Había que decirlo

Andrés Rosales U.

Había que decirlo

@ARosalesU

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¿Contra quién iba dirigida la diatriba del presidente del senado Ernesto Macías el 7 de agosto pasado? ¿Contra algún funcionario que de buena fe cometió un error en ejercicio de sus funciones? ¿Contra un opositor con el que tiene rencillas personales? No, iba dirigida contra Juan Manuel Santos, el hombre que durante ocho años se dedicó a mentir de la manera más descarada y que entrega un país arruinado, dividido y con una izquierda más fuerte que nunca. El individuo que hizo de la traición y la trampa su norma, que fomentó la corrupción y la lucha armada, y que tuvo de su parte a los medios de comunicación, a la justicia y a los organismos de control.

Salió una cantidad de gente a quejarse por el discurso de Macías y por el aviso de página entera, publicado el mismo día, en que el Centro Democrático resumió la desastrosa obra de gobierno de Santos. Contrariamente a lo que se pudiera pensar, los alegatos no se dirigían a refutar la veracidad del texto de Macías. Se quejaron porque consideraron una “falta de modales “haberlo leído en la ceremonia de posesión y “delante de la comunidad internacional”. La verdad es que el país ya se había acostumbrado a la farsa cotidiana del gobierno, secundado por la gran mayoría de la prensa, a la que tenía sobornada con cuantiosísimos recursos del presupuesto. Tal vez esa falta de costumbre de llamar las cosas por su nombre, y la lealtad de la prensa con su antiguo corruptor hayan contribuido al clima de supuesta indignación que generaron en algunos el discurso y el aviso.

Sentar el precedente haciendo un corte de cuentas era muy importante no solo para reivindicar a verdad, sino para evitar que la gestión de Santos termine entremezclada con la de su sucesor. Clic para tuitear

Sentar el precedente haciendo un corte de cuentas era muy importante no solo para reivindicar a verdad, sino para evitar que la gestión de Santos termine entremezclada con la de su sucesor.

De todos es sabido que Santos es un tramposo, un pérfido redomado. Por ese consabido estilo, siempre nos preguntamos cuanta basura dejaría escondida bajo la alfombra. Y la respuesta llegó muy rápidamente, porque menos de 24 horas después de terminado el gobierno apareció la primera sorpresa: el reconocimiento de Palestina como estado libre e independiente. Amangualado con su canciller, tres días antes de retirarse del poder hizo el reconocimiento a hurtadillas, después de que, hace muy poco, repitiera lo que muchas veces: que no aceptaría presiones para reconocer a Palestina, ya que, él siempre lo había dicho, eso debía ser producto  de un acuerdo de paz con Israel. Santos además nombró varios cónsules unos pocos días antes de finalizar su gobierno. ¿Cuántas sorpresas más como estas faltarán? Seguramente   muchas y de toda índole. Por maniobras de este tipo,  que revelan tan claramente su estilo, a Santos había que desenmascararlo. Aunque de  seguro eso le importe un rábano. Siempre frívolo, su única preocupación una vez dejado el poder era  “irse para Anapoima”. No hay que olvidar que en  esa zona  Santos tiene su finca, y que a ella   se llega por una  vía  casualmente ampliada a un costo de unos 300 millones de dólares,  y que, más casualmente, a diferencia de la gran mayoría de vías intervenidas por el gobierno, este dejó completamente lista.

Santos además nombró varios cónsules unos pocos días antes de finalizar su gobierno. ¿Cuántas sorpresas más como estas faltarán? Seguramente muchas y de toda índole. Clic para tuitear

Mientras sale toda la basura escondida, al nuevo gobierno no le queda más alternativa  que empezar cuanto antes a recoger la que se ve. Y ya lo está haciendo, sufriendo desde bien temprano el desgaste por  desiciones impopulares. Por lo pronto  van dos: el alza de  tarifas de energía en la costa y el aumento del número de ciudadanos obligados a declarar renta. Ambas son impopulares, pero al menos es seguro que el dinero que con ambas se recaude no se gastará a raudales en publicidad inútil o comprando aviones para la primera dama.

Aunque es entendible que no haya más alternativa que comenzar de esa manera a gastar el capital político del nuevo gobierno, nadie ha sabido explicar por qué con otras desiciones ha empezado a malgastarlo, como  cuando en forma desconcertante e innecesaria se empeña en ratificar a funcionarios del gobierno anterior. De todo lo malo de una decisión de esa índole  quizá lo peor  sea  que un  mandato recién estrenado  empiece a socavar su autoridad cogobernando con miembros  del gobierno al que se opuso radicalmente. Que fue que trabajaron en el BID, dicen. ¿Y eso qué importa? 4 años son muy poco y lo que viene de aquí en adelante es un camino cuesta arriba como para andar malbaratando tiempo y energías en desiciones  incoherentes.

 

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