Empresarios: una vela a Dios y otra al diablo

Robert Posada Rosero

Robert Posada Rosero
Llegó el momento de las grandes decisiones, el país se juega su futuro, lo cierto es que somos nosotros como colombianos los llamados a definir si avanzamos o tomamos el camino del suicidio económico y social. Clic para tuitear
Robert Posada Rosero

El difícil panorama administrativo-político que se vive en Medellín y Bogotá, que amenaza, en el primer caso, con destruir los esfuerzos de años de una clase empresarial y política seria, y en el segundo, que evidencia y profundiza las problemáticas de una ciudad que no es constante en definir sus prioridades como sociedad, es un llamado de atención sobre lo que podría ocurrir en Colombia. 

O avanzamos hacia la consolidación de un Estado-Nación donde los principios y derechos de los ciudadanos tengan el miso peso y valor o damos el giro hacia la tiranía de las minorías, con el riesgo que sobre ese caballito de batalla nos embarquen en una tiranía de izquierda, con las consecuencias ya conocidas en Cuba, Venezuela y Nicaragua, y que ahora empieza a recorrer la débil democracia Argentina.

Con el artilugio de una paz estable y duradera, y con el derroche de miles de millones de pesos en mermelada, Juan Manuel Santos, logró imponer una narrativa afín a esos modelos, al punto que hoy las tres principales ciudades del país, Bogotá, Medellín y Cali, están bajo la batuta de exponentes de esa corriente política, punta de la lanza para lo que sería la toma del país nacional.

En ese propósito no ha estado solo, y más allá de los apoyos nacionales e internacionales, orquestados desde los foros de Puebla y Sao Paulo, para tomarse, primero el control de los medios y después ganarse el favor de las llamadas ‘clases populares’ y los jóvenes, con la finalidad de imponer “ideas, modelos productivos, programas de desarrollo y políticas de Estado de carácter progresista”, encontró la tormenta perfecta producto de la torpeza de una clase empresarial que por pensar solo en sus intereses individuales de corto plazo está viendo amenazado todo el sistema económico del país en el largo plazo.

En sus ocho años de gobierno, el tartufo no solo minó la confianza en la justicia y las altas cortes, profundizó el desprestigio del congreso y acabó con la credibilidad de los medios, sino que siguiendo su propia estrategia, ubicó de manera conveniente a sus alfiles en cabeza de diferentes gremios económicos, para mantener y profundizar la desunión histórica de la clase empresarial. Divide y vencerás, es la premisa.         

Esos caballos de Troya, como el mismo lo hizo, al infiltrarse en el gobierno del expresidente Álvaro Uribe Vélez, tienen la tarea de avanzar en la consolidación del modelo que impulsó Santos desde la presidencia, cumpliendo el sueño de la vieja izquierda colombiana y latinoamericana, de su hermano Enrique Santos Calderón y otros ideólogos soterrados de los grupos insurgentes del país.  

La batalla ideológica y política se está librando en todos los frentes y escenarios, de ahí la importancia de ese triunfo jurídico del expresidente Uribe, quien deberá seguir batallando en el campo judicial y político, como muro de contención de esa izquierda radical que ya ha mostrado sus fauces, y que no escatimará en esfuerzos para doblegarlo, y con él al país.

El país está advertido, pero si alguien tiene la obligación y la responsabilidad de despertar del letargo en que han caído y retomar su papel de guías de los intereses de la nación, son los empresarios, porque de la clase política, contadas excepciones, ya sabemos que esperar, son mercenarios que se venden al mejor postor; sus débiles principios éticos y morales les permiten acomodarse a cualquier sistema, sin importar las consecuencias para su gente.

Pensar que el país no está en riesgo de seguir los pasos de Venezuela, Nicaragua o Argentina, la otrora economía fuerte de Latinoamérica, es una ingenuidad que nos podría salir muy caro, como lo corroboran hoy los paisas y el grupo empresarial antioqueño, quienes están sintiendo en carne propia los desvaríos de emperadorcito de Daniel Quintero Calle, quien les está ‘pintando’ la cara, emulando a su muy admirado Gustavo Petro.

Ya perdimos a Bogotá, una ciudad acéfala de políticos consecuentes y de empresarios que trabajen unidos en pro del bienestar de todos sus ciudadanos, y cada vez se afianza más el modelo populista en Cali y otras ciudades del departamento y del país, donde la clase empresarial no logra encontrar un mensaje que les permita conectarse con la Colombia profunda, lo que ha permitido el enquistamiento de la politiquería y la corrupción.

Llegó el momento de las grandes decisiones, el país se juega su futuro, y si bien este depende también de elementos externos, lo cierto es que somos nosotros como colombianos los llamados a definir si avanzamos o tomamos el camino del suicidio económico y social, y en esa ecuación los dueños del capital tienen un rol fundamental, no pueden seguir jugando a prenderle una vela a Dios y otra al diablo.

Robert Posada Rosero
Acerca de Robert Posada Rosero 19 Articles
Comunicador Social Periodista, especialista en Derecho Constitucional.