“Colombia”: un nombre infame que huele a opresión. ¿Por qué diablos honrar a Colón?

Francisco Flórez Vargas

Francisco Flórez Vargas
Lo de Belalcázar es como entrar a saco a la sede del Centro Democrático y destruir un afiche de Edward Rodríguez, dejando intacta la cartelera con la imagen de nuestro presidente eterno. Clic para tuitear
Francisco Flórez Vargas

 

Un racero para medir las revoluciones, puede ser el tipo de valores con los que pretenden sustituir aquello que destruyen. En Hispanoamérica, la revolución más exitosa hasta ahora fue la que impulsaron los europeos a partir del siglo XIV. Destruyeron un mundo y lo reemplazaron por otro, con resultados físicos y metafísicos que serían la envidia de cualquier revolucionario contemporáneo. Ahora que el espíritu revolucionario nos impulsa a destruir estatuas, nombres y “narrativas”, es justo preguntarse exactamente qué nos proponemos construir en su lugar. ¿Qué tótem precolombino debería reemplazar la estatua de Belalcázar en Popayán? ¿Habrá que erigir dos estatuas, la del Zipa y la del Zaque, señalando con el índice a los bárbaros que vienen de oriente – y no al occidente, como Colón- en lugar de Isabel la Católica y el almirante, que aún se encuentran sobre la avenida “El Dorado” de Bogotá?

Porque insisto, una revolución puede resultar bastante mediocre si el reemplazo de lo destruido no cumple al menos con características estéticas equivalentes a eso que lo precedía. Los grafitis sobre las ruinas del monumento caído o el performance callejero de unas feministas desnudas en lamentable estado físico no han podido sustituir el valor estético de las estatuas tumbadas o de las iglesias vandalizadas. Además, para fortuna de nuestros revolucionarios, ellos no tienen una vara tan alta a la hora de sustituir. Al pobre Atila le debió costar trabajo imaginarse con qué iba a reemplazar un formidable templo romano, unas delicadas esculturas en mármol. Pero el reto nuestro es menor, se trata de “reinventarse” un CAI, una enclenque sucursal de “Justo y Bueno” o, en el más desafiante de los casos, un reemplazo para don Efraím González – vé, mirá- que pintó en bronce las hazañas del gran Cauca. 

Por lo anterior creo que nuestra revolución va por mal camino. Lo de la estatua de Belalcázar es un golpe tímido. En el mejor de los casos, reactivará el incipiente turismo en Popayán, cuyo morro del Tulcán ahora visitarán con entusiasmo los mochileros suecos para festear al bravo pueblo indígena. Pero eso solo sirve a los dueños del Monasterio y Camino Real, que es donde se quedan los turistas europeos, y termina siendo un favor a las oligarquías locales, dueñas de esos dos hoteles. ¿No se les ha ocurrido algo más grande, como cambiarle el nombre al país? ¿No ven que “Colombia” es un homenaje al más bárbaro y abominable de los conquistadores? ¡Colon lo empezó todo! El fue el Lenin de la revolución católica en Hispanoamérica, el gran precursor del saqueo, del genocidio, del despojo. Belalcázar, Quesada o Balboa son pequeños segundones al lado de don Cristóbal. Lo de Belalcázar es como entrar a saco a la sede del Centro Democrático y destruir un afiche de Eduward Rodríguez, dejando intacta la cartelera con la imagen de nuestro presidente eterno.

La mediocridad es enemiga de todo, también de las revoluciones. Y el principio anterior no puede ser ignorado por la izquierda revolucionaria de Colombia – ojo, ojo ese nombre- que en vez de andar tumbando estatuas de este o aquel encomendero, deberían coger el toro por los cuernos y exigir, de una vez por todas, un reemplazo al ignominioso nombre que, como un cepo, arrodilla a todo nuestro país en inmerecido homenaje al padre de la conquista en América. Desde ya, invito a todas las comunidades de izquierda para que empecen un dialogo incluyente, autocritico, democrático y plural, de cuyo sano debate brote el nombre que debería tener nuestra patria.

Francisco Flórez Vargas
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Francisco Flórez Vargas. Colombiano. Abogado. Magister en Derecho. Magister en Antropología. Investigador en historia.