Juan Real. In memoriam

Francisco Bernate Ochoa

@fbernate 

Juan Real. In memoriam Columna de Francisco Bernate Ochoa. Clic para tuitear

El pasado domingo, a eso de las 3:30 de la tarde el enorme corazón de Juan Carlos Cárdenas Alzate dejo de latir, y la muerte lo encontró acostado en su apartamento, en paz, y, como lo venia diciendo en estas semanas, lleno de vitalidad. Juan Real, sigue vivo en Twitter como lo demuestran la cantidad de expresiones de aprecio y gratitud hacia un ser excepcional.
Juan Carlos estudió en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario, donde lo conocíamos con el sobrenombre de flash. A hoy no sé por qué tenia este remoquete, pero ahora que se supo de su deceso sus compañeros lo identificaban más fácil como flash, que como Juan Cárdenas, que era el nombre que utilizaba en sus asuntos personales y profesionales, firmando siempre con una pluma Faber Castell, que, decía, era la que traía la suerte.
Cuando se graduó trabajó un tiempo en la Sala de Familia del Tribunal Superior de Bogotá DC, donde su padre había fungido como Magistrado. Posteriormente, se dedicó a litigar por su cuenta en asuntos de familia y penales.
Pero a Juan no le apasionaba asistir a las audiencias, o presentar memoriales, lo que realmente lo movía era sentir que estaba ayudando a los demás. Su verdadera pasión fue siempre la de brindar ayuda y apoyo a los que más lo necesitaban. Decía que por cada proceso que recibía y en el que percibía ingresos, tenia que cumplir con la cuota de apoyar a otros, y buscaba a quien ayudarle ya fuera llevándole algún proceso o recogiendo fondos para comprar medicamentos, ropa o regalos para quienes lo necesitaban.
Tenía una empatía y una facilidad para hacerse querer única, en menos de nada se hacía amigo de todo el mundo, y por eso conocía todos los recovecos de Bogotá, y sabia donde conseguir lo que fuera que se necesitara. A Juan lo quería todo el mundo y discutir con él era imposible. En sus cosas, parecía un niño chiquito, que hacía todo tipo de travesuras que lo estresaban mucho y que normalmente salía yo a resolver.
En Twitter conoció muchísimas personas, tendió puentes sumamente fuertes, con seres a los que nunca vio en persona. Tenia la capacidad de trinar por horas y horas, de enterarse de los chismes de todo el mundo, y de hablar con cientos de personas, lo que le permitió ayudar a muchos, tramitar asuntos importantes con sus contactos en esta red social, o a sobrellevar sus dificultades, pues tenía una capacidad única para oír, aconsejar, y sacarle siempre el lado bueno a cada situación. De vez en cuando se enganchaba también en discusiones, normalmente por asuntos políticos, pero el escenario del descrédito o del insulto no era propiamente el suyo. Esta cercanía, la dulzura de su personalidad, su buen humor, seguramente es lo que explica que cantidades increíbles de personas hoy lo lloran aun sin haber estrechado su mano.
Cada vez más frecuentemente personas me consultaban si Juan Real existía, como era, si era alto, flaco, gordo, pues siempre fue muy cauteloso de exponer su imagen o la de su familia en esta red social. Esa era otra de las paradojas de Juan, que mientras en Twitter era atrevido, locuaz, en lo personal era muy tímido y siempre evitaba asistir a reuniones sociales.
La vida me regaló a Juanqui en la universidad, donde departíamos muy poco, pero nos reencontró en el año 2003, en Villa de Leyva cuando resultamos en el mismo hotel cada uno con su novia de la época, quienes a su vez eran mejores amigas entre sí. En esa época, no existía el furor de las redes sociales, y nos limitábamos a saludarnos de vez en cuando si nos cruzábamos por la calle, pero fue en Twitter hace ya algunos años cuando me comentó que tras la cuenta Juan Real estaba Don Juan Carlos Cárdenas Alzate y desde ese entonces nació una amistad que atesoro entrañablemente, nos llamábamos a diario, nos veíamos casi todos los días, nos contábamos todo, pasábamos las horas juntos contando chismes, especulando sobre la política nacional, y apoyándonos en todo.
Juan Real fue la cuenta favorita de muchos de nosotros, que encontramos una compañía en las noches de los viernes cuando ponía música y contaba sus anécdotas, fue un espacio también para ayudar a quienes estaban en dificultades, para entender que la soledad existe, y que en ese espacio podíamos hacernos compañía. A veces ponía trinos inadecuados y en varias ocasiones le suspendieron la cuenta, o en otras el decidía retirarse para luego volver porque allí estábamos muchas de las personas que más lo quisimos y disfrutamos de sus ocurrencias. Justo es decir, que así como todos quisimos a Juan Real, él también quería muchísimo a su familia de Twitter, como lo decía una y otra vez, y repitió en uno de sus últimos trinos en esta red social. También allí, encontró personas maravillosas, que le regalaron muchísimo afecto, lo hicieron reír, y también llorar.
Cierta era su fascinación por las empanadas, no recuerdo una conversación con él sin que cada que pasara una mujer me preguntara “¿le harías?” y su lugar preferido era Unicentro. Las reuniones de trabajo siempre las citaba en la bolera donde pasaba horas y horas, y le encantaba la ropa de Lucania, en especial las medias de colores extravagantes y las corbatas tejidas, aunque de un tiempo para acá decía que quería verse más juvenil y ahora las compraba en soloio. Siempre le tenía pavor a la vejez, pues además lo aquejaban la tensión y los cálculos renales, para lo que siempre consultaba a un médico amigo en Twitter y con eso bastaba.
Juanqui fue el mejor amigo que la vida pueda regalarle a cualquiera. Siempre estaba dispuesto a llegar donde fuera, a la hora que fuera, a oír horas y horas de problemas y aconsejar, a provocar una sonrisa. Estaba dispuesto, como amigo a hacer lo que fuera, como una vez que un domingo hace ya unos años apareció a las 8 de la mañana para salir a buscar una botella de aguardiente en medio de la ciclovia. Conocía muchísimas personas, y a todas les tenia un apodo, ha sido muy difícil concretar los nombres de las personas a quienes debo llamar para contarles esta noticia, pues me encuentro con que no conozco su nombre, sino sólo su apodo, el flaco, el grone, la doctora, el coro, el Bulgaro, el viejito, y así sucesivamente.
De Juan Carlos todos sabemos que era abogado, especialista en asuntos penales y de familia, padre amoroso y orgulloso de quien llamaba el grosso, asiduo tuitero, uribisita, hincha de millonarios, apasionado por el fútbol y la música, enamoradizo, poeta, lector, culto, creyente, rezandero, dicharachero, y sin dudas, alguien que vivió la vida a plenitud y que nos dejó a todos muchas enseñanzas, y, sobretodo, muchas oportunidades.
Descansa en paz Juanqui, vuela tan alto como puedas. Gracias por todo.

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