Santos ha elegido la infamia suprema en lugar de la gloria ¡Bonita Ambición!

Martín Eduardo Botero

Martín Botero

@boteroitaly

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Para representar la historia de la infamia humana de una punta a la otra o una farsa o una tragedia o quizás ambas se necesita un actor; y en este caso, ciertamente, el actor se llama J.M. Santos (2010 – 2018) que intentó con su “negocio de la paz” (con o sin éxito) y en franco desprecio de la voluntad mayoritaria a cambiar para siempre el curso de la historia de Colombia. Al Sr. Santos se le acusa de doble rasero, de asistir y conspirar con el enemigo (y los otrora intelectuales progresistas) en contra de la soberanía de un pueblo, unidad e intereses vitales. Además de romper brutalmente los sólidos cimientos del equilibrio institucional, atropellar la ley y la Constitución, etcétera, amenazar seriamente la seguridad del Estado, crear un ambiente de laxismo e irresponsabilidad hacia las generaciones venideras,  así como establecer e implementar su reinado de la impunidad, corrupción, populismo y el perdón absoluto. De hecho, algunos expertos afirman que tras dos mandatos consecutivos como jefe de Estado disminuyeron o desaparecieron por completo la inviolabilidad de la ley, el derecho del ciudadano, la dignidad del juez y su independencia y el honor del soldado. Pero esto es solo una parte de la historia.

El ex mandatario Santos, con su mentalidad corta de miras y tendencias a un narcisismo y un egocentrismo desmesurado, producto esencial del sistema perverso o subproducto accidental negativo de una ambición ilimitada de poder, tal vez más que la de cualquier otra figura presidencial – personificó el método burocrático de impartir ciencia sin conciencia. Más paradójico e incomprensible aún si tenemos en cuenta que personificó en Sí Mismo la imposición de una subcultura del exceso que glorifica el poderío y la corrupción como fuente de legitimidad. Su gobierno fue el primero que denigró los principios del derecho internacional, la ética y la moral como engorrosas restricciones en el ejercicio del poder. Su ignorancia obvia, no sólo violó los principios de buena administración y de transparencia, de seguridad jurídica y de confianza legítima, sino que también desafío claramente las exigencias y el deber de asistencia y protección a las víctimas, y de manera pertinaz y obstinada hizo caso omiso de los valores universales de la libertad, la democracia y los derechos humanos, demostrando un desprecio temerario por el veredicto del pueblo y se burló de los ciudadanos. Queda de manifiesto el desprecio subyacente por los principios generales de buena fe y «patere legem quam ipse fecisti». Así, en su interpretación autoritaria del Estado de Derecho y hegemonía personalizada coreando mensajes de odio, hostilidad y división, por un lado y, por el otro, enarbolando falsamente los lemas de la paz justa y duradera y la antorcha de la reconciliación nacional aún la bandera de los derechos humanos no tuvo ningún reparo en abrazar sin reservas la ideología obsoleta izquierdista. Esto fue solo el comienzo de la tragedia de un pueblo trabajador, un drama nacional y humano en la que el pueblo es la primera y principal víctima. En un intento menos encubierto por restablecer sus pequeños intereses egoístas y para garantizar su permanencia en el poder generó un terrible y sobrecargado monstruo jurídico internacional, como preludio a lo que no tardará en aparecer como el más espantoso desastre de involución de la democratización y de la administración de justicia, de una cultura de inacción o de una cultura de impunidad y la falta de respeto por el estado de derecho que jamás haya sido intentado: la denominada Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). El hombre que tras ocho años de Gobierno debía dar más credibilidad a la política, garantizar la paz y la seguridad nacional, así como salvaguardar el inestimable legado duradero y el continuo efecto positivo y permanente de la así llamada Seguridad Democrática del otrora expresidente y senador Álvaro Uribe Vélez (2002 – 2010) se fue en silencio con el mayor disimulo y sigilo, prefirió el exilio al deshonor, cargando con buena parte de la responsabilidad por el fracaso de su proceso de paz y la destrucción de la economía que, si hemos de ser sinceros, han tenido el mismo efecto que una terrible catástrofe natural o el coronavirus y podemos decir que terminó con mucha pena y sin nada de gloria. Nunca se había visto un retroceso tal en el País. Todo lo que se había edificado (Uribe) es ahora ruinas. Ahora bien, lejos de lograr la paz, el pueblo colombiano vive hoy una auténtica tragedia. Ahora sabemos que no es el hombre de una paz y de una reconciliación que el país esperaba desde hace más de cincuenta años. En esta función, fue responsable de un claro empeoramiento de la situación en el ámbito de la democracia, el Estado de Derecho y el respeto de los derechos y las libertades fundamentales. Santos y sus cómplices han proyectado una imagen de Colombia, de sus gentes, de su historia completamente distorsionada de la realidad; son la representación dolorosa de la imperdonable traición al pueblo, a las instituciones democráticas del país y en especial a las fuerzas armadas.

