No hay ganancia en lo que se logra con violencia

JORGE LUIS CALLE

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Sé que algunos  de los cambios históricos que han permitido mejoras sustanciales de derechos y obtención de libertades, requirieron procesos violentos para materializarse. Por mencionar algunos casos, ocurrió así con la Revolución Francesa y también con la mayoría de las gestas libertadoras que suprimieron el dominio de los colonizadores. 

En los escenarios que menciono, la diplomacia no hubiese surtido efecto alguno. Tampoco lo ha hecho, ni lo hará, en contextos de regímenes dictatoriales o de populismos que se atornillan al poder con trampas y corrupción. 

Pero en las sociedades modernas, con democracias estables e instituciones  medianamente operantes, las practicas violentas no deberían convertirse en un medio para alcanzar conquistas, porque cuando se acude a ellas para defender causas o lograr cualquier tipo de evolución, se termina legitimando la violencia como método de expresión y se hace, sin quererlo, una invitación a las nuevas generaciones para que continúen utilizándola en la búsqueda de cualquier propósito.

Si bien es cierto que la Latinoamérica de hoy está llena de retos y necesidades, que en la administración de sus países hay errores y malos manejos, y que requerimos avanzar con agilidad hacia prácticas más justas y equitativas, también lo es, que ha habido un progreso en casi todos los territorios de la región, que se ha traducido en mejores condiciones de vida para sus ciudadanos. Salvo en Venezuela, el PIB per cápita ha venido en aumento desde 1990 en el resto de países de la zona, y en general, muchas personas de América Latina han logrado salir de la pobreza e integrar la clase media.

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La situación que se vive actualmente en muchas latitudes de nuestro continente, y especialmente en Chile, tiene que ser un aviso para que los gobernantes vecinos lideren una agenda social, económica y ambiental, que no solo le apunte a mejorar estadísticas, sino que termine impactando de forma positiva la calidad de vida de los individuos en todos los términos. En palabras sencillas, que el crecimiento de los indicadores macroeconómicos de los países, pueda sentirse en la cotidianidad de las personas, y se refleje por ejemplo, en mejores salarios, eficientes servicios públicos, aumento de la cobertura sanitaria y educativa,  mayor capacidad adquisitiva, etc.

Dicho esto, es importante advertir que nuestras condiciones actuales imposibilitan satisfacer el imaginario colectivo de educación y salud gratuita, pensión temprana y desempleo nulo. También es peligroso alimentar la idea de que los estados deben solucionar todas las aristas de la existencia de las personas y que los ciudadanos merecemos todo por el solo hecho de ser ciudadanos.

Claro que debe procurarse un desarrollo integral que cierre brechas y persiga la equidad, pero cualquier avance que se logre al respecto con violencia de por medio, será una victoria pasajera porque se fundamentará en decisiones coyunturales que responden a situaciones de caos, terminará debilitando la institucionalidad, sentando un terrible precedente para lograr cambios y abriendo la puerta a populismos dañinos con demostrados resultados catastróficos en la región.

Necesitamos proteger la protesta pacífica, animar la movilización social, e incentivar el activismo ciudadano. También requerimos escuchar a las comunidades y trabajar con ellas de la mano para avanzar conjuntamente. Pero debemos entender que los cambios toman tiempo, que no son fáciles de lograr y que el exceso de paternalismo estatal es insostenible y crea sociedades perezosas.

Finalmente, es imperativo coincidir en el rechazo poblacional a las pretensiones manchadas de sangre y comprender que en el siglo XXI, no hay ganancia en lo que se logra con violencia. 

Pero debemos entender que los cambios toman tiempo, que no son fáciles de lograr y que el exceso de paternalismo estatal es insostenible y crea sociedades perezosas. Clic para tuitear