El Presidente debería ejercer una mayor responsabilidad con respecto a su país. En peligro las bases de la democracia

Martín Botero

Señorías, lo que ocurre hoy en Colombia es muy grave y exige medidas más rigurosas. El país afronta nuevas situaciones de vandalismo–hoy hemos visto algunas imágenes terribles–, ciego afán de destrucción, violencia política organizada, robos y asaltos a pesar de la prohibición judicial de las protestas y de esta pandemia mortífera, que continúa siendo muy destructiva. Condenamos con la mayor firmeza la violencia sin sentido e injustificada no solo contra las personas, sino también contra los objetos -banderas o edificios- y la condenamos con la mayor rotundidad. Como siempre, las peores consecuencias de estos horrores los sufren civiles inocentes de ambas partes y los efectos asolarán sus vidas aún durante muchos años. Esto viola los derechos, libertades y garantías de las personas y la responsabilidad soberana de Colombia con respecto a la protección de sus ciudadanos. El Gobierno tiene la obligación de investigar a los autores de estos actos violentos, que deben ser procesados y sobre los que ha de sentenciar la justicia colombiana. Seguramente, también se han movilizado muchos ciudadanos pacíficos que aman la libertad y la vida -propias y de los demás- y que practican sinceramente y sin fanatismos su ideología y que llevan mucho tiempo deseando un cambio en la política. Conocemos las causas sociales que junto con el desempleo y la grave pandemia contribuyen a fomentar las tendencias hacia esa dirección, pero no podemos dejar de reconocer la capacidad y la voluntad de estas fuerzas de extrema izquierda de ajustar cuentas al gobierno, la posibilidad de crear una mezcla explosiva en Colombia: se están creando unas condiciones por las cuales puede renacer un peligro para la democracia y la población.  

