Como siempre, los bogotanos terminamos pagando los platos rotos. Para el alcalde de turno siempre quien fue, es y será responsable y debe pagar por el atraso de la ciudad es la misma ciudadanía o su sucesor o predecesor, el brujo o Mambrú que se fue a la guerra, pero nunca él y, mucho menos eso sí, la actual ella.
Acá en la capital, la izquierda que ha gobernado desde hace 32 años, nunca asumirá su responsabilidad por el indiscutible atraso de la ciudad.
Han hecho y deshecho con Bogotá. Han cambiado cada estudio o mega obra que han podido a su antojo bajo el mero objetivo, pareciera, de poder cobrar los réditos políticos y aprovecharse de las contrataciones dejando a la capital con un grave déficit de infraestructura vial y de transporte.
Esto, sin lugar a dudas, nos ha llevado prácticamente al colapso total. Ya que, décadas después, las obras críticas para la ciudad no se hicieron, el transporte masivo se abandonó y tampoco se terminó, la malla vial no le importa a la alcaldía distrital o a las locales, la semaforización siempre se la han robado, las entradas y salidas de la ciudad son un caos y la gran mayoría de calles y carreras -con algunos remiendos mal hechos- son exactamente las mismas que hace 50 años.
Sumado a eso, la planificación sobre cómo debería crecer la ciudad ha sido poca o nula. Dejamos construir por construir. Nunca se amplían o mejoran las vías, jamás se piensa con sentido común y se robustece el transporte público en la zona, ni se brindan alternativas reales y factibles a la ciudadanía.
Dado lo anterior, por supuesto que el Pico y Placa en su momento pareció una buena idea y una gran mediocre solución de corto plazo para controlar la demanda de viajes en carros, y así no tener que hacer las vías o mejorar radicalmente el transporte masivo para poder, como es costumbre, lavarse las manos y tirarle el problema al siguiente alcalde.
Hoy, Claudia López, después de su estruendoso fracaso en movilidad y controlando las excepciones a la medida del Pico y Placa, buscará implementar una nueva y compleja modalidad que, se supone, aliviana un poco la carga en lo inmediato (mientras la gente se acomoda a la nueva medida comprando o cambiando su carro), pero que igual no soluciona el problema de fondo que es nuevamente: infraestructura.
Bogotá necesita una cantidad abismal de obras, ampliaciones y mejoramientos de su malla vial y, sobre todo, de capacidad de transporte masivo, cosa que este otro gobierno de izquierda que termina fracasó estruendosamente en lograr.
La solución no es obligar a todo el mundo a usar la bicicleta, dejar de hacer vías y crucificar a todo usuario de la moto y el carro como un enemigo de la ciudad, sino más bien enmendar décadas de incompetencia con grandes dosis de ejecución y visión de ciudad.
Nicolás Gómez Arenas
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Politólogo y Comunicador de la Universidad de Arizona. Fundador de la Fundación Democracia & Libertad. Columnista y Comentarista en LHDV.