Después de infinidad de estudios, miles de millones invertidos y un verdadero afluente de fracasos a lo largo de la historia, con la emisión del fallo del Consejo de Estado en el 2014, por lo menos, se logró que las 46 municipalidades dependientes del río se vieran obligadas por Ley a tomar medidas concretas con respecto a la contaminación que llevaban ocasionando por más de 100 años.
Sin embargo, como tristemente suele suceder en Colombia, dicha obligatoriedad no es correlativa al cumplimiento y mucho menos a la acción eficaz, sería y planificada sino más bien se presta para la chambonada apresurada, el robo del erario y las obras eternas y mal hechas.
Curiosamente y para colmo de la izquierda -que se ha hecho elegir a la alcaldía de Bogotá y pavonea desde los noventas la bandera y el discurso del medio ambiente- son ellos mismos los culpables de que el Río Bogotá siga siendo un cuerpo de agua muerto.
Las promesas de las diferentes campañas fueron como los desechos del río, ¡basura! La mala gestión impregnada inicialmente de derroche se puede remontar hasta 1906, pero sobresale más hacia 1990 con Caicedo Ferrer quien es el que inicia la seguidilla de alcaldes liberales y de izquierda (que a hoy continúan con el control de la ciudad) que prometieron mucho por el río pero hicieron poco o nada más que gastar equivocadamente el erario de los bogotanos.
Después llega “La Corrupción”, con L y C mayúscula, que inicia durante la alcaldía de Lucho Garzón, migra y florece con el corrupto de Samuel Moreno, se capitaliza en la Alcaldía ‘Humana’ de Petro y termina de enredarse con Peñalosa y López, quienes no con mucho éxito lidiaron y lidian con el desastre.
Solo explicando la corrupción que ha rodeado la construcción de las PTAR y el manejo ambiental en general del río, donde figuran los Moreno, Odebrecht y demás personajes daría para otra secuencia de columnas.
No obstante, creo que es importante analizar un problema aún peor y es la equivocada planificación.
Hoy en día Bogotá cuenta solamente con la PTAR Salitre, la cual ha sufrido todo tipo de problemas y hasta la luz de hoy el Acueducto no la ha podido recibir en su totalidad al contratista. Lo peor, aparte de tan solo procesar el 30% de las aguas residuales de la ciudad, una vez purificadas, son vertidas nuevamente para ser contaminadas vertiente abajo por otros afluentes que desembocan en el Río Bogotá.
Y sí, leyó bien. Limpiamos las aguas para ensuciarlas nuevamente. Ahora, esto sucede porque la PTAR Canoas que debe recepcionar el 70% de las aguas residuales de la ciudad y no contaminar las saneadas por Salitre, no existe y, además, parece estar a varios años de siquiera entrar en operación.

Pa´ la próxima: la característica mala planificación de nuestros mandatarios en el caso de la PTAR Canoas, las consecuencias de su ineptitud y el inimaginable costo ambiental que tendremos que asumir.

 

Limpiamos las aguas para ensuciarlas nuevamente. Ahora, esto sucede porque la PTAR Canoas que debe recepcionar el 70% de las aguas residuales de la ciudad y no contaminar las saneadas por Salitre, no existe. Clic para tuitear
Nicolás Gómez Arenas
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Politólogo y Comunicador de la Universidad de Arizona. Fundador de la Fundación Democracia & Libertad. Columnista y Comentarista en LHDV.