignorando la existencia de un futuro mejor: es como tener la reminiscencia de esos añitos del camarada compañero Ernesto Samper. Tenemos hoy el honor de ser administrados por un cuerpo de gobierno muy leal y honorable, cuyas ideas filosóficas son inversamente proporcionales a sus resultados y decencia: piden de manera cándida que los otros estados del mundo decrezcan con teorías absurdas que vienen desde Lovaina (No de esa calle de placer en Medellín, aunque pareciera un acto obsceno), son los maestros del teatro hipócrita de justificar las reformas que pretenden introducir por el añáscalo nacional en tres tallas mayores y en su momento criticaron duramente y con dramática arte escénica, como si de la violación de una madre se tratara; han dado un cambio histórico a sus vidas al sustituir el aguardiente que se permite el bolsillo de un representante estudiantil por el amargo amaderado del whisky que le otorga el superpoder de violentar autoridades públicas en su papel extra de Padres de la Patria y, desde el orgulloso e inflamado pecho del alfil político, oficiar otro cambio trascendental: De pantalones café claro a humedal del Orinoco, con maquillaje rojo vergüenza (Asesorado por el célebre comediante Pinturita) e incapacidad médica incluida para no dar tantas… explicaciones; entre otras maravillosas interpretaciones del gobierno que impera como un niño y sus crayolas que dibujan símbolos, y no con un real ejercicio de poder y la responsabilidad de ejecutar las obras que construyen nación.

 

En síntesis y sin necesidad de saber epistemología, filosofía o fenomenología del con ce y otras deposiciones, es notable la falta de voluntad del poder para poder ejecutar, realizar, construir e, inclusive, mostrar que tan democráticos y abiertos a la crítica son: hemos llegado a los días nefastos de la irrealidad, el gasto ficticio y la cura a problemas irreales o mal diagnosticados, concurrimos a la puesta en escena del gobierno de los borrachos con poca gracia y demasiada lástima, los doble moralistas que ahora pretenden el noble fin de educar en la virtud canónica de la religión civil a los fieles civiles y en el comienzo del solio inquisidor que emana condenas y sentencias donde todo acusado ya es culpable de entrada y la oposición se ha tornado un amigo leal del gobierno al darle el material suficiente para validarlo y hacerse burla y autoparodia… un grupo de fantoches que se escudan en apellidos de buenos hombres que han muerto, para ser malas imitaciones de clubes y cabarets; estamos en la antesala de aquella puerta que señala el abandonar toda esperanza, por que si llegaremos a pasarla, los versos de Dante tendrían razón en decirnos: “Por mí se va a la ciudad doliente, por mí se va al eterno dolor, por mí se va a la perdida gente”

 

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Valentín García Borja
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Valentín García-Borja Von Harnicsh. Estudiante de Derecho UCLA, coleccionista musical y apasionado por el debate, las artes y la política.