El Invencible I

Johanna Andrea Rodríguez

Johanna Andrea Rodríguez

Extasiado por la buena compañía pagada que acababa de tener, y con la cual había alcanzado satisfacer sus deseos sexuales casi perdidos, comprendió lo solo que se encontraba y en lo grande que era su apartamento en la gran capital de la ciudad. Sintió vacío. La música no alcanzaba a toca su corazón ya muerto, y cada día era un día ya perdido. En un intento de sensatez logró llegar a su cuarto gateando, ahí una cama grande, caliente, de cabezal de madera fina lo esperaba, pues era la única que lo recibía con la compañía que fuera, y no le pediría explicaciones.
En medio de su pequeña lucidez se lanzó en su cama medio vestido y allí descanso. A la mañana siguiente María fue la primera en verlo en su estado deplorable, ella ya estaba acostumbrada a verlo así, y a encontrar el apartamento revolcado de la pasión y los excesos. Al entrar al apartamento la escena hablaba por sí sola, la sala grande y blanca de sillas pesadas y finas se veía la mancha del desorden, los muebles desubicados de su puesto, la mesa del medio llena de copas vacías y botellas de licor. Al lado un polvo blanco y extraño, armado en filas con un pequeño tuvo. Artefactos que de inmediato fueron borrados y lanzados al suelo cuando la sabía María pasó el trapo del polvo mojado para poner orden.
Eran las manchas de una vida en exceso, haciendo un intento por recoger la ropa que estaba en el suelo llego hacía ese cuarto grande, eran esas mismas ropas que le indicaban el camino hacia donde estaba el arquitecto de su vida. Al abrir la puerta lo vio ahí tirado en la cama solo con los pantaloncillos de calvin klein color negro, ahí con las piernas y torso descubierto. De inmediato al verlo en ese terrible estado, corrió a auxiliarlo he hizo lo que hacía siempre; ayudarlo con su ropa y a darle algo caliente para calentarle el cuerpo frio y yerto, pues los tragos con el paso del tiempo se asimilan de diferentes maneras, y a la edad de 75 años debía ser tratado con más cuidado, ya que era un anciano deplorable.
Mientras María recogía el desorden no dejaba de sentir pesar por él hombre solo que se encontraba en el apartamento con ella, a pensar que era un hombre invencible, era de igual manera un hombre vulnerable y débil. Entonces recordó el favor que le pidió Carmen Julia cuando se estaba marchando del apartamento tres meses a tras;
por favor María cuida a Pedro, diciendo esto Carmen Julia esta vez se alejó por completo de la vida del invencible.
Pero no era solo María quien pensaba en ello mientras le preparaba en la gran cocina un alimento, pues el invencible en medio de su mal momento, estaba hecho pedazos recopilando lo que no podía conservar con su dinero, este sentimiento era solo en momentos de debilidad, porque cuando se reponía, olvidaba lo que su mente traía a colación en los momentos más íntimos. Y volvía a recordar con agrado lo que había hecho la noche anterior, ahí en la cama grande y ya arropado por la sabía ama de llaves, recordaba cómo había marcado a una cándida joven de población vulnerable para que le hiciera compañía.
¡Hola Marí Florencia!, ¿quieres venir hoy?, decía el hombre invencible tirado en el sofá grande y blanco en medio de la oscuridad del apartamento de la gran ciudad.
Oferta que no fue rechazada, de inmediato del otro lado de la línea, la joven mujer empaco en su maletín la indumentaria de trabajado sexual; su ropa interior pequeña de colores fuertes, con un traje de enfermera sexy que había comprado en una rebaja, zapatos grandes escarchados con una tremenda plataforma para castigar a sus clientes, con el maquillaje adecuado. Al terminar de poner todo en su bolsa se miró al espejo por última vez, en ese espejo roto en la punta que tenía en su habitación desordenada y muy humilde, al ver a trasvés de este no dejaba de ver ese ladrillo que sostenía una pata de su cama, entonces ahí, con su coleta de caballo pensó:
“esta noche dormiré en una cama decente”, era lo que pensaba Florencia.
