La tiranía de la opinión

Cristian David Gil Toro

Cristian David Gil Toro
Sumadas a la construcción de relatos que ejecuta la prensa tradicional en función del colectivismo internacional, existen amenazas a la libertad de expresión menos palpables, y más ligeras y cínicas. Clic para tuitear
Cristian David Gil Toro

El temor a la tiranía de la opinión ha sido ostensible en todos los pensadores de corte liberal, como fue el caso de John Stuart Mill. En su obra mas icónica: Sobre la libertad, expresó que para combatir la tiranía, no bastaba con resguardarse de las decisiones impuestas por los gobiernos –pues estos poseen el poder para infringir nuestras libertades a su acomodo–, sino que también correspondía tener cuidado con la tiranía de las opiniones y la prevalencia de los sentimientos y percepciones, y también oponerse rotundamente a la tendencia de la sociedad de imputar por medios distintos a las sanciones penales; una manera de contemplar las reglas de conducta que todos deberíamos acatar. Alexis de Tocqueville, por ejemplo, llamaba a este desafortunado evento la tiranía de la mayoría.

Por su parte, la Sra. Lucía Santa Cruz, autora del libro La igualdad liberal, y quien es además máster en Filosofía de la Universidad de Oxford y MA en Historia del London University; enfatiza que:

“El mundo occidental está amenazado por el predominio de ideas derivadas del posmodernismo que se tratan de imponer por medio de una presión social indebida.”

Conforme pasa el tiempo, el odio llega a niveles alarmantes en el periodismo latinoamericano, pues esto, muy sutil y disimuladamente, se está convirtiendo en una amenaza para el sano ejercicio de la libertad de expresión. Diversos periodistas y canales de comunicación yacen ante una ciudadanía que no les cree y que los juzga por sus malas acciones del hoy y del pasado, mientras entre ellos, la pelea por demostrar quien informa mejor o manifiesta el punto de vista más sensato, se recrudece con el paso del tiempo. Aunado a esto, el periodismo se enfrenta a una nueva estrategia de destrucción: desprestigiar como mecanismo de eliminación del escenario de la opinión.

Lo anterior se debe a que se está creando la idea errónea y estúpida de que para ser un “buen profesional de la opinión y el periodismo”, necesariamente se debe ser de izquierda. En Colombia, por ejemplo, se ha instalado en los centros de redacción, caso concreto, la Revista Semana y el diario El Espectador, el absurdo de que sólo son respetables los periodistas que son furibundamente anti-uribistas. Esto último resulta tener severas repercusiones en el ejercicio de la libertad de prensa, puesto que, ante ese requerimiento casi patológico de querer enviar a la horca a quienes no son así, aviva el Uribismo militante y cierra totalmente la posibilidad que se conozcan corrientes de pensamiento distintas al movimiento político en mención.

Si bien, los que somos defensores a ultranza del gobierno limitado, la protección a la propiedad privada y el libre mercado, entre otros, tenemos diferencias irreconciliables con el Uribismo, esto no implica que busquemos callar a quienes son afines a las ideas del expresidente colombiano. La mejor manera de que éstos se vuelquen hacia lo que conciben el liberalismo clásico y la derecha vieja, es a través de los hechos, no coartando su voz.

¡Peor aún! Los faros de la moral periodística colombiana desatan toda su ira contra todo aquel que ataca la puesta en marcha de los Acuerdos de La Habana. María Jimena Duzán, periodista colombiana que goza de gran trayectoria y reconocimiento, en esta columna del año 2018 se puso lanza en ristre contra el Ministro de Hacienda Alberto Carrasquilla; por considerar que el Proceso de Paz con las FARC no servía. También lo hizo recientemente con el Presidente Iván Duque, en donde dijo literalmente que éste “No lo va a hacer trizas, como lo prometió. Solo le bastará con dejar de hacer lo que debía haber hecho. Con ese frenazo, el acuerdo de paz queda condenado a una muerte lenta, inhumana y trágica”. En su última arremetida hubo puntos en los que ineludiblemente los hechos la respaldan, pero aún así, Duzán no debería considerarse una autoridad de la divulgación que establece verdades reveladas ¡Porque no es así y nunca lo va a ser! Por el contrario, le convendría domar su ego, y sus evidentes sentimientos de frustración y amargura.

En Colombia y el resto de Hispanoamérica, así como en prácticamente todo lo que conocemos como Occidente, la libertad de expresión se ve fuertemente coaccionada, ya no sólo por la mordaza del Estado, sino porque el rigor está en peligro por el sesgo; y por la censura colectivista que reclama para sí el monopolio de la verdad y de lo políticamente correcto.