Masacres son resultado de una falsa paz

Robert Posada Rosero

Robert Posada Rosero

Los responsables de las masacres de Buga, Samaniego y las tantas que se repiten a lo largo y ancho del país, somos los mismos ciudadanos que toleramos que Colombia se convirtiera en un país sin justicia Clic para tuitear

La madrugada del pasado domingo el país amaneció nuevamente horrorizado por la masacre de cinco jóvenes entre los 17 y 18 años, en una finca en zona rural de la vereda Cerro Rico, en el corregimiento Chambimbal, de Buga, Valle del Cauca, hasta donde llegaron sujetos armados para acribillarlos con tiros de gracia.

Una vez conocida la execrable noticia, de inmediato una ola de indignación se convirtió en sentimiento nacional, pues de nuevo Colombia veía con horror como los amos de la muerte salían a hacer de las suyas ante el estupor de una sociedad incapaz de entender que pueda haber razones para una acción tan demencial.

Las preguntas se repetían una y otra vez: ¿qué nos está pasando?, ¿quiénes son los responsables?, ¿cómo son capaces de masacrar a jóvenes indefensos? ¿dónde está el Estado que no es capaz de garantizar la vida de nuestros niños y jóvenes?; preguntas que deberían generar una profunda reflexión sobre el país que estamos construyendo y dejando como legado a las generaciones venideras.

Aún es prematuro sacar conclusiones sobre lo ocurrido, sin embargo, el hecho nos recordó la masacre de ocho jóvenes en Samaniego, Nariño, la noche del 15 de agosto del 2020, investigación que hasta ahora arrojó la captura de dos personas, que, según la Policía, tienen nexos con el ELN y la banda delincuencial Jaime Obando.

Grupo ilegal y bandas que se disputan el control de la droga y otras economías ilegales con las Farc en armas, o mal llamadas disidencias, quienes continúan creciendo en hombres y poder criminal pese a que el tartufo Juan Manuel Santos, sus negociadores y aliados políticos les prometieron a los colombianos el fin del conflicto y el disfrute de una paz estable y duradera.

Esos mismos negociadores y aliados políticos son los que se rasgan las vestiduras por la posibilidad del regreso de la aspersión de cultivos ilícitos con glifosato, esgrimiendo todo tipo de argumentos medio ambientales, pero callando con cinismo ante el daño que ocasionan los actos terroristas al oleoducto Caño Limón-Coveñas o la deforestación de bosques para la siembra de coca.

Son también los más entusiastas y mordaces al momento de salir a repudiar con vehemencia las masacres, culpando al gobierno en su ya vieja táctica de sacar réditos políticos, mientras insisten en que se negocie con los criminales del ELN en condiciones similares a las que tuvieron sus pares ‘Farcos’, es decir, entregarles el resto de país a cambio de nada.

Tan inentendible como las masacres y sus motivaciones es que haya personas del común, políticos, intelectuales, clérigos y hasta agregados extranjeros que insistan en creer que premiando a criminales de lesa humanidad y llevándolos al congreso sin pagar por sus crímenes, tan siquiera de manera simbólica, se va a alcanzar una paz estable y duradera.

Cuán equivocados están, premiar criminales manda un pésimo mensaje a la sociedad: delinquir paga. Un país que tolera que criminales que masacraron, secuestraron, reclutaron y violaron menores de edad, desplazaron campesinos y cometieron todo tipo de vejámenes, como colocar niños o burros bombas, den clases de ética, moralidad y derechos humanos es un país condenado a una espiral de violencia.

Así que dejemos la hipocresía y el cinismo, los responsables de las masacres de Buga, Samaniego y las tantas que se repiten a lo largo y ancho del país, somos los mismos ciudadanos que toleramos que Colombia se convirtiera en un país sin justicia, donde jueces, fiscales y magistrados se venden al mejor postor.

Si quien delinque sabe que no será castigado o que las penas son negociables al punto de convertirse en castigos irrisorios, siempre encontrará aliciente para el crimen, si además cuenta con defensores de oficio en las altas esferas políticas y hasta en los medios de comunicación no hay nada que hacer, seguiremos llorando a nuestros muertos.

Basta de expresar sentimientos de estupor farisaicos, Colombia entera debería ofrecer disculpas a los familiares de estos jóvenes y de los cientos de muchachos que a diario mueren en esta masacre silenciosa que se repite con diferentes nombres y en diferentes escenarios, porque todos estamos permitiendo que los criminales impongan su narrativa y los premiamos.

Adenda: por las ideas y pensamientos desarrollados en mis escritos algunos lectores me graduaron de incitador al odio y de malo, pidiendo que les devuelva al Robert bueno, curiosamente son los mismos que expresaron sentimientos de regocijo por la muerte del ministro de Defensa Carlos Holmes Trujillo. ¡Sin palabras!

Robert Posada Rosero
Acerca de Robert Posada Rosero 36 Articles
Comunicador Social Periodista, especialista en Derecho Constitucional.