La voz interior de muchos compatriotas hoy es lúgubre, aunque aferrados a la fortaleza y optimismo habitual, nuestras entrañas gritan desesperadas el desasosiego, la incertidumbre de una realidad prevista y anunciada en nuestros peores preludios. Pero no es este un mensaje de amargura, sino de reconocimiento y llamado a la conexión, un llamado a la salvación.

 

Colombia se introdujo en el ciclo global del declive de la democracia liberal, de la aceptación del extremismo como vehículo de la “Indignación”, la validación del populismo en nombre de las fallas históricas en la cohesión social, los reclamos identitarios que avasallan los derechos universales ganados con miles de años y vidas, y la polarización que nos escinde de los grandes propósitos nacionales que alguna vez nos unieron. No ha sido fatua la insistencia, el engaño sistemático, la provocación que se deslizó en un ambiente de desprecio por instituciones, decisiones, actitudes y una franca desconexión con la idea del verdadero bien público; era necesario un esfuerzo descomunal por reparar una tradición de marginación, doble moral e injusticia social en Colombia. La reivindicación que proponen estos grupos marginalizados, ampliados convenientemente, sumado al populismo extremista de izquierda y representados en la política de la “dignidad” y el resentimiento, hoy amenaza explícitamente los logros, aciertos, valores y desarrollo de una sociedad dolorosamente construida.

 

Esta nueva ideología ve en las pretensiones multiculturales y la percepción dispersa, la base de construcción de políticas públicas, es decir, cambiaremos el anhelo de la virtud de Atenas, y los valores de Jerusalem, por ensayos de satisfacción de una mayoría electoral efímera, con un gobierno que se apresta a seguir valiéndose de cualquier medio para fines más simbólicos que honestos.

¿En que momento dejamos de llorar a las víctimas y empezamos a anularlas, a instrumentalizarlas?, ¿en que momento nos dejamos confundir?; ¿cuando, la relativización moral llegó a la valoración y validación selectiva de la violencia?, ¿podremos renacer como una nación grande y gloriosa, que inspire a la mayoría de sus ciudadanos sin clasificarlos?, ¿confiaremos en nuevos líderes y en las instituciones para ayudarnos de forma solidaria y erradicar la injusticia social sin corrompernos?.

Es hora de enfrentar esa lasciva verdad desde la legalidad y la democracia.

En esta era del miedo, la ansiedad, la polarización, jamás funcionará el idealismo patriótico de defender leyes, regulaciones e instituciones solamente, quedaríamos hablando solos… hay pedidos legítimos y culpas innegables. Escalemos a una dimensión superior:

  • Demos visibilidad y cercanía a los intelectuales públicos, hoy burlados y desplazados por los “influencers”,

 

  • Devolvamos la moderación y el matiz como componentes obligados del debate público.

 

  • Siempre coherencia y confiabilidad en el ejercicio del control político.

 

  • Abandonemos la desfachatez inherente a la evasión de las culpas.

 

  • Renovemos las formas de comunicarnos con nuestros simpatizantes.

 

  • Tracemos propósitos comunes para una nación, que no contengan revanchas ni agendas ocultas, menos Selfies y más Nosotros.

 

  • Cambiemos la “autoestima” por logros, los “crecimientos” por solidaridad, y la sensible “dignidad” por compromiso.

 

  • Enseñemos sin fatiga que la verdad no es una opinión, los hechos no son percepciones, que el respeto y la virtud superan a la “tolerancia” y que convivir sanamente exige rigor, mostremos sin miedo que la moralidad no se opone al progreso, pero si protege la estabilidad de un país.

Esta será una etapa en que los líderes de cualquier orden no pueden separarse del ciudadano deliberante, y menos podremos caer en el engaño de una metamorfosis de semanas, cuando vimos con perplejidad cada medio usado para un resultado electoral, y no justamente un triunfo democrático.

 

Respetable líder, ciudadano, revestido o no de la majestad de la función pública; no será nada distinto que la templanza, voluntad, disciplina y responsabilidad lo que preserve y eleve nuestra nación por encima de la tentación regresiva.

 

En esta era del miedo, la ansiedad, la polarización, jamás funcionará el idealismo patriótico de defender leyes, regulaciones e instituciones solamente, quedaríamos hablando solos… hay pedidos legítimos y culpas innegables. Clic para tuitear
Jorge Córdoba
+ posts