Gustavo Petro asumió la presidencia proclamando un decálogo sumamente ambiguo y pernicioso en medio de una multitud que lo aclamaba como si estuviera presenciando la segunda venida de Jesucristo. En sus casas, los que no se lamentaban por la crónica de una muerte anunciada, celebraban como si estuviesen viendo el nacimiento de la república.

Durante el último mes, Petro ha fungido como poeta, mesías, ingeniero de petróleos, científico y sobre todo, encantador de serpientes; que al son de una flauta de millo hace que sus cobras yergan sus cuerpos y bailen sin decoro. Y cuando alguien se atreve a interrumpir la melodía, alebrestadas, desnudan sus colmillos y se prestan a destilar los más exóticos y delirantes venenos.

Pero sólo fue hasta hace unas semanas que Gustavo el Grande logró acariciar la gloria con su epopéyico discurso ante la Naciones Unidas. No vaciló en invocar las maltrechas mariposas amarillas de García Márquez, que en sus retorcidas fábulas se tiñen de rojo; luego, siguió una sarta de incoherencias disfrazada de poesía que fue alabada por sus huestes y los sectores políticos más deleznables del país. Como era de esperarse, William Gustavo Wallace regresó triunfante a su republiqueta con las cabezas del imperialismo y el neoliberalismo insertadas en una estaca. No obstante, el pobre viejecito, sin nadita que comer y sin nadita que ponerse, ha sido víctima de los diabólicos ataques del consumismo y el derroche; el cambio y la austeridad no lograron salir con vida de los palatables discursos presidenciales y los volantes del Pacto Histórico. Petro hace parte, entonces, de un grupo extenso de políticos e intelectuales que, con amor rebosante, le besan una mejilla al capitalismo y le rasguñan la otra.

Sin embargo, no todo ha sido idílico en el precoz reinado celestial: algunos miembros del gabinete de eruditos han tenido minúsculos traspiés, y Gustavo, el demócrata intermitente, ha tenido ligeros problemas de impuntualidad; en parte, debido a una bronquitis aguda no obstructiva, enfermedad que lo atormenta desde hace años. Pero ésta no es la única afección que lo aqueja; el escogido padece de un cuadro severo de estatitis, una enfermedad sumamente contagiosa que destruye la capacidad de raciocinio. Entre los síntomas figuran los siguientes:

  • Ganas incontrolables de proteger la industria nacional
  • Desespero por redistribuir la riqueza
  • Fiebre intensa y delirios de dictador
    Odio exacerbado al libre mercado
  • Depresión e incremento compulsivo del gasto público
  • Antojos de violar la independencia de las instituciones
  • Ansias descomedidas por democratizar tierras y pensiones
  • Alucinaciones con la omnipresencia del neoliberalismo

Desgraciadamente, aún no le han encontrado cura. Se rumora que una dosis de economía básica podría prevenir el contagio de la enfermedad, pero hay quienes han estudiado la carrera completa y, sin embargo, la padecen. Según el Dane, hay alrededor de doce millones de colombianos que sufren de esta calamitosa patología; aunque se presume que la cifra podría ser mayor. Se espera que el Ministerio de Salud tome las medidas pertinentes.

Por fortuna, Petro, en su carácter de dios olímpico, no morirá a causa de la estatitis; pero puede que Colombia sí lo haga. Y cuando esto suceda él no asistirá al funeral; ni enviará, siquiera, un ramo de flores en señal de condolencias.

 

Por fortuna, Petro, en su carácter de dios olímpico, no morirá a causa de la estatitis; pero puede que Colombia sí lo haga. Clic para tuitear
Salomón Salazar De la Rosa
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Salomón Salazar De la Rosa - Estudiante de Periodismo y Administración de Empresas, columnista y coordinador local de Estudiantes por la Libertad.