¡Que viva el paro, HP!

Robert Posada Rosero
Mención aparte merecen las ternuritas que pretenden posar de intelectuales defendiendo la acción vandálica de los indígenas que derribaron la estatua de Sebastián de Belalcázar en Cali Clic para tuitear

Intentar razonar con el resentimiento y la frustración acumulados y el odio exacerbado es tan estéril como pedirle a un político de profesión, que lo único que sabe hacer es a vivir del Estado, que actúe con grandeza, sensatez y responsabilidad, con unos y otros no hay ni habrá razones para entablar una discusión que siga una línea de pensamiento coherente y sin caer en el insulto.

Lo primero que hay que señalar es la tozudez de insistir en un paro nacional y convocar a multitudinarias marchas y aglomeraciones en medio del tercer pico de una pandemia que tiene la ocupación de camas UCI por encima del 98 por ciento en el país, cuando todos los partidos, incluido el partido de gobierno han anunciado que no apoyarán la Reforma Tributaria del presidente Iván Duque.   

La protesta y movilización social son derechos fundamentales indiscutibles como lo son la salud pública y la vida, pero no hay un solo argumento jurídico constitucional que sustente que el derecho a la protesta es absoluto, ese exabrupto como el de que la revolución es un derecho lo ha impuesto la izquierda con la anuencia de unas instituciones politizadas y con sesgos ideológicos.

Condicionar el retiro de la propuesta de esta iniciativa para levantar la jornada, que como era predecible, terminó en vandalismo, caos y violencia, es una extorsión inaceptable en una democracia, porque de aceptarse esta teoría solo quedaría el camino del cierre del legislativo a la usanza de las tiranías, cuando este es el escenario natural para discutir los grandes temas del país.  

Justificar el predecible disparo de contagios de Covid como consecuencia de las marchas, aduciendo que también se registran aglomeraciones en el transporte público, los bancos o supermercados, es una disculpa pueril; una cosa es que la vida debe continuar pese a la amenaza latente del virus y otra actuar de forma irracional desconociendo los llamados del sector salud.

Políticos populistas y oportunistas de todos los partidos, funcionarios y empleados, que en su mayoría gozan de salarios estables y jóvenes que no pagan sus propios gastos, encontraron la disculpa perfecta en el error político de Duque para salir a las calles o en el colmo de la hipocresía, para animar a otros a hacerlo por ellos, mientras desde sus IPod y tabletas trinaban con furor.

En esa inmensa fauna va sobrado el incendiario mayor, Gustavo Petro, quien con ínfulas de presidente se dirigió a sus hordas para exigir ¡Que pare la vida! Nuevamente el Nerón criollo agitó desde la comodidad de las redes al populacho. Le sigue en incoherencia la masa de Fecode, quienes se niegan a volver a clases bajo la modalidad de alternancia por miedo al Covid, pero estuvieron en primera fila en las marchas, reafirmando que es la cátedra que mejor manejan.   

Voces como las del medico nefrólogo, Jairo Hernán González Bautista, intentaron dejarse oír en medio de los gritos de las hordas, “La salud y la vida prima sobre cualquier otra circunstancia. Decir lo contrario es un exabrupto absurdo. Como si los británicos con todos sus problemas de ese entonces y en desacuerdo con el gobierno hubiesen salido a marchar en medio de un bombardeo de la Luftwaffe. Estas marchas en estos momentos, ¡son un acto CRIMINAL!”, escribió en su Facebook.

Como el médico González, millones de colombianos debimos presenciar impotentes el espectáculo macabro, como si se tratara de la alucinante danza de los cargadores de féretros de Ghana, baile sincrónico que se convirtió en un popular meme durante la cuarentena, pero que seguramente será una dolorosa realidad para miles de familias colombianas.

Fingir empatía expresando que me preocupa la salud de quienes marcharon sería tan hipócrita como las razones que esbozaron aquellos para tirarse a las calles de manera irracional e irresponsable, me preocupa eso sí, que en una o dos semanas se tenga que negar la atención en hospitales o una cama en UCI a personas que atendiendo las razones médicas decidieron privilegiar el cuidado de su salud y la de sus familias, derecho que les fue violentado por las minorías que salieron a marchar.

Defiendo y defenderé siempre la libertad y las libertades individuales como el más sagrado de los derechos, empero, en las actuales circunstancias, el Estado debió y debe hacer uso legítimo de su autoridad y la fuerza para garantizar la vida de todos los colombianos, incluso de los que optaron por el suicidio colectivo en su odio irracional.   

Mención aparte merecen las ternuritas que pretenden posar de intelectuales defendiendo la acción vandálica de los indígenas que derribaron la estatua de Sebastián de Belalcázar en Cali, pues como señaló una tuitera con la que coincido, “Si en general Europa tuviera la mentalidad del colombiano sobre los monumentos, no quedaría una piedra en pie. Son símbolos, ¿Se podrá entender?

Acerca de Robert Posada Rosero 52 Articles
Comunicador Social Periodista, especialista en Derecho Constitucional.