Colombiano, ojo con el discurso que le echan y con los conceptos que le tiran con tanto entusiasmo, que pueden estar vacíos, o lo que es peor, llenos, pero de mierda. Clic para tuitear

 

Ha sido traída a mi atención la forma como los políticos e intelectuales de la nueva izquierda latinoamericana, ahora autodenominada progresista, han implementado una estrategia tan eficiente como peligrosa, por lo que creo importante hablar de ella, pues solo conociendo al enemigo se lo puede vencer. Me refiero a la de la abstracción y relativización de los conceptos. En una palabra, su subjetivización.

Es curioso ver cómo todas las contiendas electorales del último lustro en los países del cono sur han tenido precisamente ese común denominador. Pero traduzcamos esto; pongámoslo en términos entendibles, para después dar un par de ejemplos.

Se empieza por sustraer el significado a cualquier concepto (evidentemente, de aquellos que les interesan o convienen), es decir, por vaciarlo de su contenido. A esto me refiero con abstracción. Y como un recipiente que inicialmente tenía, digamos, agua, una vez vacío puede llenarse con lo que a uno se le antoje. Gaseosa, jugo, café, té, alcohol, etcétera. A esto le llamo relativización.

Una vez se ha adelantado este proceso, el concepto es simplemente lo que ellos deseen que sea, con lo que hayan querido llenarlo, el nuevo contenido. Incluso puede llegar a tener diversos significados, pues el contenido se puede volver a vaciar para llenarlo con otro, según convenga. Esto, en últimas, es la subjetivización.

Déjenme ilustrar el asunto con el ejemplo del matrimonio, que resulta muy útil. Tradicionalmente, el matrimonio era asociado a la unión formal, estable y permanente de un hombre con una mujer, eminentemente con fines reproductivos o de procreación. Sin embargo, actualmente no se puede decir que esa sea la definición de matrimonio, pues ¿dónde quedarían entonces los hombres y mujeres que se unen en matrimonio porque desean compartir sus vidas y apoyarse mutuamente, pero no desean tener hijos? Así que ya hoy se ha excluido del concepto la finalidad de procreación, al menos como principal.
Hoy, como es bien sabido, también se admite como matrimonio la unión de personas del mismo sexo, por lo que la idea de matrimonio ha variado otra vez, excluyendo otro de los elementos que antes le eran inherentes, como era la dualidad sexual. Pero esto no es todo. Ojalá lo fuera. Desde hace un tiempo ha empezado a aceptarse que dentro de la definición de matrimonio quepa, por ejemplo, la unión de personas con animales. Basta consultar las noticias que se producen desde hace más o menos unos 15 años, para encontrar que en 2006 un granjero pidió en matrimonio a una vaca, caso que curiosamente se repitió en 2021, cuando esta vez fue una mujer quien pidió a una vaca que fuera su esposa. Se tiene entonces que de la noción de matrimonio también se ha dejado de lado el elemento exclusivamente humano, pues la unión ya no debe ser necesariamente entre dos personas.

Pero tampoco acaba ahí. Aunque parecen chiste, son reales los casos de matrimonio entre una persona y una cosa. En 2014 se conoció el extraño caso de una mujer que contrajo nupcias con un puente, en 2017 el de la mujer que lo hizo con una estación de tren, en 2020 el del fisiculturista ruso que se casó con una muñeca, solo para después divorciarse, por haberse enamorado de un cenicero, entre muchísimos otros, cada cual más irrisorio. Ahora resulta que el concepto de matrimonio ya no necesariamente implica la unión entre dos seres vivos, sino que puede ser entre una persona y un objeto inerte.

Pero si pensaban que hasta ahí había llegado la cosa, que ya no se podía llegar más lejos, se equivocaron, pues ahora hay quienes se casan con conceptos, con meras ideas, como Kitten Kay Sera, que se casó en Las Vegas en 2021 con el color rosa. Sí, se casó con un color. No con un objeto de color rosa, sino con el color rosa como concepto, como idea. Como puede verse, ahora la idea de matrimonio ni siquiera exige que se trate de la unión de una persona con alguien, o con algo, que haga parte del plano material y tangible.

¡Pero aún hay más! Resulta que en 2021 la modelo brasileña Cris Galêra decidió casarse CON ELLA MISMA. Tristemente, su relación no funcionó, pues a los 90 días decidió divorciarse DE ELLA MISMA, por haber conocido a otra persona. Así, llegamos a un punto donde la noción de matrimonio ya ni siquiera exige la existencia de una unión con otro ser, que es lo mismo que decir que el concepto de dualidad, de pareja, ha dejado de hacer parte de la definición de matrimonio.

