La raíz del mal

Leonel Alzate Herrera

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Les propongo un 2021 donde el famoso #NiUnaMás, deje de ser un simple hashtag de redes sociales, y se nos convierta en un propósito. Pero en un mundo sin principios, sin valores, y lo que es peor, alejados de Dios… Clic para tuitear

 

Entre más aparecen detalles del crimen de la niña Sofía Cadavid, más me estremece la realidad. Aunque nos cueste creerlo, seguimos siendo un país que mata niños. Pero esa realidad para nosotros debe ir más allá del morbo amarillista que suelen despertar este tipo de tragedias. Ni más faltaba, enfrascarnos en los detalles y minucias de tan doloroso crimen. Hoy quiero referirme solo a la clase de sociedad en que nos hemos convertido, y muy en particular, a la raíz de un problema como la violencia infantil, de género, y otro tipo de conductas que nos involucran a todos, porque de una u otra forma todos dejamos aflorar nuestras frustraciones cada que se presentan estos tristes sucesos, pero al final poco o nada cambia.

Solo para mencionar algunos casos, hablemos de algunos de los más sonados; en Bogotá, Yuliana Samboni, en Armero, Sarita Salazar, en Fundación, Génesis Rúa, y esta semana en Rio Negro, Sofía Cadavid. Todos en su contexto, sucesos trágicos y dolorosos que han conmovido a un país donde cada vez que esto ocurre, la sociedad se llena de indignación, y sale a las redes sociales, o se vuelca a las calles a pedir justicia, penas más duras, etc.

Pero si hay algo que en verdad me repugna en medio de todo esto, es el papel de los medios de comunicación, que siempre encuentran en la tragedia una noticia que vende; y buscan a la mamá, al hermano o al tío de la víctima, pero solo para explotar su dolor a partir de morbo; ¿dónde fue? ¿Cómo fue? ¿a qué hora ocurrió? bla, bla, y bla, como buscando vender a la opinión pública una película de terror, no contando una noticia. Pero muy pocos se atreven a preguntarse por la raíz del mal, para evitar que estas tragedias se repitan en la sociedad.

Lo primero que tenemos que preguntarnos, si realmente queremos cambiar la historia, es dónde se originó esta hecatombe. ¿En qué momento comenzamos a llenarnos de monstruos violadores o asesinos, o los dos en unos solo, que acabaron incluso, legándole a Colombia es el estigma de ser un país que viola y mata mujeres y niños?

La respuesta está en nosotros mismos: En el momento en que nos ganó la soberbia, y empezamos a fallar como sociedad, hoy solo estamos recogiendo fruto de esa soberbia. Porque un día, queriendo ser superiores a las generaciones que nos antecedieron, inventamos que teníamos que cambiarlo todo porque, -según nosotros- éramos los padres perfectos, los que tenían hijos perfectos. Los que queríamos reescribir la historia. Nos creímos el cuento y sí, terminamos cambiando todo, pero de la forma equivocada.

Éramos tan perfectos que nos hicimos permisivos, y dejamos de lado nuestra tarea como padres, y la obligación implícita de poner normas y deberes a nuestros hijos, tal y como hicieron nuestros padres y abuelos. Y ya no quisimos ser padres, sino que inventamos el sofisma del “Yo quiero ser amigo de mi hijo”. ¡Vaya absurda y temeraria decisión! Comenzamos a sembrar en nuestros hijos una visión equivocada de la palabra libertad, y entonces ellos crecieron creyendo que tendrían para siempre un mundo perfecto, sin reglas, y sin valores…  En síntesis; les hicimos creer que les dejábamos un mundo donde podían hacer lo que les diera la gana.

Así fue, nos empeñamos en criar niños varones que no tendían una cama, mucho menos lavar un plato o cualquier cosa que implicara esfuerzo; porque ese trabajo se los dejamos a las niñas de la casa. Nos volvimos permisivos con niños que no respetaban a sus hermanas, a su mamá, a su profesora, en fin… No respetaban a nadie.  Fallamos también porque creímos que los hijos eran nuestros y no de Dios, que finalmente fue quien los puso a nuestra responsabilidad y cuidado, para formarlos y hacerlos buenos seres humanos.

Pues bien, esos hijos crecieron en medio de la anarquía, el machismo, y hasta el hedonismo, y gracias a eso hoy están perdidos; unos en las drogas, otros en el alcohol, otros en las inseguridades, en los miedos y la falta de carácter, y lo que es peor, algunos, a falta de esos valores, y ausentes de Dios, se volvieron tan monstruosamente dominantes y agresivos, que muchos terminaron en las cárceles, acusados de crímenes infames, entre otros el de Rosa Elvira Celis, el de Yuliana Samboni, o el de la misma Sofía Cadavid, una inocente víctima de su propio padre.

Otros de esos hijos no corrieron con tanta suerte; están en el cementerio. Víctimas casi todos, de sus malas decisiones. ¿Y saben por qué? Porque son el resultado de lo que nosotros como padres hicimos de ellos. Nos dedicamos a criar monstruos que, a falta de reglas y normas que cumplir, crecieron creyéndose superiores, y en ese camino destruyeron a muchos inocentes, y se destruyeron ellos mismos.

Lo que está pasando es algo que no lo vamos a cambiar de la noche a la mañana; eso solo se lo creen los psicólogos, o los psiquiatras, y espero me perdonen ellos si me atrevo a contradecirlos. Pero si bien no podemos remediar el presente, sí podemos, y tenemos la enorme responsabilidad de cambiar el futuro si queremos dejarle un mejor país a nuestros hijos y nietos.

Algunos lectores dirán que mi alegoría carece de fuerza porque pongo a Dios como punto de partida, y no hay tal. Usted puede creer o no en Dios, pero no me pueden negar que como sociedad hemos fallado. Que nos creímos la generación perfecta, y terminamos invirtiendo los valores.
El niño que crece sin reglas -y esto nada tiene que ver con religión- es un niño que desde ya está condenado al fracaso, y va a estrellarse tarde o temprano con el mundo real, y ojo, los violadores, o los asesinos de mujeres y de niños casi siempre se estrellan con ese mundo real cuando es demasiado tarde.

Y es nuestro deber entonces identificarlos, porque esos monstruos no vienen vestidos de villanos; están entre nosotros, son nuestros hijos, hermanos, primos, jefes, empleados, en fin… A esos monstruos los creamos nosotros mismos, por eso nos resulta tan difícil creer que lo sean.

Tratemos de ver el efecto, pero sin desconocer la causa. Les propongo un 2021 donde el famoso #NiUnaMás, deje de ser un simple hashtag de redes sociales, y se nos convierta en un propósito. Estamos a tiempo de corregir esta terrible realidad. Pero en un mundo sin principios, sin valores, y lo que es peor, alejados de Dios difícilmente lo vamos a lograr.

Una feliz navidad para todos.

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