La Maldición de los Malditos Vándalos

Armando Barona Mesa

Armando Barona M.

Sienten orgullo de llamarse vándalos, y matan y hieren, y disparan armas de fuego y vuelven la ciudad invivible en preparación del advenimiento de una revolución comunista. Clic para tuitear

Armando Barona M.
La policía o gendarmería, fue un invento social inmemorial. Los griegos y los romanos ya la tenían. Y no eran militares ni hacían despliegues de armas. Hace dos mil quinientos años solo portaban un signo de autoridad. Los romanos llevaban una pequeña hacha engastada en una vara larga  rodeada de otras varas delgadas que iban bien amarradas al eje central, dando un cuerpo de un diámetro de quince centímetros. Ese era el fascio. Pasados los años en Inglaterra tenían un uniforme y un pito con el que llamaban a otros agentes en caso de necesidad. Digamos que era la cultura de la gente la que aceptaba con respeto esa autoridad.
Y de hecho, nada es más necesario, en el estado de derecho que la fuerza policial que haga imponer el orden y proteja a las gentes. El derecho reclama imprescindiblemente el poder impositivo y fuerte del estado para hacerlo cumplir y acatar. Y es un cuerpo civil, así la ignorancia de la señora alcaldesa de Bogotá proclame ahora con insustancialidad que la reforma debe llegar a esa condición. Puede tener una organización militar para bien, mas, sin duda alguna, son civiles.
El policía, pues, hace parte de una institución impresindible, pero… debe ser respetable y jamás abusar de la autoridad. Donde se exceda estaremos en un estado autoritario y policivo, similar a lo que usaba Stalin y hoy en día el odioso señor Maduro con delincuentes violentos integrando lo que él llama los “colectivos”. Son matones. En Colombia hubo una policía chulavita asesina que perseguía a los miembros de un partido político mayoritario y les daba muerte.
O sea que los dos policías del caso de Javier Ordóñez no cumplieron una función policiva propiamente dicha, sino que soltaron la fiera criminal interior de sus bajos instintos y deliberadamente mataron con sevicia a este pobre señor, que bien podría haber estado embriagado, pero que era un ciudadano al que debían proteger en su elemento más sagrado, que era la vida. Nadie más que ellos, los dos policías, lo atacó. Los videos son una prueba irrefutable en los que se ven los golpes brutales que a pesar de los sonidos desgarradores del dolor y la súplica de “no más por Dios”, los incentibaban para dar con mayor contundencia con sus bolillos y manos y para las descargas Tasser que aturden y hieren profundo, así sea aparentemente de modo transitorio.
Sencillamente lo mataron y podía notarse la satisfacción que les producían los actos sucesivos de la tortura y la muerte que llegaba obligatoriamente. Y la sintieron arribar sin detenerse en la insania.
Sí, con el conocimiento del derecho y del delincuente que tengo adquirido durante más de cincuenta años de ejercicio y estudio del delito, distingo allí como lo debe hacer cualquier juez, el acto delictivo deliberado, no preterintencional como lo dijo alguien, sino directo y agravado con varias causales, la primera de ellas es el estado de indefensión de la víctima y el ataque plural y conjunto de quienes debían proteger a ese ciudadano.
Pero este, como no escapa a nadie, es un asunto común de conocimiento de la Fiscalía y la justicia ordinaria y lo más seguro es que serán condenados.
Ahora, en cuanto a las reacciones de rechazo de la gente, la protesta es válida constitucionalmente. Pero no vamos tan rápido. El derecho de cada uno llega hasta donde se inicia el derecho de los demás. Que se exprese un sentimiento de rechazo a la acción de unos policías es ciertamente un derecho, pero el mismo no alcanza para llegar a lastimar el de las personas que tuvieron que marchar a pie a unas distancias impiadosas en el frío bogotano. Mucho menos a destruir el patrimonio  público del transporte distrital, los buses articulados y a irrumpir en el comercio grande y pequeño para saquear y destruir lo que no se podían llevar. Los que a eso se dedicaron, sin duda alguna son terroristas avezados, organizados y con experiencia lamentablemente ya conocida.
Sienten orgullo de llamarse “vándalos”, y matan y hieren, y disparan armas de fuego y estallan explosivos y vuelven la ciudad invivible en preparación del advenimiento de una revolución comunista conocida como el “socialismo siglo XXI”.
Esos no son dolientes ni solidarios con la familia Ordóñez que no quiere, como lo han expresado con claridad, las infamias criminales vandálicas. Esos vándalos pues, son más criminales que los dos policías que dieron origen aparente a las protestas. Porque pertenecen, como se denuncia en la prensa de hoy, a la Juco -juventud comunista-, a las llamadas Juventudes del M-19, al ELN, y a las disidencias de las Farc, entre las cuales figura la de Iván Márquez y Santrich. Y porque están recibiendo financiaciones internacionales para instaurar un sistema oprobioso contra la democracia. !Mucho cuidado!
Yo oigo a algunos despistados defendiendo a los vándalos, como jóvenes idealistas y soñadores.  Vaya, vaya. El que así piense y los favorezca, bien es un idiota útil -como los llamaba con cierto desprecio Lenin- o un despistado, o alguien de lo mismo.! Mucho cuidado!, porque este país, a pesar de ellos, tiene derecho a la paz y debe volver a conquistarla todos los días. Cueste lo que cueste.
Armando Barona Mesa
Acerca de Armando Barona Mesa 29 Articles
Abogado de la Universidad del Cauca, historiador, periodista de opinión, ensayista y poeta. Senador de la República y embajador en Polonia, en las Naciones Unidas y en varios foros mundiales. En la actualidad, Vicepresidente de la Academia de Historia del Valle del Cauca y columnista de la revistas Épocas y Cali-Viva.