Sintiendo un poco de melancolía por saber que no sería el cuerpo perfecto que la esperaba, no era un hombre joven que pasaría las manos por su cuerpo. Recordó que aún conservaba un poco de polvo mágico para pasar ese mal sabor momentáneo que le ayudaría a pagar una que otra deuda. Entonces encontrándolo en la caja donde guardaba su ropa, lo puso rápidamente en su maletín de trabajo, y dando un último vistazo salió al escuchar el pito del carro con el chofer que le había enviado su cliente.
Al salir de esa casa lote en unos de los barrios más pobres, donde no llega la civilización. Marí Florencia se vio en otro mundo, era un auto lujo que pasaba por ella, momento inolvidable cuando subió y se encontró con esa cojinería más cara que el cobertor de su cama. Al ver como ese horrible paisaje se iba borrando a medida que avanzaba el auto, sentía un alivio. Era ese panorama diferente que le ofrecía la vida a momentos mediante su trabajo, era ese panorama que la sacaba de la realidad en la que estaba sumergida. Donde no era más que una mujer sin posibilidades, completamente abandonada por su familia, donde la única herencia era esa casa lote mal tratada y llena de humedad.
Al llegar al lugar de destino era aún mejor, al abrir la puerta entre abierta era ese piso cálido de madera fina, con unos acabados que ni hablar, al ingresar más estaba la sala grande, blanca adornada por unas artesanías traídas de áfrica, y con cuadros de artistas reconocidos. Unas fotografías donde se veía el rostro de un hombre joven donde en una época había alcanzado reconocimiento en la política de ese país. En una de ellas estaba con un reconocido presidente de la nación. Era ese lugar donde momentáneamente podía olvidar su insípida vida.
Al adentrarse más lo vio parado observando por la ventana en oscuras, estaba de espaldas con un pantalón de traje y camisa blanca, descalzo, solo con las medias, de cabello blanco y una ligera peladura de calvicie en la corona de la cabeza.
Al girar era él, él hombre de nariz alargada y caída al igual que sus parpados, de labios delgados pidiendo a gritos ser sostenidos ya que los años hacían estragos, era el rostro inconfundible de su mejor cliente. Al verlo, y haciendo las veces de su trabajo, lo llevó al profesionalismo, dejó caer su maletín módico al suelo, y se lanzó en esos brazos ya casados por los años, y lo beso diciendo:
Te estaba esperando- decía Mari Florencia mientras miraba su rostro en medio de la luz provista por la lámpara del poste de la calle.
Era esa mirada turbia y perdida que miraba a la joven de forma fría, donde sin sentir, le pidió de inmediato:
¡Ya sabe dónde está el baño, vaya que acá la espero!
Al sentir tan fría respuesta a Florencia no le quedo de más que obedecer la petición. Mientras se daba un baño de agua caliente, y se caía la pestañita de agua por sus ojos dejándolos de un negro escurrido, recordó el polvo mágico. Así que aspiro un poco, se sintió bien, sintió animo el cual le faltaba, se sentido muy risueña. Colocándose las medias de colegiala blancas de liguero, la falda corta borde nalga y el top de camisa blanca que forraba a precisión sus grandes pechos, se vio al espejo y comprendió que faltaba lo más importante, sus coletas al lado para tener la impresión de niña ante el abuelo.
Ya cómoda y vestida en el lujoso cuarto de baño, le dio una pequeña inalada a los polvos mágicos, al abrir la puerta percibió claridad, el hombre viejo he invencible había encendido el foco y ahora gozaban de claridad. Al dar el primer paso para salir con sus zapatos escarchados, vio como este hombre salía de la cocina con dos copas y una botella de aguardiente, agua, uvas importadas. Así que le siguió el paso encontrándose ambos en la basta sala a viva luz, al verla tan condimentada frente a él con esos tacones tan baratos, y castigadores le dijo:
¡Se puso mucho maquillaje!, y tomando una servilleta la paso por los ojos de la joven para quitarle ese color brillante que tenía.
Mientras tenía ese rostro cándido entre sus manos viejas. La recordó, y en un intento por igualarla tomo otra servilleta, la mojó en el agua y empezó a quitarle el maquillaje de todo el rostro, tanto que termino por dolerle a Florencia.
¡Basta! Me lastimas, decía retrocediendo su enrojecido rostro, claro está con toda la cautela de no perder el ingreso fijo.
