Un Ferrari en Pajonal

Miller Soto

Miller Soto Columnista

Un Ferrari en Pajonal

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Miller Soto ColumnistaCuando uno va a comprar un vehículo, debe tener en cuenta las características propias del terreno en el que lo usará, pues no es lo mismo conducir un Ferrari en Dinamarca que conducirlo en Cundinamarca.

Antes de hacer la inversión es necesario tener claridad tanto de la posibilidad de usarlo sin que se deteriore, como de su funcionalidad en un determinado contexto. El Ferrari es una obra maestra automotriz que le encanta a todo el mundo. Es un símbolo de perfección y belleza que muchos quisiéramos tener. Sin embargo, por perfecto que sea, no es un vehículo que se ajusta a cualquier escenario. Así mismo sucede con ciertos esquemas democráticos y sus respectivos marcos normativos, que aunque podrían percibirse como un símbolo de perfección vistos desde una óptica distante y genérica, al tratar de encuadrarlos en un contexto específico podrían resultar impertinentes o incluso nefastos.

En Colombia nos estamos acostumbrando a promover cambios inspirados en ideas extranjeras cuya concreción y resultados dependen de realidades que están muy lejos de parecerse a la nuestra. No obstante, nos parecen ‘perfectas’ y nos dejamos seducir por sus efectos sin detenernos a pensar que, dadas nuestras peculiaridades, existe la posibilidad de que no se concreten, o que peor aún, terminen siendo perjudiciales. En fin, nos dejamos cautivar por la perfección del Ferrari y nos hacemos a él sin considerar que nos movemos en un terreno no propicio para usarlo.

En Colombia nos estamos acostumbrando a promover cambios inspirados en ideas extranjeras cuya concreción y resultados dependen de realidades que están muy lejos de parecerse a la nuestra. Clic para tuitear

Una muestra de ello, son dos ideas que actualmente empiezan a discutirse en el Congreso como parte del conjunto de cambios que traería la nueva reforma política en Colombia. La primera es la lista cerrada: una iniciativa en torno a la cual parece haber consenso bajo el argumento de que se empoderaría a los partidos por encima de las personas y bajo el pretexto de lo que muchos consideran la modernización de nuestra democracia. ¡Qué va! Ese populismo reformador nos está llevando a creer que modernizar la democracia es darle más poder a los partidos políticos para seguir convirtiéndolos en clubes exclusivos y excluyentes que se reservan el derecho de admisión a efectos del otorgamiento de avales que deberían estar a disposición de cualquier ciudadano que quiera ejercer el fundamental y sacrosanto derecho a ser elegido.

El de las listas cerradas, es un esquema que puede funcionar de modo eficiente en países que ya han superado las graves falencias de una democracia como la nuestra en donde la cultura de la ‘viveza’ y de las ‘roscas’ son el pan que cada día se zampan los “dueños” del país en detrimento de aquellos que están condenados a la exclusión eterna. Ese sistema, además de cerrar aún más las puertas a quienes desean aspirar, despoja al pueblo de la posibilidad de escoger libremente a las personas que ocuparían las curules en las corporaciones públicas, pues, con la eliminación del voto preferente, se estaría trasladando un privilegio que hoy tiene la ciudadanía, al singular capricho de las directivas partidistas.

La otra idea que ronda en el congreso y que ya fue aprobada en el primero de ocho debates, es la de unificar las elecciones nacionales y territoriales en una jornada. Quienes la promueven y la defienden, se olvidan de que en una realidad como la colombiana, los certámenes electorales constituyen un conjunto de oportunidades para la población marginada, no sólo en lo concerniente a la necesidad de que los aspectos positivos del ejercicio proselitista sean más frecuentes, sino también en lo relativo a la dificultad que implicaría el manejo de siete u ocho tarjetones por cada elector al momento de votar. Y ni hablar de la enorme oportunidad de pasar factura a los partidos que incumplen sus promesas en el marco de elecciones intercaladas.

De hecho, precedentes como el de República Dominicana en donde se arrepintieron de haber unificado las elecciones a partir de la reforma constitucional del año 2010 al constatar que fue un craso error haberse dejado llevar por ese populismo reformador que presentó dicha unificación como la panacea y sobre la cual acaban de retroceder volviendo al antiguo esquema de las elecciones separadas que empezará a implementarse en el 2020, deberían ser objeto de análisis por parte de quienes insisten en embarcar al país en absurdas ocurrencias disfrazadas de innovación. Peor aún cuando tales ocurrencias vienen acompañadas de soluciones transitorias que menoscaban el mandato popular al pretender sacar adelante la “brillantísima” e inconstitucional idea de prolongar a seis años el periodo de gobiernos y corporaciones públicas elegidas por cuatro años.

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Por atractivas y perfectas que resulten ideas como las listas únicas y la unificación de las elecciones, el escenario colombiano no está preparado para que tales iniciativas produzcan los efectos positivos que han podido producirse en otras latitudes. Dejémonos de tonterías…¡Esto es un Ferrari en Pajonal!

Miller Soto
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Miller Soto es un abogado guajiro-barranquillero de 42 años que ha dedicado su vida a la política y a la docencia universitaria. A sus 15 años, en La Guajira, fue víctima de un secuestro en cuyo rescate hubo un enfrentamiento armado entre las autoridades y sus captores haciéndolo blanco de un disparo que afectó su columna dejándolo parapléjico. Estudió Derecho en Barranquilla, ciudad que lo convirtió en el Concejal más joven de su historia (19 años) permaneciendo allí tres periodos consecutivos. En el año 2003 viajó a Italia para adelantar estudios de posgrado. Allí vivió ocho años en los que despertó su pasión por el estudio y la docencia, regresando a Colombia después de terminar su doctorado. Actualmente se desempeña como profesor universitario, columnista, consultor y activista político. Próximamente, será publicada su primer libro bajo el título “La batalla por la paz”.