El Nicolás Ceaucescu Bananero

Fabian Mendoza A.

El Nicolás Ceaucescu Bananero

@Fabianmendoza 

El Nicolás Ceaucescu Bananero. Columna de Fabian Mendoza A. Clic para tuitear

A finales de los 80’s, Nicolae Ceaucescu fue el último dictador comunista de Europa. En Rumania, un día se les llenó la copa. El pueblo explotó de indignación y en plena manifestación pública, en televisión a color, el mundo presenció cómo era derrocado un tirano. El tocayo bananero, corre el riesgo de, casi 30 años después, repetir la historia.

La historia de estos tocayos, al mejor estilo de la famosa novela “Los Victorinos” está unida por un sino mortal. Una estela de muerte, hambruna y destrucción va marcando un camino de criminales coincidencias entre lo que hizo Nicolae Ceaucescu en Rumania y lo que hace hoy Nicolás Maduro en la sufrida Venezuela, en pleno Siglo XXI.

Ceaucescu, al igual que Maduro, había hecho carrera en el Partido Comunista de Rumania como un pusilánime político del montón, Que, a pesar de sí mismo, llegaría a ocupar el más alto cargo del Estado. Pero su gran salto al apoyo popular ocurrió cuando, luego de tres años de gobernar y ser visto como una marioneta de su partido, a finales de los 60´s, se opuso a la invasión de esa sí, en esa época, la Unión Soviética, al territorio rumano. En la historia de nuestro dictador bananero este punto no llega al inicio, sino al final o mejor, durante toda la dictadura en Venezuela, ese ha sido su caballo de batalla. Sin embargo, a diferencia de Ceaucescu, el oponerse a una intervención de EEUU no le traerá popularidad en su país. Será todo lo contrario, porque en este punto, quienes casi piden desesperados esa intervención, son los propios venezolanos. Intervención que sería muy peligrosa, en especial para Colombia, por lo que, en el caso venezolano, la solución tendrá que venir exclusivamente desde el interior del país. Algo similar a lo que pasó en Rumania y decimos similar porque como veremos, en el fondo, tampoco fue lo ideal.

Ceaucescu se convirtió prácticamente en un estadista internacional, recibiendo la visita de líderes del mundo a quienes presentaba en Bucarest con una parafernalia digna del Sumo Pontífice, además de llegar a ser recibido con todos los protocolos, por la Reina Isabel de Inglaterra. La escena, en su momento fue vista como un acto casi circense y toda una vergüenza para la realeza, quedando Nicolae, en medio de todo, como un mosco en leche. El objetivo de la visita era dizque para comprar aviones a Inglaterra, pero al poco tiempo se dieron cuenta que el hombre quería pagarles al mejor estilo de las FARC, es decir con palos de escoba, traperos y olleticas, solo que en ese caso el régimen realmente sí estaba en la inopia.

Maduro, asistió a la ONU, y a pesar de algunos desubicados que hasta le hicieron fila en un momento, para tomarse una «selfie» con él, para el mundo quedó claro que su intervención fue un acto teatral cínico, plagado de omisiones y falsedades.

Al principio, las payasadas de Ceaucescu no eran nada para preocuparse. Solo eran payasadas.

Ceaucescu se comparaba con Esteban “El Grande”, que fue como un Simón Bolívar para los rumanos, famoso por hacer frente a la expansión del Imperio Otomano en la época medieval. Nicolae elegiría emular la leyenda nacional, presentándose en manifestaciones con soldados a caballo rodeando el carro presidencial y vestidos con atuendos de una guardia real del siglo XIV. Él era el nuevo Esteban El Grande, como en Venezuela Chávez era el nuevo Libertador Simón Bolívar.

Los intelectuales rumanos creaban loas teatrales para enaltecer el nacionalismo mediante la figura del «valiente» líder rumano, que se le había parado en la raya a Rusia, Alemania, Hungría, Turquía y cuanto país quería invadirlos.

Esas loas eran tan irreales como los signos de progreso del país. Ceaucescu hizo millonarias inversiones para la creación de fábricas y la construcción de bloques de edificios, con apartamentos que increíblemente no tenía ni siquiera un baño, a los que llevó a vivir a campesinos, inexpertos en cualquier labor industrial, quienes posteriormente ingresarían a trabajar a dichas fábricas, sin haber visto en sus vidas, la maquinaria industrial que allí se encontraba.

