Santrich y la vergüenza de un país

ARMANDO BARONA MESA

@BaronaMesa

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En el caso del estafador, estudian los libros de criminología, lo más grave no es que se robe el billete, sino que se burle irrespetuosamente de la inteligencia del otro. Y algo similar es lo que los colombianos hemos tenido que vivir en el caso de ese personaje camaleónico que a veces parece morir como aquel gitano de Gabo llamado Melquíades, atribulado, contrito, humillado y vencido en una silla de ruedas, y las otras arisco, caminando ágil y hasta bailando, pintor de musarañas, levantando dos dedos de su mano derecha en señal de su triunfo, obtenido por cualquier medio, pero especialmente por la ingenuidad y torpeza de quienes debían perseguirlo por sus crímenes. Naturalmente hablo de alias Jesús Santrich o Pauxias Arauxias Metacualona, que me parece que así es su nombre.

Vaya un país de gente rara este. Los que han levantado un odio gratuito contra el gobierno de un hombre joven, sin máculas, bien intencionado y justo; y al par han cultivado un culto a la contradicción gratuita, esos mismos han hecho posible que suceda este último dislate -todo lo presagiaba además- en el que el personaje huyó por los caminos de la noche hacia el refugio donde puede estar tranquilo al lado de sus compañeros Márquez, el Paisa y demás embaucadores del proceso de paz, delinquiendo a sus anchas en lo que más les gusta y produce: el narcotráfico. Y allí no tendrán ni Interpol ni policía interna que los controle, porque todo sucede bajo la dictadura de un perverso chafarote que está dejando morir a su pueblo de hambre.

!Ah!, ese personaje Pauxias Arauxias se burló de todos, hasta de los «idiotas útiles» que pensaban en un país garantista, inclinado a la servidumbre del engaño, e hicieron todas las presiones desde las tribunas del Congreso y los medios de comunicación, abiertos a ellos, para que vergonzosamente le dieran la libertad estruendosa que le entregaron y lo llevaran al Capitolio como un parlamentario más, casi un prócer. Sus escoltas no eran de vigilancia de sus actividades, sino medios de seguridad para que pudiese hacer todo lo que quisiera en aras del garantismo. Y el camino cercano y bien estudiado, dejó en las entretelas de la noche huir sin dramatismo a ese personaje que un año antes había vendido a unos «empresarios» del cartel de Sinaloa diez kilos de cocaína de la mejor por dólares que recibió a satisfacción, como el abreboca de otras toneladas que pronto irían al mercado. Los empresarios eran agentes de la Dea encubiertos, sí, pero el delito de producción y comercio de la droga se realizó consensualmente por el bandido, quien hablaba en clave por cierto.

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Pero lo más grave es que la Corte Suprema de Justicia, cuando a ese criminal le había dictado medida de aseguramiento la Fiscalía General de la Nación con prueba documental (videos) y testimonial irrefutable, desatendiendo tales elementos probatorios lo puso en libertad dizque porque era un parlamentario, no obstante que el período de aceptación de la curul había vencido sin comparecer, no por una justa causa sino porque estaba privado de su libertad por esos crímenes.

Nunca se ha visto en la historia de Colombia un juego más comprometedor de la más alta Corporación de justicia en pro de un delincuente de tan acreditada peligrosidad. Para fingir legalidad lo citaron para el 9 de julio a indagatoria. Y el bandido gracias a esa Corte tuvo tiempo para posesionarse como «padre de la patria» y recorrer en entera libertad el país buscando sin afán el callejón para irse a Venezuela sin riesgo alguno.

Sí, lo que más duele es la burla contra todo este país en ascuas en el que parecen  resurgir los embaucadores como aquellos personajes del Sueño de las Escalinatas de Jorge Zalamea:  «Como los lectores de libros sacros, los pregoneros de milagrerías y los loteadores de paraísos y nirvanas, también yo he de sentarme de espaldas al Rio, frente a las escalinatas plegadas de creyentes y obsedidas por dioses vivos y muertos; frente a los Templos de ladrillo y cobre sobre cuyas escamas la luz hierve y crepita; bajo los empinados Palacios en cuyas azoteas cunde la algarabía de los monos.»

Esos mismos son los que se oponen a la fumigación de los crecientes sembrados de coca argumentando nimiedades de lugares comunes y el canto de cuna del amor a la paz, pero pasando por encima de la luenga experiencia de los ingenios azucareros del Valle del Cauca con el uso sin peligro del glifosato. Y son los que igualmente estigmatizan a los que podemos resaltar estos hechos como un gran peligro para la convivencia y el progreso civilizados. Cuánto insultan y agreden al que discrepa de sus odios. Además lo llaman de derecha, a pesar de mostrar una muy larga trayectoria, como en mi caso, al servicio de las ideas socialistas democráticas y progresistas.

Santrich y Márquez y el Paisa y todos los disidentes de las Farc; y por supuesto los idiotas útiles que los ayudan, son los enemigos vivientes y actuantes de nuestra democracia, porque a su acción debemos ese primer lugar en la producción de coca en el mundo que nos hunde en la vergüenza pública.

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Armando Barona Mesa
Acerca de Armando Barona Mesa 5 Articles
Abogado de la Universidad del Cauca, historiador, periodista de opinión, ensayista y poeta. Senador de la República y embajador en Polonia, en las Naciones Unidas y en varios foros mundiales. En la actualidad, Vicepresidente de la Academia de Historia del Valle del Cauca y columnista de la revistas Épocas y Cali-Viva.