La realidad es que Santos (y sus cómplices o inductores) rompió el diálogo con la sociedad civil, reformó la constitución de 1991 y endeudó a las futuras generaciones. Los ciudadanos no olvidan que  también persiguió, maltrató y criminalizo a la oposición, violó el derecho internacional e hizo caso omiso de las normas internacionales humanitarias, “regaló” una parte del territorio de San Andrés a los Nicaragüenses, deshonró al ejército, prostituyo el clero y la magistratura. Santos triunfo, gobernó, administro, exilio, desterró, deporto arruino, reino, con tales cómplices que la ley  acabó siendo el lecho de una mujerzuela. Ningún ciudadano del país puede aceptar tan perverso ultraje a su dignidad y soberanía. Pero sobre todo puso fin a sus mejores valores patrios y las instituciones democráticas y se las suplió, por ejemplo allí donde antes había un juramento, ahora habría un perjurio claro (activismo judicial de las Altas Cortes) y donde antes había una gran bandera tricolor símbolo de su identidad había allí un pobre harapo y, allí donde la seguridad democrática había creado unidad y un compromiso nacional había, ahora, en cambio, divisiones políticas y de facto constantes y profundas. Pero allí donde hasta entonces sólo había un ejército potente, fuerte, disciplinado y bien preparado había ahora una cuadrilla de bandidos,incluso donde años antes había justicia, habría una prevaricación para nada transparente y disimulada, de exclusiva complacencia, y allí donde antes había un Gobierno para la comunidad y el desarrollo ahora había nada y donde sólo existía una Colombia, ahora había un enorme caverna. En su desastrosa Presidencia, la misericordia y la verdad, la justicia y la paz no se conocen una a otra y nunca se han encontrado: será condenado al ostracismo (asilado) y al desprecio en su comunidad. Además, el gobierno en ocho años -o más exactamente de Santos y sus cómplices-, por su incompetencia y falta de compromiso, ha logrado que Colombia sea uno de los países más desiguales de América Latina y que la corrupción haya ganado proporciones gigantescas. Al mismo tiempo, Colombia – por culpa del Señor JMS y sus cómplices – se ha convertido en un cáncer para el resto del mundo, ya que participa junto a Venezuela en el tráfico de Cocaína a gran escala: de hecho, Colombia es el principal exportador mundial de esta droga mortal.

¿Señor Santos, a esto se le llama salvar la sociedad en condiciones de tolerancia, paz y prosperidad en un marco de justicia transicional ? «Las fechorías requieren personajes de una cierta talla. Ciertos crímenes no están al alcance de todo el mundo. Quien arrancase una pluma de esta águila (Santos) correría el riesgo de encontrar entre sus manos una pluma de ganso (pidiendo disculpas al señor ánade); es una figura contrahecha, menos oro que plomo”:una figura paternalista y líder político demagógico mundialmente famoso y muy aclamado, pero odiado por el pueblo. Amen

Martín Eduardo Botero
Acerca de Martín Eduardo Botero 83 Articles
Abogado Europeo inscrito en el Conseil des Barreaux Europèens Brussels. Titular de Botero & Asociados, Bufete Legal Europeo e Internacional con sede en Italia y España. Letrado del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid. Presidente y fundador de European Center for Transitional justice y vicepresidente en la Unión Europea de la Organización Mundial de Abogados. Graduado en Jurisprudencia por la Universidad de Siena (Italia) con Beca de Honor y Licenciado en Derecho por la Universidad Católica de Ávila (España). PhD en Derecho Constitucional Europeo por la Universidad de Bolonia con Beca de estudio del Ministerio de Exteriores italiano y la Unión Europea. Colabora con universidades, institutos de investigación especializados y organismos de la sociedad civil en los programas de cooperación jurídica y judicial internacional. Consultor Jurídico independiente especializado en anticorrupción. Su último libro lleva por título “Manual para la Lucha contra la Corrupción: Estrategia Global: Ejemplos y Buenas prácticas”.