Colombia y la amenaza narcoterrorista

Robert Posada Rosero

Robert Posada Rosero

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Desde la época en que Pablo Escobar llegó a ocupar una curul en el congreso de la República, Colombia no tenía una relación de connivencia con el narcoterrorismo tan abierta, descarada y peligrosa, escenario que se repite con otros actores que al igual que entonces lograron confundir a una parte de la población para hacer creer que son parte de la solución cuando en realidad son el problema.

Los congresistas de las Farc y sus camaradas en la política y en el monte son una amenaza real para la estabilidad democrática de la nación, arropados por el blindaje de un proceso de paz engañoso que incluso logró, con base en onerosos contratos alinear a varios países europeos, naciones que desde antaño han visto con romanticismo las luchas guerrilleras.

Amparados en la falta de memoria de los colombianos, los nuevos Robin Hood crearon una narrativa que los muestra como abanderados de las causas sociales, al punto que sus antiguos combatientes, caídos en múltiples delaciones y retaliaciones entre ellos, son presentados como víctimas de Estado, denuncias amplificadas por medios y “periodistas” aceitados con millonarios contratos o pautas publicitarias.

Estas nuevas narrativas han ido calando también por el auge de las redes sociales, el impacto de los memes como herramienta de manipulación y la tergiversación de la verdad histórica a través de infinidad de páginas y portales creados para tal fin, empero no nos podemos llamar a equívocos, un asesino es un asesino, un terrorista es un terrorista, un narco es un narco, en Cundinamarca o en Dinamarca.

Pablo Escobar fue un narcotraficante nato, un matón, un asesino sanguinario que utilizó el terrorismo sin vacilaciones, cualidades idénticas a las de los narcos Iván Márquez, Jesús Santrich, Romaña y sus camaradas en el Congreso. La diferencia radica en que en los 80 solo una facción minoritaria del Partido Liberal lo abrazó para llevarlo al capitolio, mientras el resto del país se resistía a que Colombia tuviera un narcotraficante legislando.

La situación actual es muy distinta y preocupante, pues, aunque negaron una y otra vez que criminales llegarían al congreso sin pagar por sus crímenes, Juan Manuel Santos y sus mayorías políticas dejaron a diez narcos y asesinos como Escobar empotrados legislando, y lo que es más humillante y vergonzoso, posando de faros morales del país sin siquiera ruborizarse.

Pretender, como lo han querido hacer creer los políticos que defienden este exabrupto, que un proceso de paz mentiroso y hecho a las carreras borra los más execrables crímenes es francamente inaceptable. Que algunos inventen términos como “despublicar” para sostener y justificar sus falaces narrativas no implica que el país deba aceptar además que existen los términos desasesinar, desecuestrar, desviolar, desreclutar menores, etc; en una sociedad seria y respetuosa de los derechos humanos y las libertades no se dejan meter ese entuerto jurídico.

Como en la época de Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha y Los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez, hoy también hay ríos de dinero de la droga para alinear a los políticos sin principios y convicciones, con la diferencia que ahora actúan envalentonados por la permisividad de una franja de la población que, tristemente, anhela verlos en el poder.

Ese es el verdadero riesgo, que a los millones de la droga y demás economías ilegales se sumó el descontento de una masa seducida por los cantos de sirena del todo gratis y el odio de clases, estrategia populista que está calando en varias ciudades capitales como Bogotá, Medellín y Cali, desde donde se apalanca la toma del poder nacional.

El llamado Régimen, constituido históricamente por personajes de dudosa reputación y criminales sin escrúpulos que ven al Estado «como única fuente de recursos lícitos e ilícitos para conseguir plata”, empezó a reorganizarse y realinear sus estructuras, clientelas y prácticas por dentro y por fuera de la Ley para alcanzar el poder, ya lo habían logrado con Ernesto Samper y el tartufo Juan Manuel Santos, y están decididos a recuperarlo.

En Cuba, desde hace más de 60 años gobierna el Cartel de La Habana, en Venezuela lo hace de manera igual de sanguinaria el Cartel de los Soles, y si Colombia no despierta tendremos muy pronto gobernando al Cartel de las Farc, no importa que aún no destapen su coalición y sus candidatos, el objetivo final es replicar el modelo castrochavista. Ojo con el 2022.

Robert Posada Rosero
Acerca de Robert Posada Rosero 36 Articles
Comunicador Social Periodista, especialista en Derecho Constitucional.