La experiencia y el reconocimiento de la corrupción

Armando Barona Mesa

@BaronaMesa

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Un amigo, con mala intención, se refería a mi trajín pasado por el Congreso y lo que llama la “clase política”. Sí, es cierto que durante mucho tiempo anduve prestándole un servicio a la democracia. Eran años jóvenes e ilusiones abiertas. Pero nunca fui parte de la clase política ni estuve metido en ningún pequeño  -menos grande- escándalo. Mi vida es conocida en el Valle del Cauca y jamás, ni siquiera por los émulos, alguien me señaló como un político inescrupuloso o utilitarista. Eso, pues, me da autoridad hoy para hacer, con un criterio objetivo y sin odios, aunque sí con énfasis, los análisis que de vez en cuando hago en relación con la vida nacional. Con la advertencia además de que no busco nada para mí y lo que aplico es la norma de la experiencia y el conocimiento del derecho, en el que mayormente ha transcurrido mi vida.

 Sí, un impulso interior me lleva a rechazar públicamente la impostura, la mala fe, el populismo, el comunismo a ultranza (las razones son simples: no es más que ver y sentir el dolor de Venezuela y de Nicaragua). Soy un liberal progresista. Siempre lo he sido y lo seré. Pero me asiste la buena fe antes que todo.

Con la advertencia además de que no busco nada para mí y lo que aplico es la norma de la experiencia y el conocimiento del derecho, en el que mayormente ha transcurrido mi vida. Clic para tuitear

Por ejemplo, no puedo menos que sentir que se me revuelven las vísceras cuando oigo al señor Petro dar unas explicaciones, tardías como lo reconoce él mismo, sobre el video donde se lo ve contando los grandes fajos de billetes, y de explicaciones inelegantes, sin caballerosidad alguna ni razón en contra de la senadora Paloma Valencia. El país, sin embargo, no puede encontrar -ni él lo ha mencionado jugando a que a la gente se le olvida todo-, que cuando ese suceso bochornoso, grabado por el propio dueño de la casa, un tal Serna, fue éste mismo quien, en medio de la alegría que les produce el dinero, le agregaba como un estímulo adicional que “en ese otro negocio, tú estás Gustavo”. Así, por supuesto, hablan los corruptos, los de los grandes fajos y los de los contratos en el abominable juego de los negocios sucios.

Ah, pero es que no es más que recordar cómo, siendo alcalde de Bogotá este patrono -¿se diría santo?- de los pobres, su vocero y abanderado, hizo una importación para el aseo de la ciudad de todas las chatarras de viejos carros de aseo que llegaron a aquella ciudad vergonzosamente, cayéndose a pedazos, mientras los dineros públicos se escapaban por el aire, aunque seguramente, si se ve que el gran patrimonio del profeta ha crecido y crecido como la audiencia de Zalamea, aterrizarían en alguna parte donde los pudiera apañar él. Apóstol por supuesto de la honradez, a pesar de los fajos de dinero.

Sí, es bien difícil para mí, que conozco el interior de la Bestia, no decir nada y guardar un silencio cómplice, como tantos otros silencios.

Se va a elegir, muy seguramente alcalde de Bogotá a una vedette del improperio y de la lengua suelta.  Ella llegó con su bagaje de injurias, ignorante de todo menos de las ambiciones y se acomodó. Desde luego que hábil en el juego, con su compañera se idearon dizque una consulta popular para acabar con la corrupción en Colombia, abogando por lugares comunes y reproduciendo con ignorancia y mala fe leyes que ya existían y que de nada habían servido. Y se gastó del patrimonio nacional una suma estruendosa. Pero a pesar de la inutilidad e ignorancia de tan costoso desastre, los medios la elevaron al procerato a ella y a su compañera. Y ahora cobra ese estropicio con la alcaldía haciéndose elegir con el concurso de su carnal Petro. Mas es fácil preguntarse ¿hay buena fe acaso en estas costosas imposturas?

No, no se puede estar de acuerdo con este conjunto de sucesos que saben alimentar estos personajes emergentes con un odio contra un presidente honrado y joven, Iván Duque, y contra un líder al que han calumniado y hecho odiar con su mismo odio patológico y corrupto. Porque cómo olvidar que el señor Iván Cepeda iba de cárcel en cárcel en Colombia y en Estados Unidos tratando de convencer a prisioneros de que declararan en contra de ese personaje objeto de sus bajas pasiones, pero al que la gran mayoría del país reconoce en su patriotismo. Me refiero al señor expresidente Álvaro Uribe Vélez. Es, en verdad, un grave delito tratar de torcer testimonios como lo ha hecho Cepeda. Pero nada ha pasado contra ese sucio proceder, en una Corte dividida y parcializada en la que ha brillado el Cartel de la Toga y de la infamia.

 Ahora se inventa una teoría falsa el Consejo de Estado declarando la pérdida de la investidura de alias Iván Márquez porque en el acto administrativo complejo de la elección y el deber de posesión discurrió un largo tiempo sin que ésta ocurriera. Pero al señor alias Santrich le conservaron una investidura sosteniendo que su no posesión obedecía a una “fuerza mayor”, que era su estado de prisión por las fechorías que ahora se resisten a aceptar contra toda la opinión de la gente honrada de este país, que aún son las grandes mayorías. Un derecho honrado -qué triste tener que escribir esto- debe entender que la fuerza mayor como excusa para no extinguir un derecho tiene que obedecer a una causa justa –una enfermedad, una ausencia del país-. Pero no al crimen apabullante cometido por el desvergonzado y cínico narcotraficante. Así lo hayan liberado para vergüenza de la historia colombiana.

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Bueno, estas cosas hay que decirlas y escribirlas para que el ciudadano del silencio pueda pensar bien y con conocimiento de causa. Hay un deber superior de la gente honesta: Desenmascarar al torcido.

Armando Barona Mesa
Acerca de Armando Barona Mesa 12 Articles
Abogado de la Universidad del Cauca, historiador, periodista de opinión, ensayista y poeta. Senador de la República y embajador en Polonia, en las Naciones Unidas y en varios foros mundiales. En la actualidad, Vicepresidente de la Academia de Historia del Valle del Cauca y columnista de la revistas Épocas y Cali-Viva.