Hace un año comenzó este reto: ser columnista. Por Luis Miguel Cotes Habeych Clic para tuitear

Hace un año exactamente, acepté la invitación que me hicieron para escribir, semanalmente, unas columnas que recogieran lo que pasaba en Santa Marta y el Magdalena en ámbitos como el de la política, la sociedad y la economía. Todo empezó como un reto que implicaba muchas cosas.

No me avergüenza reconocerles que asumí esta actividad con algo de susto pero con el compromiso de no decepcionar a quienes comparten mis puntos de vista y ofrecerles una segunda mirada a mis detractores así nunca lo reconocieran y me convirtiera en objeto de sus diatribas.

Desde entonces, he escrito 50 columnas, plasmando mi enfoque de las cosas en 18.650 palabras; siempre guiado por la idea de servir como ‘alerta temprana’, denunciante de actos que van en contra de la ley y documentador de los hechos que constituyeran riesgo para la gente.

No he pretendido ser ‘moneda de oro’ para que mis apuntes sean del agrado de todo el mundo. Sabía que al usar un espacio público de opinión, abría la puerta para que se cuestionara mi forma de concebir las cosas. No soy el dueño de la verdad pero no me cansaré de buscarla.

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Las críticas que me han hecho a lo largo de estos 365 días, se convirtieron en el mejor aprendizaje que podía recibir como ‘opinador novato’. Me las pueden seguir haciendo, siempre y cuando, sean en el marco de respetar que nuestras ideas pueden estar en orillas diferentes.

Me quito el sombrero ante quienes han desarrollado, con mucha calidad, el ejercicio intelectual de ser ‘faro orientador’ de la ciudadanía, entendiendo que todos los pensamientos no coinciden, mucho menos en una sociedad, que como la nuestra, avanza en direcciones contrapuestas.

Escribir fundamentalmente sobre Santa Marta y el Magdalena podría considerarse reduccionista pero es necesario. Lo que sucede en nuestra capital y en nuestros municipios, debe contarse. El territorio requiere muchas voces. La mía es una con la que se puede coincidir o disentir.

No me creo un columnista consagrado. Me mantengo en constante aprendizaje porque como lo plasmé en aquella primera columna publicada el 30 de septiembre del año pasado, en el Magdalena estamos en nuestras horas más oscuras y es nuestro deber combatir esas peligrosas tinieblas.

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