Este 20 de julio, por lo visto, ¡cuántas luces encendidas! Qué armonioso se presenta el carnaval de la hipocresía para aquellos que no sufrirán amarguras en los próximos cuatro años de vida, para aquellos que disponen que jamás les faltará pan porque cobrarán del erario público. Ambulantes y disfrazados van, con sus trajes confeccionados de miseria y mentira, con sus signos políticos que ocultan su ruina moral, la cual han presentado atravesados por el sino de la miseria junto al lloro de los hijos de la patria sin paz ni alivio en el corazón y la esperanza. Hemos presenciado un culto catedralicio a la hipocresía de la política colombiana.

 

Con este acto, de entrada, ya podemos concluir que este zoológico de engalanados animales no es el congreso posesionado del cambio, ni de las “revoluciones sociales” y menos del progreso y la libertad; este es el clientelismo a todo dar en sus máximas jugadas para el mantenimiento del Régimen y el poder pintado con una paleta multicolor, hemos llegado a vivir para ver hasta qué punto la gula de poder ha podido superar el hambre numantina de un pueblo cada vez ansioso de esperanzas que solo son ilusiones irrealizables.

 

La suerte está echada. De aquí en adelante tendremos que llamar “padres de la patria” a congresistas que siempre han dicho y sostenido que jamás volverían a pararse en la alfombra roja los pies del Capitolio Nacional donde solo estaban traidores, narcotraficantes, y asesinos; pero que allí terminaron parados con sus sonrisas fingidas; tendremos que caer en el juicio inexperto de aquellos influencers y activistas que a través de todos los medios posibles solo se encargaban de criticar a cuanta persona fuera posible y vender la panacea a todas las cuestiones del Estado, para que ellos hoy tomen ese Leviatán en sus débiles manos y sectarias conciencias; atestiguaremos con estupor los embates del fanatismo en su conciencia política y el aplastar y destruir la oposición y la opinión contraria por el dinero, la razón o la fuerza; porque, a partir de este momento, Colombia entre la merced y la voluntad de los febriles idearios de aquellos que pretenden que los problemas de Cundinamarca son resueltos con los pensamientos y los métodos que no sirvieron en Dinamarca.

 

Ha llegado el cambio, hacia las locuras de Calígula y la degeneración de Heliogábalo; hemos seguido la sinuosa ruta que marca el destino de la ignorancia y la hipocresía barata hecha partido político; estamos viviendo el poder corruptor de los puestos y el dinero por encima de las ideas y el espíritu ideológico, como un buen pedazo de pan reseco con mermelada abundante; por fin damos inicio al carnaval del despilfarro y la pobreza, a tomar como premios a los pobres habidos y los nuevos que se han de crear como fichas de cambio por el alto premio de mantener sus puestos y la cadena del subsidio a su cliente, como perros falderos que solo se necesitan sacar a pasear cada cuatro años, hemos llegado al primer acercamiento con la voracidad de una famélica izquierda formada a la gringa y española, hecha con el espíritu del resentimiento, la indecencia, falta de estética y la misma corrupción que solían criticar y ahora aceita la máquina del “Buen Gobierno”.

 

Ha llegado el cambio, hacia las locuras de Calígula y la degeneración de Heliogábalo; hemos seguido la sinuosa ruta que marca el destino de la ignorancia y la hipocresía barata hecha partido político. Clic para tuitear

 

Solo pido al Supremo Altísimo que no tengamos que llegar a rebuscar entre nuestros recuerdos, cuando el país se entregue a los plenos excesos del poder opresor de la Distopía Humana, aquellos versos del tango que por nombre lleva Disfrazado, de Antonio Estaban Tello:

“Pienso… Que a mi rostro en realidad hoy la cubre el antifaz de la ironía fatal de mi triste situación… Oigo… Cuando suena la matraca, que la pena ya en mi casa ha rendido mi comparsa…que a Dios pide protección…”

Valentín García Borja
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Valentín García-Borja Von Harnicsh. Estudiante de Derecho UCLA, coleccionista musical y apasionado por el debate, las artes y la política.