Como inauguraciones de unos juegos olímpicos, Las loas eran manifestaciones macro teatrales que en los estadios del país hacía el dictador, para lo cual destinaba la participación de miles de trabajadores de esas fábricas, quienes eran convocados 2 meses antes del acto oficial, para que ensayaran 8 horas diarias las danzas, dejando de lado sus obligaciones en las fabricas. Hacían actos de estas magnitudes al menos una vez al mes.

Detrás de todo estaba el partido comunista, que rodeado de intelectuales y artistas presentaban esta pieza teatral de grandeza sostenida de la nada.

Todavía los comunistas rumanos defienden esa locura, como la verdadera y más pura muestra de unidad del líder con el pueblo.

Ahora vemos como en Venezuela los medios y analistas políticos «fletados» o enmermelados (en nuestro idioma local), hablan maravillas increíbles del gobierno de Nicolás Maduro. Esto parece ser una táctica bien extendida en otros países (medios y analistas defendiendo lo indefendible), pero no nos desviemos.

Estaban tan tergiversados los simbolismos ideológicos, políticos y sociales, que cuando Ceaucescu pasó de ser presidente del Consejo de Estado (presidente, dicho de otra forma) al presidente de la República Socialista de Rumania, mandó a hacer un cetro, cual monarca. Como lo fueron Miguel El Valiente y Esteban El Grande, Ceaucescu quería ser la cabeza de una realeza, pero comunista. Ese era el mayor símbolo de la incoherencia.

Algo similar hicieron aquí, los dictadores tropicales. Adicional a cambiar el nombre del país, de las instituciones, ministerios y hasta el huso horario venezolano, más de 15 réplicas de la espada de Simón Bolívar entregó Hugo Chávez a diferentes «líderes» del mundo entre los que se contaron colegas dictadores como Gadaffi, Bashar al Asad y Mugabe. Pero no sólo esos déspotas recibirían la espada. En este lado del charco también tuvieron el «honor», ni más faltaba, sus compinches regionales, como Evo Morales, Lula Da Silva, Cristina F. de Kirchner, Raúl Castro, etc.

Como si fuera poco, Maduro, siguiendo la tradición, les entregó espadas a sus más cercanos calanchines, culpables del desfalco al país más rico de Centro y Suramérica. Tibisay Lucena, Néstor Reverol, Delcy Rodríguez, entre otros.

Cuando la CPI vaya tras los autores “intelectuales” del genocidio de hambruna venezolano, solo tendrán que mirar quién tiene colgada la espada de Bolívar en el comedor de la casa.

Cuando la CPI vaya tras los autores “intelectuales” del genocidio de hambruna venezolano, solo tendrán que mirar quién tiene colgada la espada de Bolívar en el comedor de la casa. Clic para tuitear

Ceaucescu en Rumanía, al igual que sus pares en Venezuela, primero Chávez y ahora maduro, controlaba la prensa del país, mostrando al pueblo un cuento que nadie se comía, con titulares que de forma literal hablaban de “logros majestuosos”.

Algo parecido pasa hoy en el vecino país, en donde el régimen se ha dedicado a comprar, expropiar o en su defecto no renovar licencias a medios privados de línea opositora. Columnistas críticos del gobierno fueron despedidos, convirtiendo a medios tan tradicionales como El Universal (un El Tiempo de Caracas), en un replicador de ese cuento de hadas. Hoy las páginas de portada de ese medio parecen las del periódico de un país en el que las cosas funcionan normalmente, con alguno que otro inconveniente natural de cualquier democracia. No se ven imágenes de las filas de gente para comprar un pan o una libra de harina, no hablan de los miles de connacionales que a diario abandonan su país desesperados, no hablan de la grosera inflación, no hablan de las sanciones internacionales a las cabezas del gobierno, no hablan sobre la denuncia de 7 países (incluidos Canadá y Francia) ante la Corte Penal Internacional. El País es todo un idilio en las páginas del otrora más importante e independiente periódico privado del vecino país.

La Primera Dama, también era una pieza clave del cuentazo fantástico que les vendían a los rumanos. Elena Ceaucescu, quien humildemente había hecho estudios hasta la primaria, fungía como una científica «de talla mundial», consumada a la investigación. Una heroína para la mujer rumana, símbolo del progreso y promotora de la educación.

Los tiempos han cambiado, y en nuestro caso bananero cercano, el despótico iletrado es el presidente y su señora, sí es la estudiada. Abogada especializada en derecho penal, Cilia Flores ha estado metida de cabeza en la revolución catastrófica de Venezuela, desde que tuvo el papel como defensora de los militares golpistas en 1.992, hasta convertirse en la primera dama o como cariñosamente le dicen, en su lenguaje bélico sus copartidarios «La Primera Combatiente». En Venezuela el analfabeto es su marido (bueno, él diría alfabeto) y en cambio ella, sólo practica el nepotismo, con decenas de familiares suyos ocupando altos cargos en el estado.

