Guerras 2.0

César Augusto Betancourt Restrepo

Columnista

@C88Caesar

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Para ganar las guerras, las batallas, los combates, y derrotar las amenazas, es indispensable la unanimidad de la sociedad frente al enemigo. Esa unidad si bien no es garantía de victoria, es un factor determinante para la misma, porque significaría la prevalencia de un proyecto de país frente a un ente o entidad desestabilizadora.

Por eso en las guerras, los Estados y sus Ejércitos, intentan mediante la propaganda o guerra psicológica, penetrar por medio de mensajes estratégicos, fracturar la unidad del enemigo, su visión, valores y objetivos con el fin de negarle apoyo popular a las iniciativas político-militares que éste tenga. 

Esta guerra psicológica va enfocada hacia las propias tropas (para mantener la unidad y la moral), las tropas del enemigo, y la población civil del área afectada y del contexto general. 

La lectura es clara: sin apoyo popular, los Ejércitos tienen poca posibilidad de triunfo, y aunque eso no signifique per se una derrota, si puede implicar un conflicto que se podría prolongar por años o décadas. Es decir, ya estaríamos hablando de una guerra de desgaste o lo que en dialéctica comunista se denomina guerra popular prolongada.

En este tipo de confrontaciones que se caracterizan por ataques de bajo impacto estratégico en materia militar, pero alto impacto perceptual, ayudan para mermar la confianza en el Estado protector, lo que termina siendo una ganancia para el enemigo.

La lectura es clara: sin apoyo popular, los Ejércitos tienen poca posibilidad de triunfo, y aunque eso no signifique per se una derrota, si puede implicar un conflicto que se podría prolongar por años o décadas. Clic para tuitear

Dicha situación es mucho más delicada si el enemigo no es externo sino interno, pues aparte de tener relación con el entorno y los habitantes, el imaginario de que el Estado no protege a su población crece hasta convertirse en una verdad así carezca de realidad. 

Es decir que ese enemigo interno empieza a construir una narrativa en la que la violencia es culpa del Estado así el generador sea el mismo grupo antisistema, y con el tiempo esa construcción dialéctica puede calar en la población con múltiples posibles efectos, como reclutar militantes, propagación de su ideología o conseguir que la población se vuelva en contra del Estado al que pertenecen. 

Vale la pena aclarar que dicha construcción dialéctica y demagógica debe ser contrarrestada, o de lo contrario el Estado se somete a perder una guerra en el plano ideológico y del imaginario colectivo, lo que puede conllevar en un fracaso operacional. En pocas palabras, la comunicación se torna en un elemento intangible estratégico y táctico en las guerras y/o conflictos, y hoy más que nunca en el contexto de las sociedades de la información y las nuevas tecnologías. 

Pero todo parte de un hecho concreto, el cual es la identificación del enemigo, luego la definición de un mensaje enmarcado dentro de los valores nacionales que se desean propagar, y finalmente buscar la forma de llegarle a todos los públicos posibles con la finalidad de afectar al enemigo. Todo es cuestión de táctica y estrategia. 

En Colombia el panorama es complejo puesto que coexistimos con el enemigo interno (narcotráfico y grupos terroristas), con la amenaza externa (Venezuela), y con un sistema político dividido, ya que las tres ramas del poder no se ponen de acuerdo en quién es el enemigo, cuál es el tratamiento para ese enemigo, y mandan mensajes contradictorios entre ellos, por ejemplo, reconocer la amenaza del narcotráfico pero legalizar el consumo de psicoactivos. 

Cuando las tres ramas del poder no tienen armonía, fallamos en algo que se denomina proyecto de país, que se asemeja a un barco a la deriva sin norte ni destino. 

En un sistema presidencialista como el nuestro, es deber del Jefe de Estado convocar a las ramas del poder político para unificar la visión de país y así poder ser proactivo en la identificación de las amenazas y así diseñar la defensa y el contraataque, pero la profunda crisis social e ideológica por la que atravesamos, dificulta esta tarea, lo que nos deja en un estado de vulnerabilidad y polarización, que es aprovechado por el enemigo interno o sus seguidores. 

Además de eso, el actual Gobierno parece no encontrar una narrativa oficial ni aprovechar los canales disponibles para la propagación de esa visión de país, lo que explica parcialmente por qué un sector de la población civil se ha convertido en parte del problema de seguridad en vez de aportar a la solución. 

La tarea es ardua, pero si el enemigo ya está enquistado en la sociedad, resulta titánica, no obstante el Gobierno debe reconocer primero la importancia estratégica de las comunicaciones en esta guerra que se libra en el mundo de los imaginarios. 

Es indispensable la dirección, la capacidad de decisión, la tenacidad y gallardía para esta guerra inteligible, porque de ahí depende el apoyo popular para vencer de una vez por todas al enemigo interno. 

Acompañemos a nuestra Fuerza Pública en la derrota de los enemigos de la patria y seamos dignos de esos hombres y mujeres que día y noche sacrifican sus vidas por las nuestras. En la trinchera, la unidad es victoria. 

Acompañemos a nuestra Fuerza Pública en la derrota de los enemigos de la patria y seamos dignos de esos hombres y mujeres que día y noche sacrifican sus vidas por las nuestras. En la trinchera, la unidad es victoria. Clic para tuitear
César Augusto Betancourt Restrepo
Acerca de César Augusto Betancourt Restrepo 45 Articles
Soy Profesional en Comunicación y Relaciones Corporativas, Máster en Comunicación Política y Empresarial. Cordovista hasta los tuétanos, ciclista amateur enamorado de Medellín y admirador de Oscar Wilde, Freddy Mercury y Salvador Dalí. Escribo con alma, vida y sombrero. #DogLover #MejorEnBici