En los últimos días ha quedado bien claro la debilidad estatal, la grave situación política interna y la mala gobernanza, junto con un aumento del nacionalismo populista rancio, vociferante y agresivo contrario a los valores fundamentales del Estado de Derecho. Este es un ejemplo de cómo un país rico en recursos combinados con el mal gobierno puede llevar al caos. Es una cuestión de juicio prudente y es la responsabilidad del presidente el hacer este juicio. Es la gran culpa o negligencia de la presidencia y el gobierno ir voluntariamente a la cama con el lobo (el autosacrificio) y esperar hasta que le devore, pone de manifiesto un grado increíble de ingenuidad. ¿Cuál es el objetivo de Gobierno? El método actual no funciona, porque hay quienes esperan, en especial en la izquierda más radical y revolucionaria, combativa y crítica un evento traumático que podría desembocar en el colapso de la democracia y caos, el conflicto y la confrontación.  En estas condiciones, la presidencia debe adoptar una posición clara, sin esperar más acontecimientos. Y un gobierno debe tener más nervio y más coraje. El líder se mantiene firme. Cuanto más fuerte sea esta Colombia y más vigilante esté ante las tendencias violentas, con tanto más éxito podremos combatir las raíces del extremismo de izquierdas. Esta Presidencia no se ha mostrado consciente de este drama, una debilidad que convierten en aún más evidente el valor de la posición del presidente. Nosotros habríamos deseado que se pronunciase contra esos revolucionarios de izquierdas que ejercen la violencia, sin embargo, se observa un punto muerto, generado por un inmovilismo sociopolítico, es revelador de la ausencia total de voluntad política en este asunto. Habría preferido que se hubiese adelantado a ellos y sobre todo que hubiera condenado, en nombre de la nación, el principio mismo de una alianza con quienes practican la violencia física y verbal como fundamento del conflicto y la rivalidad permanente, que estigmatiza cada vez más a los que producen riqueza, hacen afirmaciones hostiles y se muestran complacientes con el anticuado estilo dictatorial de dirigir una sociedad. Esto es naturalmente inaceptable. Colombia y nuestro ordenamiento jurídico son demasiado importantes para que nos permitamos estar ciegos de un ojo. No ignoremos el interés común de nuestro ordenamiento democrático y constitucional anteponiendo los intereses de la política partidista y más allá de intereses egoístas y actuemos conjuntamente contra toda forma de violencia, proceda de donde proceda, de la derecha o de la izquierda, desde la solidaridad común de los demócratas. Todo esto perjudica a Colombia, a los manifestantes, a las fuerzas de la ley y el orden, en una palabra: a la democracia. Tardamos dos siglos en sentar las bases de una democracia cuya fragilidad nos es constantemente recordada por la actualidad: la democracia y la libertad son el tesoro más precioso porque representa nuestro futuro. Por esto, señor Presidente, su responsabilidad es enorme hoy. Su responsabilidad es plena y no depende de actuaciones culposas o negligentes por su parte. Debemos encontrar, como instituciones y sociedad, el modo de medir y dar significado a esto, de manera que tenga realidad y esencia. Luego, podemos trabajar juntos en la aplicación del método democrático para erradicar este cáncer de nuestro entorno. Y eso es lo que le pido al Presidente en este momento, porque resulta importante no caer nunca en ese error; no es un acto de debilidad, sino un acto de gran responsabilidad. Si vamos en serio, hemos de ser pragmáticos. “La estabilidad constituye un bien público a ser promovido”. En esta situación, considero que el gobierno no puede simplemente atrincherarse detrás de sus barreras, o lo que es peor, alinearse con quien los usa como ganzúa política. No deben existir tampoco auto acuerdos voluntarios ni acuerdos marco sin que se proteja a la democracia.  La Colombia precisa, pues, cambiar de marcha. La visión de futuro es esencial. Pienso que algunas personas tienen una concepción muy ingenua de la dictadura y de la forma en que funcionan las cosas, agravada por la estupidez. Estamos en nuestro derecho y en nuestra obligación de pedir a los manifestantes y a todas las fuerzas políticas que reconsideren y que recapaciten porque ese tipo de peste que ha golpeado ya en Venezuela no sólo puede perjudicar a Colombia, puede, en su caso, extenderse, y hablo con el recuerdo de la historia. Todo ello porque un nuevo Rasputín quiere ganar popularidad y hacerse con el poder como nuevo presidente, no importándole para ello poner en grave peligro la democracia, el Estado de Derecho y las reformas económicas en la Colombia. Nadie puede, en nuestra opinión, dejar de interrogarse sobre las razones que permiten a un demagogo populista y un renegado hacedor de maldad, lleno de malicia y sin escrúpulos explotar las frustraciones y los miedos suscitados por políticas en las que demasiadas poblaciones no se sienten representadas. Tenemos este debate ante nosotros, pero cada uno de nosotros va a asumir sin demora sus responsabilidades. Quiero añadir algo: en política, las palabras pueden ser incendiarias, pueden exaltar los ánimos o pueden ser conciliadoras. El lenguaje peligroso e incendiario de los corazones y los espíritus promueve tensiones y conflictos, exacerba en lugar de calmar la situación. En respuesta a ello, el sistema de justicia penal sirve para castigar, disuadir y rehabilitar al trasgresor. Por último, habrá que hacerse por fuerza esta pregunta: ¿cómo se ha podido llegar a eso? Se dirá que la presente situación es resultado del desfase entre la legalidad de las instituciones del Estado y su legitimidad a los ojos de los ciudadanos, la corrupción y el mal gobierno. No tenemos que inventar de nuevo la rueda. Necesitamos más imaginación y una política nueva y buscar incidir en los cursos de acción futuros. Lo central es resolver las necesidades básicas de quienes viven en la profundidad de la pobreza y la desesperación, como la vivienda, la seguridad y las necesidades económicas de las víctimas, educación y desarrollo, el saneamiento, la salud y la creación de puestos de trabajo, en particular establecer un marco de gobernanza local democrática. Estos deben ser ahora los objetivos de la Colombia. Es aún demasiado pronto para valorar la incidencia en la estabilidad del país y para predecir si los acontecimientos cobrarán un cariz desastroso o pondrán en peligro la democracia colombiana. Amen

Quiero rendir un especial homenaje a las fuerzas del orden público del país, que creo que han actuado con total prontitud, decisión y eficacia en nombre de nuestros ciudadanos. Clic para tuitear

Nota

Quiero rendir un especial homenaje a las fuerzas del orden público del país, que creo que han actuado con total prontitud, decisión y eficacia en nombre de nuestros ciudadanos y han dado muestra de compromiso permanente que les es muy propio en la labor de consolidación de la paz, en especial la seguridad y la justicia.

Martín Eduardo Botero
Acerca de Martín Eduardo Botero 99 Articles
Abogado Europeo inscrito en el Conseil des Barreaux Europèens Brussels. Titular de Botero & Asociados, Bufete Legal Europeo e Internacional con sede en Italia y España. Letrado del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid. Presidente y fundador de European Center for Transitional justice y vicepresidente en la Unión Europea de la Organización Mundial de Abogados. Graduado en Jurisprudencia por la Universidad de Siena (Italia) con Beca de Honor y Licenciado en Derecho por la Universidad Católica de Ávila (España). PhD en Derecho Constitucional Europeo por la Universidad de Bolonia con Beca de estudio del Ministerio de Exteriores italiano y la Unión Europea. Colabora con universidades, institutos de investigación especializados y organismos de la sociedad civil en los programas de cooperación jurídica y judicial internacional. Consultor Jurídico independiente especializado en anticorrupción. Su último libro lleva por título “Manual para la Lucha contra la Corrupción: Estrategia Global: Ejemplos y Buenas prácticas”.