El Capitán Palacios

Juan Camilo Vargas

@JuanCVargas98 

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Que hay pandemia, todos lo saben. Que hay cuarentena, no nos sorprende. Que el tiempo libre que ahora resulta se vuelve monótono y fustiga nuestra paciencia; bueno, eso ya va en cada uno. Somos producto de lo que hacemos y lo que leemos, así que entregarnos a la modorra y al ocio inútil durante estos tiempos resulta se la peor alternativa para combatir la ansiedad mental que padecemos. El trabajar como máquinas y vivir en ese constante afán por producir y consumir ha hecho que la sorpresa con la que nos ha pillado esta pestilencia sea nociva para nuestra rutina. Bien reza el adagio que sostiene «la rutina es la muerte que camina», y quizá el virus chino haya sido la bofetada que necesitábamos para despertar de un letargo laboral o académico en el que llevamos inmersos más tiempo que los años que vivió Matusalén. 

La cuarentena y el virus han servido para sacar a relucir lo peor y lo mejor del hombre moderno. Por un lado está la idea liberal del individuo, ese mequetrefe que sólo piensa en sí mismo y para el que el mundo gira alrededor de su existencia, para el que Dios no existe sino es las esporádicas Misas dominicales a las que asiste más por costumbre que por convicción. Contrario a este mangurrián y badulaque se encuentran los que han enfrentado los retos con humanidad, caridad y solidaridad. Mientras que el primero arremete contra las alacenas y vitrinas de almacenes para captar todo lo que pueda, el segundo prefiere arriesgar su futuro aprovisionándose como lo haría en un día normal, comprendiendo que hay más personas y que quizá ellas necesiten más los bienes en los escaparates de los almacenes. Todos padecemos momentos de desesperación en esta involuntaria reclusión dentro de nuestros hogares, pero lo fundamental es procurar aprovechar el tiempo y no caer en la locura. Allí están los libros de nuestras casas, los documentales que han puesto a nuestra disposición sin precio alguno, los juegos de mesa que alguna vez compramos y aún no hemos desempacado. Que la bofetada del virus chino nos ayude a redescubrir el significado de la familia y el valor que tiene la libertad de caminar a la luz del sol y el soplido de la brisa. 

Somos producto de lo que hacemos y lo que leemos, así que entregarnos a la modorra y al ocio inútil durante estos tiempos resulta se la peor alternativa para combatir la ansiedad mental que padecemos. Clic para tuitear

Ya ha mucho tiempo desde que en Rusia estuvieran presos millares de militares durante la Segunda Guerra Mundial, pero incluso hoy pocos saben de los soldados españoles que allí fueron a parar. Por cosas de esta circunstancia estuve viendo la película «Embajadores en el Infierno», una producción española de 1956 basada en las memorias de un capitán que protagonizó el episodio antes mencionado. 

La película inicia con la escena de los voluntarios españoles capturados por los soviéticos que les guían marchando hasta un campamento de prisioneros. El hombre con grado más alto era el Capitán Adrados (Capitán Palacios en la vida real), un joven de 25 años para el que no mayor honor que servirle a su Patria y cumplir con la disciplina castrense. La escena que sigue es simplemente fenomenal; el dirigente del campo le pide a los oficiales que hicieran todo llevadero renunciando a su apego a España y apoyando a la causa revolucionaria. El episodio que le sigue marca el rumbo de la película y enseña a los espectadores lo que vendrá: el valiente Capitán afirma ser Católico, Apostólico y Romano, a la vez que sostiene su militancia en el partido anticomunista. El resto de la película trata los castigos y encierros que enfrenta este militar por no comprometer sus principios y comportarse a la altura de un hombre con honor. 

Los protagonistas de esta intrépida hazaña histórica estuvieron en Rusia durante su captura por 11 años, hasta que regresaron a España en 1954. Padecieron todo tiempo de tratos, como ya los imaginará el lector al pensar en las prisiones soviéticas. Estuvieron 11 años alejados de sus familias y sin contacto con el mundo, a la merced de algún pan duro y otros alimentos patéticos que les proveían sus verdugos y carceleros, pero no se rindieron. 

¿Qué pasaría por la mente de esos hombres cada día durante 11 años? Las memorias del Capitán Palacios son sólo una parte de la historia, pero faltan muchas más. A nosotros, con los obstáculos que nos ponen la desesperación, el aburrimiento y la ansiedad de la reclusión, nos ha tocado más fácil que a Palacios y a los suyos. Pero aunque las circunstancias sean distintas, es menester mantener la misma rectitud y valía de aquellos militares que resistieron el verdadero infierno durante más de una década. Dios aprieta, pero no ahoga, y de esto que nos queda procuremos ser los mejores humanos y encontrar en nuestros corazones el deseo de resistir, ser pacientes y darle al mal tiempo nuestra mejor cara. 

Pero aunque las circunstancias sean distintas, es menester mantener la misma rectitud y valía de aquellos militares que resistieron el verdadero infierno durante más de una década. Clic para tuitear
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Joven santandereano de nacimiento, Huilense por adopción. Estudiante de Política e Historia en Hillsdale College, ubicado en Michigan, Estados Unidos. Ganador de las becas “Hillsdale Merit Scholarship”, “Weber International Private Enterprise Scholarship” y “Gogel Scholarship, Werner J & Mar”. Caballero Andante, poeta inquieto, enemigo de la corrección política y defensor de la tradición moral y las buenas costumbres. Haciendo Patria