A inicios de los 80 el devaneo rumano no pudo ser más encubierto y la realidad salió a flote.

Mientras los medios hablaban de cifras de crecimiento inverosímiles, el campo y la sociedad rumana en su conjunto eran un completo desastre.

Eso mismo pasó el jueves en la ONU, cuando Maduro dio un discurso de una Venezuela en la que las cosas funcionan divinamente y su pueblo respalda a su líder.

Pero la realidad era inocultable. Al igual que en Venezuela, en Rumanía escaseaba el papel higiénico. También los medicamentos, el agua y los alimentos, además de restringir el acceso a los mismos. Allá también hacían colas por horas, para comprar un kilo de carne o una libra de harina.

Al igual que en Venezuela, en Rumanía escaseaba el papel higiénico. También los medicamentos, el agua y los alimentos, además de restringir el acceso a los mismos. Clic para tuitear

En el momento más difícil de la crisis rumana, se incrementarían las coreografías aduladoras en los estadios. En estos tiempos del drama venezolano, Nicolás Maduro arrecia su espectáculo teatral, deleitando a sus seguidores, con arrebatados pasos de merengue y salsa en televisión nacional, en compañía de un Maradona drogado, que, en pantalones cortos, cual si estuviera en un balneario, agita en tarima, la bandera de Venezuela, al ritmo de reguetón.

Viendo los videos en YouTube de esas coreografías rumanas, no se puede evitar pensar en lo graciosa que era esa payasada. Pero es difícil reírse si se es consciente de la tragedia que había detrás, tal como no da risa ver a Maduro bailando en manifestaciones públicas, cuando minutos antes se ha visto en redes sociales la imagen de un anciano hecho solo piel y huesos, encontrado abandonado y a su suerte en una casa de Venezuela, a punto de morir de inanición.

Creería uno que, en Rumania, esta gente estaba adoctrinada para hacer con gusto, tamañas ridiculeces, pero la realidad era que después de un tiempo, los tenían obligados y amenazados. Dentro de esos grupos de bailarines, llenos de personas inconformes y desesperadas por su desastrosa realidad, había miembros del partido comunista, vigilando muy bien todos sus movimientos. Los amenazaban con no pagarles o bajarlos de estatus en sus trabajos si no asistían a los ensayos.

Hoy en Venezuela el gobierno tiene comprados sus aplausos, con el “Carné de la Patria”, el cual identifica al militante del PSUV (partido oficialista), que además de darle acceso a bienes básicos, incluso le sirve para poder comprar gasolina.

A finales de la dictadura, la deuda externa de Rumania ya ascendía a 20.000 millones de dólares de la época, sin embargo, la crisis económica del país era profunda y el presidente culpaba a los bancos internacionales de no querer prestarle. Algo similar ocurre en Venezuela, en donde, luego de despilfarrar sus riquezas petrolíferas por años de mala administración y peores decisiones, culpan al “imperio” de sus problemas.

Finalmente, en la última etapa de los 80, llegó la gota que derramó el vaso. Las comparsas que antes vitoreaban al líder máximo ya no lo hacían más. Grabaciones de aplausos y hurras, retumbando en altoparlantes, acompañaban y reemplazaban las voces de los participantes que ya no hablaban, y se limitaban a marchar impávidos en los desfiles, para seguir sosteniendo una farsa inadmisible, y que de esa forma se viera bien (como si todo fuera una maravilla), en la televisión. Similares cosas vemos hoy, con videos de Maduro saludando efusivamente a una muchedumbre inexistente, seguro con planes de posteriormente editar digitalmente un video, en el que se verá una multitud falsa al frente suyo.

Los rumanos veían que, mientras en el gobierno se gastaban millones de euros en esos espectáculos, ellos no tenían que comer en sus casas, como lo vemos ya en Venezuela. Para los rumanos era insultante ver que mientras ellos morían de hambre por una política de austeridad extrema, que le permitiera al país pagar miles de millones de dólares en deuda, el presidente nadaba en lujos y riquezas, al punto de haber dedicado decenas de miles de personas, para la construcción del palacio de gobierno, un edificio descomunal de más de 1.000 habitaciones que a la fecha sigue siendo el segundo edificio más grande del mundo, después del Pentágono en EEUU. Por acá, las ostentaciones de la corrupta cúpula venezolana, son repugnantes, con una malversación de fondos que ya haciende al parecer, a más de 10.000 millones de dólares. Hace poco también se vio a Maduro disfrutar de un plato de carne de 350 dólares en el restaurante de un famoso chef, en un viaje a Turquía, en compañía de su esposa.