Todo esto puede parecer un chiste, y admito que me he reído bastante al escribirlo, pero en realidad no lo es. Es serio y muy peligroso. Es una clara muestra de cómo se deconstruye un concepto, de cómo se lo vacía de su contenido, esto es, se lo abstrae, para luego llenarlo con lo que se quiere, es decir, se lo relativiza, para finalmente hacer que el concepto abarque tanto que al mismo tiempo no signifique ya nada. Hoy, gracias al proceso que he descrito, matrimonio es lo que cada uno quiera que sea. Es un concepto subjetivo.

Esto aún está dentro de la esfera de las llamadas bodas simbólicas, pero precisamente por ahí se empieza. La cultura muta primero y luego transforma la política, las instituciones y el derecho (no necesariamente en el mismo orden siempre).

Otro gran ejemplo es el de la palabrita que tan de moda estuvo en 2018 y 2019 y que repitieron hasta el hartazgo desde el ala “progre”: La empatía. Entendida como el sentimiento de identificación con algo o alguien, la noción de empatía siempre resulta vaciada de su contenido y resignificada a conveniencia por la izquierda. Muestra de ello es su uso casi indiscriminado para reprochar cualquier conducta que consideran contraria a sus posturas ideológicas o a sus intereses, mientras pareciera que, al mismo tiempo, estuviera prohibido sentirla por algunas personas que han padecido las peores atrocidades, so pena de ser objeto de cancelación (sobre esta última práctica me encantaría hablar, pero creo que me extendería demasiado; tal vez en una próxima oportunidad). Para no ir más lejos, en el caso colombiano vemos que debe sentirse empatía hasta por los peces, identificados recientemente como seres sintientes por la Corte Constitucional, autoproclamada orgullosamente progresista, en una decisión aplaudida por todos los mamertos, pero pareciera no haber empatía para las víctimas del reclutamiento forzado por las FARC.

Hoy los “progres” deciden por quién o respecto de qué se puede y se debe sentir empatía y sobre quién no, al punto en que acusan de falto de ella a quien se oponga, por ejemplo, a una política de perdón “social” (guiño guiño) a los condenados por corrupción, o como justo hoy lo dijo Petro en plaza pública, a los mismísimos paramilitares.

Son los primeros en oponerse, esgrimiendo empatía y derechos humanos, a una legislación que aumente las penas para los delincuentes sexuales abusadores de menores, porque ¿Dónde quedan los derechos humanos de los delincuentes? Pero parece que la empatía no significa lo mismo a la hora de pensar en las víctimas de esos monstruosos personajes. Nuevamente, relativizan y subjetivizan el concepto.

El último, pero más importante ejemplo, pues es el más usado últimamente, es el del cambio. Claramente, nadie es ajeno a los problemas de tipo económico y social que aquejan a la humanidad, como tampoco es un secreto que en algunas regiones del globo esos problemas se han agudizado de una forma alarmante. Capitalizando hábilmente esta circunstancia, las campañas de izquierda se han apropiado del término y lo han hecho prácticamente su jingle. Así, vemos que, en sus campañas en Chile, Perú, Ecuador, Argentina, México, y cómo no, Colombia, los candidatos progresistas siempre le han presentado al electorado, casi como calcado, el siguiente dilema: ¿Vas a votar por seguir igual o vas a votar por el cambio? Así, se presentan como el cambio y a sus opositores como el continuismo, sin que importe la veracidad de esta afirmación.

Lo que nunca explican es el sentido del cambio. Porque cambio puede haber, mínimo, en dos sentidos. Y uno de ellos puede ser el del cambio para mal. Pero con la idea de cambio medio vacía, en abstracto (¿se dan cuenta de la táctica?), se puede llenar de lo que se quiera, como por ejemplo, de la idea del cambio en el campo tecnológico, en donde este siempre se asocia a lo positivo, al avance. Las máquinas y en general la tecnología, cuando cambian lo hacen para mejorar; los autos modernos son mejores que los antiguos, como también pasa con las computadoras, los celulares y en general con los aparatos. Pero es errado aplicar este criterio a la política, al derecho y al espectro cultural. Claramente, en estos no siempre el cambio es sinónimo de mejoría, ejemplos de lo cual se pueden encontrar a través de la historia en grandes cantidades, y curiosamente, la historia moderna nos muestra que los más nefastos han sido los cambios que implicaron un giro a la izquierda en lo político, en lo jurídico y en lo cultural.

Así que, colombiano, ojo con el discurso que le echan y con los conceptos que le tiran con tanto entusiasmo, que pueden estar vacíos, o lo que es peor, llenos, pero de mierda.

Carlos Jorge Collazos A.
Abogado | + posts

Carlos Jorge Collazos Alarcón, abogado, especialista y magíster en Derecho Administrativo, magíster en Responsabilidad Contractual, Extracontractual, Civil y del Estado, litigante y juez administrativo ad-hoc. Conservador en lo ético y liberal en lo económico.

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