Señalando Al Mar

Armando Barona Mesa

Armando Barona M.
Belalcázar es un recuerdo, bueno por las ciudades que fundó, y amargo por la gente que sacrificó en aquella época. Su monumento, al igual que el de Popayán, es una obra de arte. Siempre señalando al mar. Clic para tuitear
Armando Barona M.
Cierto es que la conquista española fue una aventura de trescientos años, los que constituyeron  actos de despojo de tierras, de bienes personales, de bienes comunitarios, de religiones y organización política,que la tenían, conjuntamente con el sacrificio de vidas humanas y cargas laborales irredentas. Fueron un sufrimiento agobiador para unos pueblos aborígenes que estaban en su tierra y en vía del desarrollo humano conocido como civilización.
Recientemente escribí para la revista Épocas un breve relato que titulé “La marcha de las lágrimas”. En él cuento lo que ocurrió en los Estados Unidos cuando se descubrió oro en el oeste y a los pueblos conformados por las tribus Sherokee, Cheyennes , Pielrojas y Sioux, mediante decretos y leyes, se los desplazó y los hicieron marchar por un sendero de iniquidad y desamparo. Al final del texto escribí: “Las lágrimas del abandono, el tortuoso camino de la desesperanza y la humillación, vencieron a un pueblo irredento, pacífico pero guerrero, conforme había sido su tradición. Nada es comparable a ese sufrimiento que años después, con un sentido tardío de justicia, se llamó por la historia el “Sendero de las lágrimas”
Sí, el descubrimiento de hace más de quinientos años fue cruel y doloroso. Empero, a diferencia de los ingleses e irlandeses en la América del Norte que siempre miraron al indio como un ser menor, los españoles aventureros y sexuales se mezclaron desde el comienzo con las jovencitas en flor y fueron procreando. Hernán Cortés fue un gran reproductor en México y fue famosa su compañera indígena llamada la Malincha. Belalcázar fue pródigo en regar hijos que, dentro de las costumbres y leyes españolas, fueron asumiendo -algunos privilegiados- el apellido cambiado del conquistador, fundador ciertamente de ciudades. Hoy todos llevamos una dosis grande o pequeña de la sangre de los aborígenes, y hasta es posible que muchos de los guambianos, como alguien lo observó en estos días, tengan su dosis en el  ADN de la sangre de Moyano o Benalcázar. Así que Colombia, como nadie lo discute, es una gran comunidad triétnica.
Es preciso igualmente acotar, por vía de examinar las cosas del pasado, que todas las conquistas del hombre se hicieron, lamentablemente con violencia. Fue violenta la llegada de los judíos al Asia Menor, después de la gran marcha por el desierto auspiciada por el Señor bajo el liderazgo inicial de Moisés, quien alcanzó solo a ver la Tierra Prometida. Allí estaba la mano de Dios metida, sin que importara la sangre de los filisteos y otros pueblos originarios que iban muriendo en la contienda del despojo. La Biblia bendice estas acciones como legítimas.
Fueron violentas las conquistas de un rey asirio Asurbanipal, a quien los griegos llamaron Sardanápalo, quien se las daba de poeta y creó la famosa biblioteca de Nínive. Gran conquistador, a su cuadriga uncía a través del desierto a los reyes vencidos, atados con una cadena y un garfio que les pasaba el maxilar inferior.
Los latinos conquistaron gran parte del mundo conocido entonces durante la república y el imperio, todo con muerte y destrucción. No hablemos del siglo XX y sus dos guerras mundiales. Tampoco hablemos del Homo Sapiens, que destruyó a su casi par,  el hombre de Neardenthal porque era su émulo. El hombre ha repartido la muerte, primero por necesidad para sobrevivir, segundo por la conquista y tercero por placer. Siempre se celebró la gloria del guerrero, vencedor, porque como dijera Vitelio, “Ay de los vencidos”. Esa, queridos amigos, ha sido la vida de la civilización y de la historia. O mejor, la historia de la vida y el hombre.
Hay todavía algo más que debo agregar. Es significativo que hoy podamos estudiar la historia en los retazos que nos han quedado. Agregaría que es nuestro deber hacerlo, para no repetirla en lo malo que ha tenido. Es más, debemos juzgarla. Pero lo que no es posible es que la cambiemos ni que la corrijamos  o rectifiquemos. Se debe juzgar, pero con el conocimiento pleno de los elementos que la rodearon y de lo que Cicerón llamó !Oh temporas o mores”. En otras palabras, con las circunstancias de que hablaba José Ortega y Gasset. De manera que si de juzgar se trata el comportamiento de los conquistadores de América y el despojo que hicieron a los aborígenes, han de tener en cuenta que en esa época -¿tal vez hoy también?- la palabra de Dios, como en la época de Moisés, legitimaba cualquier emprendimiento de esa naturaleza.
Y los reyes de España, delegados de Dios, los curas y el propio Papa -Alejandro VI, nada menos- impartieron las bendiciones y legalizaron y hasta repartieron el despojo con los portugueses. O sea que esos hombres que hicieron lo que dio nacimiento a nuestra América actual, estaban legitimados con la bendición de Dios. Lo demás es una larga historia que no he de repetir ahora. Los que sufrieron entonces, fueron nuestros antepasados ciertamente. Hoy, sin duda alguna, después de los veinte años de la guerra cruel y dolorosa de la independencia de España, debemos celebrar la alegría de los españoles, la música, el idioma y su poesía, la religión que aun subsiste y algo más común al hombre en general: sabemos levantarnos de la desgracia.
Bien por el alcalde Ospina. Dejan allí la estatua en un sitio privilegiado de esparcimiento popular, y compensan con una escultura para el indio en la vecindad del hermoso parque del acueducto. Hagan otra escultura de reparación al afro, cuyo sufrimiento todos padecemos y colóquenla en otro sitio, que todos son bellos.
Belalcázar es un recuerdo, bueno por las ciudades que fundó, y amargo por la gente que sacrificó en aquella época. Fue condenado a muerte, pero murió en Cartagena cuando iba para Madrid a ponerse a derecho, como decimos los abogados. Mas, sin duda alguna, su monumento, al igual que el de Popayán, es una obra de arte del escultor español Victorio Macho que congrega a las gentes de todos los niveles a su alrededor y a turistas todos los fines de semana. Siempre señalando al mar.
Armando Barona Mesa
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Abogado de la Universidad del Cauca, historiador, periodista de opinión, ensayista y poeta. Senador de la República y embajador en Polonia, en las Naciones Unidas y en varios foros mundiales. En la actualidad, Vicepresidente de la Academia de Historia del Valle del Cauca y columnista de la revistas Épocas y Cali-Viva.