Al igual que Ceaucescu, Chávez y ahora Maduro, le vendieron a su pueblo la falacia de luchar contra un enemigo imperial. En Rumanía el enemigo era Moscú y Berlín, en Venezuela lo es Washington y Bogotá, pero en ambos casos la realidad es que ese enemigo nunca se materializó y al final la lucha siempre fue y ha sido interna. Una lucha contra su propio pueblo.

El 21 de diciembre de 1989, Ceaucescu finalmente recibió el pago a su ineptitud y opresión. Ese día, sería su última presentación ante una multitud, llevada a la fuerza, que, de hecho, estaba conformada por simpatizantes de su propio partido, quiénes a medida que el tirano hablaba, incrementaban sus chiflidos. Al igual que Maduro, Ceaucescu, para calmarlos, prometía dar más comida, aumentar salarios. Pero el pueblo ya sabía que nada de eso serviría, porque sencillamente su propia condición les hacía imposible creer esas mentiras.

Días atrás Ceaucescu había ordenado al ejército disolver una manifestación con decenas de miles de personas, que protestaban al mal gobierno. La violenta represión dejó un saldo de más de 100 muertos y centenares de heridos. Ese era el pan de cada día de una Rumania en la que el poder se negaba al cambio, luego de que, pocas semanas atrás, cayeran el muro de Berlín y como fichas de dominó, todos los regímenes comunistas de ese lado del hemisferio.

La multitud enardecida se tomó el edificio del Comité Central, en cuestión de minutos, dando apenas el espacio para que Ceaucescu y su esposa huyeran en un helicóptero, que no llegó muy lejos.

El mismo partido comunista formó un comité paralelo improvisado y se tomó el poder en cuestión de horas. Atraparon al dictador, su otrora copartidario y líder, un par de días después, para hacerle un juicio extralegal que no duró más de 2 horas y que sería transmitido en televisión. Al matrimonio se le acusó de destruir la economía rumana, de corrupción y ambos fueron sentenciados a la pena de muerte. El 23 de diciembre de 1989 Ceaucescu y su esposa eran fusilados.

Maduro está siguiendo los pasos de esa historia, con minucioso detalle, pero, aunque muchos piensen que ese destino mortal es merecido, luego de tanto sufrimiento, no es sólo a esa parte del desenlace lo que puede estar emulando.

Maduro al igual que Ceaucescu, corre el riesgo de ser traicionado por miembros de su propio partido. Al igual que en Rumania, facciones militares pueden apoyar un golpe de estado, surgido legítimamente del pueblo, que termine por derrocar al dictador, pero como en el caso de Rumania, los que lleguen al poder podrían ser otros miembros del PSUV, con conexiones directas con el ejército, simulando un derrocamiento, pero dejando en las mismas manos, quizá en peores, el poder en Venezuela, y así como en Rumanía, padecer por más años un remedio peor que la enfermedad.

Venezuela debe evitar que Diosdado Cabello, sea el Ion Iliescu bananero, que conspire tras bambalinas un golpe de estado, como pasó en Rumania, o como lo haría en Rusia Stalin, con Lenin y Trosky, y como por esa época lo hizo Yeltsin con Gorbachov. Parece ya toda una tradición intrínseca al comunismo o al socialismo, el traicionar líderes de su propio partido, para quedarse con el poder.

En 2019 se cumplirán 30 años de la siniestra culminación de la dictadura rumana, que duró un poco más de 20 años. La dictadura del régimen Chávez-Maduro cumplirá 20 años en 2019. Hasta la bandera rumana guarda igualdad en sus colores, como lo guarda la historia de las dos convulsionadas naciones con opresores de igual nombre.

Alguien medianamente inteligente sabría que la mejor opción, para salir con vida en lugar de tener el mismo desenlace nefasto, será hacer lo que hicieron varios regímenes comunistas, que se decantaron por un abandono del poder, pacífico y democrático, como lo sucedido por esos años en Alemania o incluso Rusia, por ejemplo, en donde seguramente no faltaron obstáculos en esa transición, o tal vez no se culminó al 100%, pero el cambio se dio de una forma mucho menos traumática y violenta. Eso lo pensaría alguien medianamente inteligente, pero Nicolás Maduro, el de la multiplicación de los panes y los penes, el que vive en el mismo continente de Portugal, el que habla con pajaritos, no parece ser esa persona.

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