Despreciar los uniformados es despreciarnos como nación

Robert Posada Rosero

Robert Posada Rosero

Atacarlos es atacarnos a nosotros mismos, despreciarlos es despreciar lo que somos como sociedad, porque si alguien representa al pueblo son estos hombres y mujeres. Clic para tuitear

Robert Posada Rosero

Tiene que estar muy enferma de odio la sociedad colombiana para despreciar con tanta saña a unas instituciones que representan como ninguna otra y de manera más precisa lo que somos como nación, como lo son los miembros de la Policía Nacional y nuestras Fuerzas Armadas.

Las instituciones uniformadas encargadas de preservar el orden, la seguridad y la sana convivencia, en su gran mayoría son fuerzas conformadas por hombres y mujeres jóvenes de los estratos tres y dos, que vieron en estas profesiones la oportunidad de tener un trabajo estable con todas las prestaciones de ley para sacar sus vidas y familias adelante.

Es difícil establecer cuántas de las personas que ingresan como patrulleros o soldados lo hacen por la convicción de servir a sus comunidades, aunque muchas veces sus familias deban hacer, no solo ingentes esfuerzos para que sean aceptados sino además grandes sacrificios para lograr conseguir los recursos para acceder a los cursos de formación.

Atacarlos es atacarnos a nosotros mismos, despreciarlos es despreciar lo que somos como sociedad, porque si alguien representa al pueblo son estos hombres y mujeres que se ganan la vida de una manera digna y estoica en horarios en los que la mayoría estamos descansando, y en el peor de los casos, haciendo nada productivo.

Así que si usted es de los que se cree superior a quienes portan un uniforme por el solo hecho de no portarlo, revise su pensamiento, comportamiento y hasta su condición económica, ya que si se sale a la calle a increpar y atacar policías y soldados con cualquier disculpa, no es difícil suponer que es un desocupado, vándalo, o en el peor de los casos, un simple miliciano urbano.

Claro que la protesta es un derecho, pero hace poco también grupos de ciudadanos organizados se tomaron varias ciudades de Colombia para rechazar lo que consideran detención arbitraria de Álvaro Uribe Vélez, y vaya diferencia, no se registró un solo hecho que lamentar o alteración del orden público.

De otro lado, no son pocos los profesionales que tras realizar cinco años en una universidad y adelantar  costosas especializaciones y maestrías en prestigiosas instituciones académicas, adolecen en muchos casos de formación ética y moral, ¿por qué sólo somos duros con quiénes si acaso tienen un año y a veces solo seis meses de formación y preparación?

Quienes los fustigan desde la comodidad de sus cargos, algunos públicos, estos si bien pagados, seguramente ignoran que muchos policiales y militares se criaron en barrios y poblaciones con difíciles condiciones sociales y que su formación familiar y académica no estuvieron exentas de las problemáticas que afrontan las clases menos favorecidas.

Los excesos en el ejercicio de sus funciones bien pueden ameritar las cacareadas reformas que algunos exigen a estas instituciones, pero no será más bien que se debe reformar toda la normatividad, de manera que dotemos de verdaderas herramientas jurídicas, de formación, logísticas y dotación a nuestra Fuerza Pública y de Policía.

Se requieren uniformados con conocimientos suficientes en derechos humanos pero también se necesita una sociedad que entienda que los derechos no tienen color político, ideológico, étnico o social, que estas obligaciones aplican para todos, porque cuando algún miembro de la comunidad lo olvida y recurre a la fuerza se ve expuesto a una respuesta similar.

Lo verdaderamente urgente es recuperar la autoridad de todos nuestros uniformados, sus vidas valen tanto como las de quienes a diario los agreden con la potestad de sentirse protegidos por unas leyes cada vez más blandas con los criminales pero más rígidas con quienes deben enfrentarlos en el ejercicio constitucional de sus funciones.

Finalmente, habría que afirmar, sin temor a equívocos, que los responsables de las asonadas e incendios a más de 48 estaciones de policías y CAI, los saqueos y destrucción de comercios, el vandalismo del sistema de transporte y de causar lesiones a más de 350 uniformados no son mejores que los dos uniformados acusados del presunto exceso policial con el que pretenden justificar esta sinrazón.

Como tampoco lo son los políticos, figuras públicas, periodistas y demás ciudadanos que desde la comodidad de las redes y los medios exacerban el odio, el caos, la destrucción y muerte con fines distintos a exigir una verdadera justicia, estos últimos si representan lo peor de nuestra nación, pues son los agentes que están incendiando el país con resultados inciertos.

Robert Posada Rosero
Acerca de Robert Posada Rosero 19 Articles
Comunicador Social Periodista, especialista en Derecho Constitucional.