Un Ejército castrado

CR (Rva.) Jaime Joaquín Ariza Girón

columnista invitado

@jaimear01450629

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Es en los tiempos más oscuros, cuando el honor, el valor y el servicio brillan con más intensidad. Así que hagamos esa promesa todos… que siempre nos mantendremos fieles a nuestras costumbres, leyes y tradiciones. Entonces los siglos aún por nacer nos mirarán y verán no nuestros tiempos más oscuros, sino los más gloriosos.

Dave Duncan

columnista invitado

En Colombia no hay un conflicto armado; existen cinco tipos de confrontación, todos de caracterización violenta. Así lo afirmó recientemente el CICR que, en un estudio del posacuerdo, concluyó lo complejo de la situación por las capacidades delictivas de los diferentes actores violentos, representados en la disidencia narcotraficante concertada que adelanta la combinación de las formas de lucha en conjunto con el ELN resucitado y repotenciado por obra y gracia del Acuerdo de La Habana. Los otros, GDOS y GAOS, para entrar en la moda de la confusión semántica que busca confundir y complicar la aplicación de la fuerza, también representan un serio desafío en materia de seguridad nacional y pública.

Esto obliga a que el Gobierno utilice todos los recursos que posee para cuidar la vida, bienes y honra de sus ciudadanos. Así lo viene haciendo durante los últimos 70 años de confrontación, en los cuales el Ejército Nacional, como ícono de lucha contra los enemigos de la sociedad colombiana, ha permanecido incólume en el cumplimiento de su misión; siete décadas en las cuales ha logrado neutralizar la amenaza marxista- leninista de la dictadura del proletariado; el narcotráfico con su poder corruptor y desestabilizador; el fenómeno del crimen organizado, y hasta las connotaciones que se dan a nivel de seguridad ciudadana, todo lo cual ha hecho que hoy en día, y ya por más de cuatro lustros, encabece la lista de las instituciones más respetadas, probas y queridas por la sociedad colombiana.

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¿Cómo ha alcanzado el Ejército este nivel? Gracias al desprendimiento y profesionalismo que caracteriza a sus mandos en todos los niveles, al valor intrínseco de sus tropas y a su capacidad de mantener siempre su legitimidad, representada en el cumplimiento de la ley, además del acatamiento al orden constitucional, esto último muchas veces con disposiciones adversas y alejadas de la realidad nacional y de lo que vive el soldado en la primera línea de combate, porque es en el combate donde se ganan las batallas, es en el fragor de la guerra donde se definen los destinos de una nación, y son sus guerreros que llevan la heredad de la república los que la sufren, los que viven y mueren en el campo del honor.

Son las mismas huestes de la guerra, que han llorado a sus muertos, los que han ayudado al contendor herido en acción, al irregular fugado y al enemigo caído a alcanzar la paz eterna. El Ejército escoltó y protegió las columnas guerrilleras a sus zonas de ubicación donde hoy se encuentran en proceso de reinserción a la vida legal. Son los soldados quienes, desde 2002, recibieron 32.000 irregulares que huyeron de los grupos armados; es el estamento castrense el mismo que con dolor institucional y de patria aceptó los mal denominados falsos positivos ante la evidencia de la confesión de los hechos por parte de una minoría de sus efectivos que fueron presentados y procesados por la justicia con la colaboración y el rechazo de la institución.

En todos los niveles, se han instruido las tropas en DD. HH. y en DIH; ningún ejército ha tenido que sostener un conflicto tan prolongado ni ha sido sometido a cumplir tanto protocolo en conflicto irregular interno como el colombiano; ese es nuestro mayor orgullo: que muy a pesar del limbo político-jurídico en que siempre se ha debatido la nación, los soldados de Colombia nunca han cejado en la protección de su población.

La coyuntura actual no es diferente; por el contrario, todo el trabajo de planeamiento, liderazgo e instrumentación operacional que hace el comandante del Ejército y la institución que lidera, así como el seguimiento de efectividad de las operaciones militares, es para seguir ofreciéndole al pueblo colombiano el bienestar y la sensación de seguridad a la que ya está acostumbrado; es en defensa de la libertad y del modelo democrático, activo preciado del pueblo colombiano.

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Es este último el que debe arropar sin vacilación a la institución armada, haciendo caso omiso a la calumnia artera, al influjo mediático que casi siempre coge la verdad con los pantalones en la mano, y rechazar a aquellos que desde la sombra sirven a los intereses de los enemigos de la nación. De no ser así, no habrá quien proteja a nuestra sociedad; al fin y al cabo, lo que buscan los matreros es dejar a Colombia indefensa.