De los deberes y otros demonios

Juanita Cataño

De los deberes y otros demonios. Columnista Invitada Juanita Cataño Clic para tuitear

Juanita Cataño

Desde mi quemada en los comicios electorales regionales pasados donde postulé mi nombre a la Asamblea Departamental Del Valle, he estado reflexionando sobre cómo nos hemos convertido en expertos en exigir nuestros derechos; cosa, por supuesto con la que estoy totalmente de acuerdo; pero en cuanto debate he entrado  en redes sociales, lugar de interacción directa con ciudadanos, aprovecho para parafrasear aquella parte del discurso que hizo John F. Kennedy el día de su posesión en 1961 como presidente de los Estados Unidos: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país” y esto es de lo que justamente poco hemos debatido, parece que la máxima de vida en nuestra sociedad hoy en día es la ley del embudo, lo ancho pa’ mi, lo angosto pa’l resto.

Por eso la crisis desatada por esta pandemia además de agudizar situaciones ya conocidas por la clase política y ciudadanía, le ha quitado la máscara a quienes se auto proclaman dizque defensores de los derechos humanos y la libertad, pero al momento de debatir profundamente lo que nos hace a los seres humanos -léase bien – SÓLO HUMANOS, sujetos de derecho, es la relación directa con los deberes y las obligaciones, además de las implicaciones que conlleva la libertad, se indignan, se rasgan las vestiduras repitiendo el libreto escrito por el populismo en medio de un afán enfermizo de culpar por todo lo malo a los “otros”, sobretodo a los políticos, gobiernos y ricos, porque siempre estamos en el papel de la víctima, gran parte de estos discursos provienen de mal llamados líderes que destilan resentimiento y nos han llevado a un enfrentamiento constante, a una división absurda, a la violencia verbal y física, alentando y alimentando la pobreza con bonitas palabras de igualdad siendo esta la más injusta de todas las prácticas y aprovechándose de la vulnerabilidad de los ciudadanos con situaciones socio-económicas precarias para generar adeptos (que repitan el libreto, porque una mentira repetida por muchos muchas veces parece una verdad), engañar al electorado y ganar espacios de poder dentro de una democracia frágil, para implantar un modelo socio-económico injusto y condenado al fracaso por ir en contra de la esencia misma del ser humano desde el inicio de los tiempos, porque es más fácil echarle la culpa al otro que asumir nuestros propios errores. No es que quiera tapar el sol con un dedo y mucho menos desconocer la realidad de las injusticias, atropellos y atrasos propiciados por la corrupción colombiana, desde los encorbatados políticos corruptos con su avaricia y excentricidades sin importar su ideología, hasta el ciudadano de a pie que justifica su voto al corrupto a cambio de un contrato excusando su transacción porque él si tiene derecho a hacerlo para “poder comer” porque siempre ha sido la “víctima”, pero de los deberes democráticos ni hablarle porque es como si le nombraran el mismísimo diablo, y justo cuando me adentro, cuestiono su accionar y pregunto por  el cumplimiento de sus deberes ciudadanos, es que me he hecho acreedora a una cadena de insultos, señalamientos e injurias, resultado de la furia que se desata en la persona que no se cuestiona a sí mismo y pretende señalar y callar a quien cuestiona nuestro papel como individuo en la sociedad.

Cuando fungí como diputada mis esfuerzos se centraron precisamente en vigilar, defender y hacer control político a los recursos públicos, una de las fuentes más apetecidas para la corrupción y aunque esta actividad no tiene réditos políticos porque se compromete con todos, trabaja para todos, pero no hay compromisos o transacciones individuales, al final, dejó mi conciencia tranquila y la satisfacción del deber ser cumplido aunque no me alcanzara el número de votos de la opinión pública para mi reelección, por eso la reflexión a la que he llegado principalmente es que debemos ser conscientes y asumir nuestra responsabilidad individual sobre la sociedad, la transformación que a diario pedimos a grito herido en discursos veintejulieros y en las repetidas peroratas no llegará nunca si como individuos no cumplimos nuestros deberes, si como seres pensantes no aportamos nuestro conocimiento, si no ponemos en práctica lo que fue de mi eslogan de campaña #HagamosLoCorrecto.

Si, tenemos deberes y para que esto que llamamos sociedad funcione, debemos cumplirlos, quedarnos en exigir nuestros derechos y exigirle a los otros que cumplan sus deberes, incluso a través de la violencia no ha sido, ni será la solución, el resultado no se verá porque le falta el otro elemento a la fórmula (por eso el hidrógeno y el oxígeno no serán agua si los dos elementos no se juntan en sus justas proporciones) de estos dependen la convivencia colectiva, el aporte que hacemos al desarrollo en conjunto, teniendo en cuenta que todos somos distintos desde diferentes perspectivas y que así mismo la sociedad y el gobierno debe garantizar nuestros derechos y nosotros sin excusa alguna cumplir con nuestros deberes en el hogar, en el trabajo, en la democracia, con el prójimo y en la participación ciudadana, en lo que tengo fresca la memoria gracias a los andares académicos de la especialización que estoy por terminar.

En las dictaduras la libertad es un delito, pero en la democracia la libertad es la mayor de las responsabilidades con las que carga el ser humano, de ahí a ser coherentes, empoderarnos y asumir las consecuencias que como resultado de nuestras acciones puedan haber. Así que con el mismo ahínco que exigimos a nuestros políticos que nos cumplan, cumplamos nuestros deberes, no pidamos entonces un resultado diferente en la sociedad, si el elemento que debemos aportar a la fórmula nosotros como individuos no somos capaces de ponerlo, porque siempre estamos esperando que el otro lo ponga primero, porque en el imaginario colectivo nadie quiere ser el “bobo” así es catalogado el que hoy en día cumple y por estar llenos de “vivos” y aventajados, desde el que se cuela en el servicio de transporte público sin pagar, con la excusa de que es malo, hasta el funcionario público que infla el valor de una obra para repartirlo entre sus amigos, condenándonos así a todos al atraso colectivo que es el que termina abriendo más la brecha ya existente.

Y aunque suene a frase de cajón,

No queda más que ser el cambio que quieres ver en el mundo.