El parasitismo social: Los pobres privilegiados

Carlos Manjarrés

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El gobierno gasta $84 billones al año en gasto “social”, equivalente al 9% del PIB, simplemente es extravagante, más aún si vemos que la justificación para recibir dinero —de otro— son tan peculiarmente ridículos como… Clic para tuitear

Lejos de introducir nombres de personajes que me parecen desagradables, prefiero cortésmente enfocar la discusión en un fenómeno que resulta cada vez más llamativo para los ojos de la opinión pública: El parasitismo social. ¿Quiénes son los parásitos de nuestra sociedad?, bueno, aunque en varios países, regímenes y épocas, ha existido un contenido diferente para esta expresión, nosotros la vincularemos a una variante soft del problema del polizón (free rider problem).

El autor por excelencia de la escuela liberal francesa Frédéric Bastiat sostenía que hay tres maneras de organizar la sociedad:

  1. Que pocos vivan de todos
  2. Que todos vivan de todos
  3. Que nadie viva de nadie

Francamente es fácil notar la organización social ideal, que nadie viva de nadie. Paradójicamente es el estado de cosas más difícil de alcanzar, pero sobre todo, del que Colombia está más distante. Y es que, gran parte de la población no afronta un costo real de los beneficios que obtienen, por el contrario,  creen que los subsidios emanan de una voluntad caritativa, o se valen de una ignorancia supina para distorsionar la realidad, pues el beneficio que reciben es sacado por el Estado del bolsillo de personas productivas en favor de personas improductivas que precisan no trabajar por los incentivos nefastos que contrae el asistencialismo.

En la actualidad, aproximadamente el 50% de la población obtiene el servicio de la salud de manera subsidiada, ¿Qué mejor ejemplo de un “que todos vivan de todos”?

El gobierno gasta $84 billones al año en gasto “social”, equivalente al 9% del PIB, simplemente es extravagante, más aún si vemos que la justificación para recibir dinero —de otro— son tan peculiarmente ridículos como ser negro, ser indígena o ser homosexual, sugiriendo que el ser humano y sus derechos inalienables fueran relativos a su color de piel, grupo familiar u orientación sexual, ignorando que la calidad de persona es indiferente de alguna de esas categorías. Sin embargo existe un objetivo último: el beneficio a costas de los otros. Cuando el incentivo es la victimización y se observa que ser víctima trae consigo una cantidad de beneficios ¿Por qué no serlo?, por esa razón fuera de establecer una supuesta “cohesión social”, se presenta una suerte de confusión entre fetichismo jurídico, culto a la ley, revisionismo victimista y anomia. Sin duda nos encontramos en el tiempo de la emocracia, —donde la emotividad es el baremo por el cual se mide la verdad de una afirmación y esta a su vez por el respaldo de las masas contagiadas de dicho sentimentalismo— donde la afirmación de una postura no reside en el argumento sino en su interlocutor, y que, es empujado fatídicamente por los socialistas de todos los partidos —y progresistas activistas de contrato—, que consideran a los homosexuales, negros, mujeres e indígenas  seres inferiores  a la persona promedio —cosa que claramente es incorrecta—, fuera de humanizar a los grupos sociales que en casos aislados y en épocas concretas fueron marginados o martirizados, los infantilizan al punto de crearles una dependencia del erario y conservándolos en su estado de miseria y victimismo. Ciertamente tengo la verdad en mi ser que no le debo nada a nadie, y que por el hecho de nacer tampoco nadie me debe nada, las exigencias de derechos que se mantengan por fuera de una generalidad de Vida – Libertad – Propiedad, dentro de los presupuestos mínimos del derecho constituye una arbitrariedad y una injusticia. No es justo que se deba sostener a un sector a razón de reclamos infundados, y sobre todo es importante empezar a llamar las cosas por sus nombres, no se trata de la promoción de derechos LGBTI, no es la promoción de derechos de negritudes, no es la promoción de derechos indígenas, los derechos no surgen a causa de esas banalidades, y esas políticas no son otra cosa que privilegios, leyes hechas para aventajar a un grupo de interés sobre todos los demás. ¿quieren una política justa?, les tengo una perfecta: Abolir privilegios raciales o de grupo.

Suprimir la discriminación positiva, eliminar cuotas raciales, etc., y señalar que la principal consecuencia de la existencia de estos privilegios es que pisotea los derechos de propiedad de todos los Colombianos.

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