A verlo dos pasos atrás, vio un rostro sombrío, lejos, como si callera en un hoyo, pues no la estaba viendo a ella si no a un recuerdo, entonces acercándose lentamente tomó las manos viejas y las llevó abajo para calmarlo.
Diciendo:
Soy yo don Pedro.
Así que ya tranquilizado le llevó al sofá grande donde le gustaba ver, y parándose frente a él se quitó la ropa interior pequeña, Pedro podía ver cómo estas caían por esas piernas gruesas hasta quedar en los tobillos. Florencia mirándolo a los ojos, alzó un pie muy suave para sacarlas, y luego alzó el otro dejando sus bragas fuera de ella por completo. Pedro estaba exhausto de pasión. Era la figura de una joven corpulenta, de senos grandes al igual que su trasero, así como recordaba que le gustaban las mujeres, antes de ella.
A momentos la sonrisa de un rostro delgado y blanco, de cejas pobladas y ojos cobrizos venía a su memoria, así que llevando sus manos bajo la falda de la joven que estaba parada abiertas de piernas frente a él, dejó de lado el recuerdo que lo atormentaba. Sentía caliente y suave, a medida que iba introduciendo sus tres dedos sentía mojado, al estar extasiado volteo a mirar el rostro de quien le prestaba el cuerpo, esta estaba en un estado aparente de placer.
Mientras se tocaba sus pechos grandes, gemía, y este ahí sentado le abrió más las piernas haciendo que esta bajara su pelvis frente a él, a la medida de sus rodillas. Al tenerla ahí, tan abierta, tan dispuesta para él, le destapo la camisa corta que llevaba, y sumergiendo su nariz larga y agachada entre esos grandes pechos, creyó olvidar.
La mujer ya estaba desnuda tendida a su lado, él seguía vestido y a momentos su miembro se elevaba con existo, al verse tan perdido saco el frasco de las pastillas mágicas. Y metiéndose una en la boca logro estar de vuelta al ruedo. Así que se dejó llevar por la pasión, la cual no duro mucho, y la joven estaba aún con ganas de más. Mientras esta buscaba su orgasmo con el consolador tendida en el suelo. Pedro empezaba a armar en la mesa las filas del polvo extraño, llevándose unos cuantos tragos a la boca veía como esta joven se daba placer sola.
Así que sintió tristeza saber que ya no sería el mismo de antes, y que eso de ver, sí que era diferente a disfrutar. Con los ojos cristalizados se acercó con brusquedad y le quito el consolador a Florencia, ahora lo iba a manipular él, solo que enfermo de frustración lo sacudía con fuerza produciendo en esta de nuevo una reacción de protección.
¡Me lastimas! Me duele decía echándose a un lado.
Cosa que de inmediato tuvo una respuesta acompañada de una mirada fría.
Te estas quejando mucho hoy, tenía entendido que eras una puta. Decía de la manera más cruel.
De inmediato Florencia se levantó para tomar un poco de agua, cosa que no pudo hacer cundo recibió un fuerte puñetazo en la nuca. Al voltearse recibió otro en la cara que la dejo tirada en el suelo. Ahí tumbada veía el rostro envenenado de Pedro que la terminaba de castigar dándole de punta pies.
Al ver como se reflejaba en los ojos llenos de miedo de mari Florencia, cayó tendido y desnudo en el sofá, estaba aterrado en quien se había convertido, así que sin más se puso su ropa interior fina y boto al problema unos billetes de más, esa noche de mediana pasión Florencia no dormiría en una cama decente, pues su cliente se había enfermando. Esta al ver tanto dinero lo recogió, tomó sus cosas y se fue, el chofer de nuevo la dejaría en ese lugar triste de donde la había recogido, solo que esta vez acompañada de unos cuantos golpes, estos llamados gajes del oficio. Solo así eran justificados.
Al avanzar cada vez más el auto, el paisaje de nuevo se iba desdibujando, ya no había vestigio de ese lugar bonito y lujoso, iba de nuevo a ese sumidero, al pensar en esa idea se llenó de tristeza y empezó a llorar. Al bajarse del auto y ver como este arrancaba, se vio sola en la noche, ahí parada, volteo a ver su casa lote y se vio perdida, sin alguien que la pudiera llevar a cuestas en sus espaldas.

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