Desde el pasado 7 de agosto hay innumerables temas sobre los cuales escribir prolíficamente. Prácticamente todas las alocusiones presidenciales, así como las declaraciones públicas de los miembros del gabinete, dan de qué hablar y ponen sobre la mesa asuntos de suma importancia que se tornan materia de debate, no solo por su relevancia, sino por el polémico manejo que el gobierno pretende darles.

Sin embargo, hoy uno descolla entre todos, precisamente por las devastadoras implicaciones que conlleva. El de la educación infantil. Resulta que desde agosto se radicó en el Congreso el proyecto de ley por el cual “se promueve y fortalece la educación de la sexualidad a través de la formación, conocimiento y ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos y se dictan otras disposiciones”, que aunque en ese momento pasó más o menos desapercibido, ha generado revuelo ahora que entra en segundo debate.

Y no es para menos, pues decir que la materia que aborda es delicadísima es un eufemismo. Tristemente es el nuevo intento de un sector ideológico radical de hacerse con las mentes de los niños, implantando su doctrina en las cabecitas más vulnerables e influenciables, con el fin de politizar al ser humano en todos los aspectos de su vida, incluso en sus esferas más íntimas, como en la de su sexualidad.

Bien lo decían abiertamente las feministas radicales (claramente de inclinación izquierdista) Carol Hanisch y Shulamith Firestone, quienes junto a otras no menos importantes y tampoco menos radicales, como Simone de Beauvoir, Judith Butler y Beatriz Preciado (hoy Paul B. Preciado), por mencionar solo algunas de tantas, desde la década de los 60’s del siglo pasado, en su intento de permear ideológicamente todas las dimensiones de la existencia de las personas: “lo personal es político”.

Para nadie es un secreto que desde hace décadas ese sector viene en una cruzada contra el concepto de familia nuclear, envuelto en un discurso de tolerancia e inclusión que ha sabido capitalizar mimetizándose entre los movimientos que luchan por los derechos y la igualdad de las mujeres y de los colectivos LGBTIQ+, así como de los grupos étnicos, sin tener en realidad mucha identidad con ellos.

Ejemplo perfecto de ello es el movimiento que, desde una perspectiva filosófica existencialista promueve la despenalización de la pedofilia, afirmando que debe ser tratada como una orientación sexual similar a cualquier otra, que encuentra sus más asiduos promotores en Canadá y algunos países europeos, como España, en donde tiene a la ministra de la Igualdad, Irene Montero, como una de sus más grandes patrocinadoras y quien señala abiertamente que los niños deben poder tener relaciones sexuales con adultos, siempre que conscientan en ello y lo hagan de forma libre. Parece que la ministra española, quien por cierto estuvo recientemente en Colombia y se reunió con nuestra flamante vicepresidente (sí, vicepresidente y no vicepresidenta, abajo la patraña del lenguaje inclusivo), ignora que el problema no es que el niño conscienta en la relación sexual, sino que es la formación de ese conscentimiento la que no puede darse a esa edad y que ese es precisamente el centro del asunto.

Y no nos confundamos. Aunque parezca que lo mencionado no guarda mayor relación con el contenido y la finalidad del proyecto de ley, lo cierto es que tiene todo que ver. Independiente de las conclusiones que arroje finalmente el álgido debate respecto de la ideología de género, de si en realidad se trata de dos sexos y un sinfín de orientaciones y preferencias sexuales, o por el contrario, lo que hay es una multiplicidad de géneros que pueden ser incluso fluidos y variar innumerables veces según el deseo del sujeto, el quid del asunto radica en lo inconveniente y peligroso de inculcarla en los niños.

Algo indiscutible es que los infantes y preadolescentes no están preparados para asumir una identidad sexual de forma responsable y segura, por lo cual es irresponsable cuando menos entregar esa independencia a personas que ni siquiera entienden del todo en qué consiste esa dimensión de la vida de un ser humano.

En este sentido, es indispensable que se imparta educación sexual en las instituciones educativas, pero siempre teniendo en cuenta que esta NO DEBE influir en la identidad sexual de los alumnos, quienes están a llamados a tomar las decisiones de esa índole de forma consciente, voluntaria, libre de influencias externas, pero lo que es más importante, CUANDO TENGAN EDAD APROPIADA PARA DISCERNIR SOBRE ELLO.

Tampoco puede olvidarse que el rol de la academia en estos aspectos es y debe ser siempre supletivo, esto es, que no sustituye el papel del núcleo familiar y concretamente de los padres, quienes son los llamados a formar a sus hijos durante su infancia, así como a inculcarles su código moral, sin que le sea dado a los docentes, y mucho menos al Estado, inmiscuirse en esa esfera de la estructura y de la dinámica familiar. Distinto es que la institución tenga una función complementaria a la familiar, ojalá coordinada y concertada con esta, para lograr que la formación sea coherente con la educación institucional y que no haya disonancias cognitivas en los niños, sin que esto se confunda con una carta blanca para el adoctrinamiento de los menores en cada materia que el gobierno lo considere necesario o conveniente a sus intereses.

Y aunque suene a teoría de la conspiración, es importante no perder de vista que este proyecto de ley no es otra cosa que un nuevo embate contra la infancia por parte de ese sector político e ideológico, hoy desafortunadamente casi hegemónico en el contintente, que lejos de buscar el bienestar físico y psicológico de la juventud, persigue que el Estado sustituya a la familia como el encargado de la formación de las personas desde que tengan apenas consciencia de sí mismos y uso de razón, en su afán por instituir las tesis políticas colectivistas que vienen intentándose desde hace mas de un siglo en todo el globo, siempre con resultados devastadores en términos de vidas humanas.

Llama especialmente la atención que el proyecto señala que deben transformarse los estereotipos, roles y normas que condicionan el desarrollo de niños, niñas y adolescentes. En otras palabras, se sataniza la formación que tradicionalmente imparten las familias, tildándolas de ser “estereotipos” que “condicionan” el desarrollo de los hijos.

Así mismo, el proyecto impone a todas las instituciones educativas la obligación de contar con personal “capacitado” en enfoque de género. Como quien dice, quien imparta estas clases debe hacerlo desde esa única perspectiva, so pena de ser señalados, docente e institución, de afectar la calidad de la prestación del servicio educativo.

Tampoco resulta nada sorprendente que el proyecto insinúe como herramienta para sus fines el uso del mal llamado lenguaje inclusivo. Recordemos que pensamos con palabras; es físicamente imposible tener un proceso de pensamiento sin usar palabras, es decir, sin usar el lenguaje. Hagan el intento y verán que es así. Por esto la importancia del lenguaje. Si a la gente le cambian la manera de hablar de forma suficientemente sustancial, eventualmente le cambian la forma de pensar, pues, insisto, es imposible pensar sin lenguaje y pensamos con las palabras que solemos usar.

Aclaro que no estoy abogando en contra de la ideología de género (aunque abierta y orgullosamente puedo decir que no comulgo y jamás comulgaré con esas tesis) sino que a los niños no se los debe sexualizar desde su más tierna edad, como tampoco debe politizarse la sexualidad. Que cada quien escoja su orientación y sus preferencias libremente cuando su mente esté lo suficientemente desarrollada, pero además sin interferencias, y mucho menos del Estado, que nada tiene que hacer metiéndose en la cama de la gente.

En pocas palabras, NO, LO PERSONAL NO ES NI DEBE SER POLÍTICO. #ConMisHijosNoTeMetas #ConLosNiñosNo

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