Laureano Gómez: Uno en un Millón

Juan Camilo Vargas H.

Juan Camilo Vargas

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Juan Camilo Vargas

El nombre de Laureano Eleuterio Gómez Castro es uno de esos que suscita, irremediablemente, prevención o alegría en quien lo escucha. Amor u odio, beligerancia o calidez; la figura de Laureano no puede sino evocar sentimientos profundos y que no dan cabida a la tibieza: o se le ama con devoción, o se le odia con fervor. Así fue durante su vida y así se mantiene aún, décadas después de su fallecimiento. Para los que oyen nombrar al «ovejo» sólo puede haber dos epítetos atribuibles a su persona: «El Monstruo», uno que también se le atribuyó al restaurador monárquico español Antonio Cánovas del Castillo y que se utilizaba con un fin peyorativo, o «Dominador Político», como le llamaban sus amigos y admiradores. Más allá de identificar cuál sería el más apropiado al juzgar su obra y sus actuaciones, pretendo aquí dar un bosquejo de lo que ha sido uno de los hombres más descomunales e impropios de la historia política republicana nacional. 

Por las venas de Laureano corría sangre de origen santandereano, sangre de un pueblo que históricamente ha sido rebelde y feroz, forjado por la dificultad de su agreste geografía en la que los abismos y las montañas se unen para que sólo aquellos dispuestos a dominar la naturaleza puedan habitarla. Su vida fue reflejo de ese constante combate por someter a su voluntad cuanto se le presentaba como una dificultad, no titubeó para ser una estridente voz crítica de las aberraciones políticas y sociales de su tiempo, y desde su juventud se marcaba la senda que habría de recorrer. 

Con un grupo de amigos fundaron el periódico «La Unidad» y desde allí lanzaron los primeros dardos en contra de un conservatismo que se desmoronaba por la confrontación entre históricos y nacionalistas. No faltaron tampoco las críticas al liberalismo de entonces, y con sus columnas empezaba Laureano a enmarcarse entre las mejores plumas del país. A pesar de su juventud, fue uno de los más importantes detractores que forzaron al presidente Marco Fidel Suárez a abandonar el solio de Bolívar. Laureano, fruto de la educación jesuita, escolástico por naturaleza, no temblaba en sus catilinarias contra el académico presidente Suárez. 

Su siguiente tarea de importancia fue en el Ministerio de Obras Públicas, donde obró con rapidez en un asunto que llevaba años discutiéndose y del que la solución parecía lejana. Resulta que por aquel entonces el ferrocarril de Cundinamarca se hallaba inmerso en un lío curioso, de esos que sólo suceden por la providencia en Colombia. Los rieles que debían unir a Bogotá y a Girardot no encajaban al momento de finalizar la construcción. ¡Qué problema tan curioso! Es imposible no recordar lo sucedido recientemente con el famoso túnel en la línea. En todo caso, Laureano se fue a solucionar el problema y en tan sólo cuatro días, según unos historiadores, en una noche, según otros; el trayecto fue finalizado con los mismos tipos de rieles. 

Curioso es también que los dirigentes y «políticos» que más hacendosos han sido en sus administraciones son aquellos que han estudiado ciencias exactas y no humanidades. Laureano, en su condición de ingeniero, no fue la excepción y se comportó como un buen ejecutor. Esto no evitó que Laureano fuese un pensador y un intelectual que sobresale en la historia de la República, un excepcional hombre renacentista que esculpía, escribía, leía y ejecutaba. Desde crítico de poesía hasta tribuno del pueblo, el oficioso líder conservador no remilgaba cuando «de ponerse la camiseta» se trataba. Siempre ponía por encima la Patria y su vida reflejó una entrega incansable por procurar ejecutar una misión que él entendía como deber divino, más que como una obligación democrática. 

Laureano fue también uno de los pocos, me atrevo a decir que uno de dos únicos políticos auténticamente católicos que Colombia ha tenido. «El Monstruo» solía asistir a las barras del congreso cuando salía de sus clases en la Universidad Nacional, allí presenciaba los debates y las intervenciones del hombre que enarboló el pensamiento católico en la política colombiana durante el siglo XIX, don Miguel Antonio Caro. Laureano, fiel continuador de su legado y comprendiendo su obligación histórica con la fe, engendraba todas sus ideas a partir de los dogmas católicos y del tomismo que juiciosamente estudió. Cuando su hijo Álvaro le hablaba del filósofo Ortega y Gasset, Laureano no parecía hallarle valor a un racionalista tan intenso como el español. Laureano y Caro son dos personajes genuinamente antiliberales y enemigos del pandemónium que éste representa, el uno fiel defensor del carlismo y el otro admirador del Católico José Antonio, son la excepción a un conservatismo que hoy en día se ha convertido en un simple defensor del libre mercado y la propiedad privada. La justicia social, antes reivindicada por aquellos católicos que tanto aprendieron de la encíclica Rerum Novarum, hoy es una causa olvidada por sus defensores naturales. 

Todo esto no es más que un breve bosquejo de un hombre al que  a Colombia olvida y desestima, que quizá claudicó en principios por algo que él entendía como menester para la Patria en su momento, pero que a largo plazo fue la peor aberración: el Frente Nacional. 

Laureano Eleuterio Gómez Castro

Laureano, amigo de don Miguel de Unamuno, admirador de Primo de Rivera, profesor de Rojas Pinilla, lector de Santo Tomás, testigo de Hitler, seguidor de Gandhi; un hombre como pocos, sobre todo en Colombia y sobre todo en su momento histórico. El estudiar la historia política de Colombia sirve para demostrar cómo escasean los buenos hombres, los capaces de hacer tanto y con muy buenos resultados. Hemos tenido una política, en su mayor parte, abundante en personajes mediocres y medias tintas que sólo se unen cuando un provechoso botín amenaza con beneficiar sus intenciones. Sin embargo, en estas tierras colombianas en las que no hay fruto que no crezca, resulta sorprendente que para el ámbito político haya muy pocos personajes cuya obra y legado sean rescatables. 

Es posible que con los eventos que vivimos a diario, con la abominación mundial que parece cernirse sobre la civilización cristiana de occidente, los espíritus se templen y podamos cosechar una generación de valientes defensores de la verdad y de los valores inmortales sobre los que se creó nuestra nación hispánica. No es descabellado aventurarse y afirmar que al menos en los próximos 50 años podremos presenciar a un digno heredero del pensamiento católico que se halla huérfano en Colombia.

 

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Acerca de Juan Camilo Vargas 58 Articles
Joven santandereano de nacimiento, Huilense por adopción. Estudiante de Política e Historia en Hillsdale College, ubicado en Michigan, Estados Unidos. Ganador de las becas “Hillsdale Merit Scholarship”, “Weber International Private Enterprise Scholarship” y “Gogel Scholarship, Werner J & Mar”. Caballero Andante, poeta inquieto, enemigo de la corrección política y defensor de la tradición moral y las buenas costumbres. Haciendo Patria