LOS SECUESTRADOS INVISIBLES. (Primera Parte)

Gustavo Adolfo Muñoz

Gustavo Muñoz
LOS SECUESTRADOS INVISIBLES. (Primera Parte). NI LAS FARC, NI LA JEP, NOS CUENTAN Y GUARDAN SILENCIO AL RESPECTO. Clic para tuitear

 

NI LAS FARC, NI LA JEP, NOS CUENTAN Y GUARDAN SILENCIO AL RESPECTO.

Durante gran parte de mi vida (13 años) me dedique de lleno a estudiar el fenómeno del SECUESTRO y los factores que en él inciden; bien sean factores personales del secuestrado o familiares (de la familia del secuestrado) como también los factores económicos, psicológicos y sociales que acarrea el SECUESTRO. Creo yo, sin ánimo de vanagloriarme o de enarbolar bandera, que muy pocas personas en Colombia y en el mundo conocen tan afondo este atroz delito.

Después de recuperar mi libertad perdida por cuenta y riesgo del Senador “Alias” Pablo Catatumbo, encontré un país con los índices de SECUESTRO más altos del mundo, imagínense que Colombia poseía el récord del 80% de los SECUESTROS a nivel mundial; de la misma manera encontré un país que a pesar de tener esos indicadores catastróficos, no poseía una legislación acorde al momento histórico que estaba viviendo la sociedad Colombiana.

La etimología de la palabra secuestro proviene del vocablo latino «SEQUESTRARE» que significa apoderarse de una persona para exigir rescate o encerrar ilegalmente a una persona sin su consentimiento y por ende se constituye en un acto de violencia en contra del sujeto secuestrado y su familia. Puede darse el caso de secuestrar objetos o animales dependiendo del grado de estimación que produzcan en alguien. 
 
Condenar este método de violencia, nunca será suficiente, porque el secuestro es una especie de síntesis de todas las violencias, sólo que tiene la particularidad de provocar y mezclar por mas tiempo todos los dolores, todos los sufrimientos, angustias, mezcla de esperanza con desesperanza, de alegrías instantáneas (cuando se vislumbra una posibilidad de regreso), con la depresión más feroz cuando se disipan posibilidades, dormir con pesimismo, despertar con optimismo y levantarse con el peor de los pesimismos, dormir con un enorme optimismo para el siguiente día, emociones, sentimientos y vivencias, que jamás podrán desaparecer de la memoria de un ser humano con la simple condena. 
 
El secuestro no permite sentir que cada día es una eternidad, ni permite darse cuenta que han pasado años de espera, como si hubiesen sido unos pocos minutos, años que pasan con las secuelas más duras e injustas que pueda llevar a cuestas una familia entera. 
 
Esto es una realidad tanto para la víctima directa y para sus familias, las personas que la quieren, que la aprecian, que la aman, porque la violencia del secuestro solo logra marchitar muchas almas al mismo tiempo. Doloroso es saber de esas cadenas sin razón sobre el alma de Colombia. Más aun, saber que no hay condena que devuelva al sufriente lo perdido; esa angustia en sus seres queridos que ignoran de su suerte el desenlace. 
 
¿Qué derecho existe (si es que cabe) a esa tortura moral interminable? El derecho a nosotros nos lo quitan cuando ellos, suprimen libertades. Abominable es este delito, abominables son quienes lo practican y perpetúan, abominables son quienes cosifican al ser humano; pero igualmente son abominables o más abominables, aquellos estados que permiten o mejor aún que no permitan la transparencia, ocultando a la población, la verdadera realidad del secuestro, tratando de hacer invisible este delito tan repudiable y permitiendo desaparecer de las estadísticas de una nación, a sus coterráneos en desgracia.