La tía que nunca me dejó | Armando Barona Mesa Clic para tuitear

Cuando llegó mi hora de dar el pequeño grito de la vida, ella estaba al pie de mi madre. Suspiró y sonrió con una grata alegría. Tenía catorce años. Yo no la pude distinguir en esos momentos, pero siempre supe que ella estaba allí; y me vio al otro día y acudió a mi llanto, como que comprendía que así se iniciaba la existencia.

Lilia Mesa, después fue de Bedoya. Nos cargaba a mí y a mi hermana de un año. Y me atendió por siempre y me brindó su risa y me enseñó a luchar con esperanzas y optimismo, porque ella también luchó por la vida y fue optimista y fecunda. Ella era una luz y una esperanza.

Mi padre adquirió una pequeña biblioteca de los libros de caballería, con Amadís de Gaula, y ella leyó todos los libros y se deleitó con nombres y aventuras, como hiciera aquel Caballero de La Mancha. Todo lo hizo con fruición, especialmente porque en mí y en mi primera hermana encontraba el auditorio selecto de una fantasía que iniciaba el ensueño de las irrealidades. Tal vez porque a base de ellos se forja la lucha titánica y se da el enfrentamiento contra los monstruos que es preciso derrotar.

La tía tenía la ilusión de verme. Me contó las historias que leía y otras que iban llegando en la medida en que descubría los sucesos del destino. Un día advertí que ella, sin alardes, sabía lo que iba a pasar y cuando la veía, me revelaba como lo más natural el porvenir y apuntalaba sus predicciones en una cisterna inagotable de poesía real. Conocía el pasado, sabía del presente e intuía el porvenir.

De su matrimonio tuvo una hija. Y de su fantasía dos hijos, que fuimos mi hermana y yo. Disfrutamos diciembres y de su mano salían los platos tradicionales de la navidad y de sus labios la música de un destino que ella hacía dulce y grato.

Mas temprano le llegó la enfermedad. Yo sabía el resultado, porque ese es el resultado de todos los vivientes. Entonces me le acerqué conmovido y le dije que si quería, era mi deber llevarle un cura. Ella dijo que no lo necesitaba porque nunca le había hecho un mal a nadie.

Y me agregó con una paz interior: no he sido mala al contemplar la vida que ahora se me escapa. He hecho bien y a nadie hice llorar. Pero qué dicha morirse, me dijo de modo natural. Y se dio vuelta en la cama y se murió.

No obstante, nunca me dejó, porque siempre la he tenido, aun en los peores momentos, como el ángel que cubre mi débil existencia.

POEMA DE LA LUNA

Para Lilia Mesa de Bedoya, in memoriam

Tuve una tía que me vio nacer.
Sus ojos se pusieron en mis ojos.
Su sonrisa alumbró como la luna
y su mano guio mis trastabillantes
pasos que no tenían destino.

Ella me dio la fantasía de los viejos
libros de aventuras. Me endulzó con helados
y caramelos y me entregó su alma
como si fuera un hada matutina.

La tía con fantasía me enseñó a soñar
como el elefantito que no podía dormir.
Me mostró el camino feo de la existencia
y me enrutó hacia el sendero bueno
de no causar quebrantos.

Hoy la recuerdo como la luz y mi fantasía suspira.
Pero se que en la noche ella es como ninguna
porque sale en la punta de los sueños…como sale la luna.

Armando Barona Mesa
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Abogado, escritor, periodista, historiador, excongresista, exembajador

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