Un invitado especial en la feria de las flores

Alvaro Mejía Vásquez

Alvaro Mejía

@Lacnico4

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A finales del siglo XX durante una de la cantidad de ferias, reinados y festivales que tiene nuestra querida Colombia, aparecía una que durante las ceremonias era por momentos casi triste y a la vez alegre verla, era de esas verbenas a gran escala donde la gente desde muy temprano salía a ocupar puestos en las calles para no perder detalle, lindos corceles de muchos colores, percherones, pintos, blancos , moros con sus lindas amazonas, viendo a ciertos elementos que manejaban mal sus caballos me dio por defender a los “artistas” y me adentré en el corazón  de uno de ellos que antes de morir me contó su historia que comienza así:

 

No sé porque, pero desde que el Creador me autorizó a ingresar a este mundo, fui corredor y fuera de eso ganador. Recuerdo que cuando dieron la partida, hacía mucho calor, estábamos como en medio de una tormenta en alta mar, después de cruzar la meta, llegó la bonanza, pero por solo 11 meses, donde mi ocupación era dormir, soñar, descansar y nadar en algo tan suave y dulce como lo era estar dentro de la barriguita de una mamá.   Aquí me desaparezco por un rato, porque a mi mamá le cambió la vida y creo que a mi también, yo estaba solo, con mucha tranquilidad y paz, a ella no la desamparaban teniéndole detalles y cuidados a granel, al cuidarla a ella, me cuidaban a mi también, pues era la esperanza de una hacienda productora de ejemplares equinos de exportación. A determinadas horas le daban salvao, melaza, avena, vitaminas, buen pasto y agua limpia, la bañaban, le peinaban sus crines, la acariciaban y le decían palabras cariñosas, mientras tanto, yo recibía por comunicación directa todos esos manjares.

 

Pasó el tiempo y sentí algo que truncó mi tranquilidad, que no nos digamos mentiras, tampoco fue tan frustrante como dicen algunos entendidos.

 

De un momento a otro me vi en un prado verde, y como con 5 personas a mi alrededor que me observaban y me limpiaban desde mis naricitas, hasta el último pelito de mi cola, como a los 10 minutos, me dio hambre y cual marinero que se dirige hacia el faro salvador en mitad del océano, haciendo miles de piruetas y caída tras caída  y ante las risas de unos,  lágrimas en otros, siguiendo  mi olfato arribé donde quería y bebí hasta quedar satisfecho y así empezó en sí mi vida.    

 

Corría, saltaba, brincaba sin más ni más, sintiendo el vigor y el fragor de la juventud, miraba para todos los lados y volvía y arrancaba, así pasaron varios meses hasta que de pronto, se me acercaron dos hombres andando muy despacio y con zanahoria y terroncitos de azúcar en sus manos, me incitaron a estar cerca de ellos, en ese estado de docilidad y mansedumbre fingidos, me pusieron una soga o lazo al cuello  y por más que brinqué, relinché, tiré pata para todos los lados, no logré zafarme, al fin me cansé y vi que no era tan malo ese estado.

 

 Al otro día, me pusieron algo encima que me molestó y nuevamente mi desaprobación por ese peso. Con una soga y con todos esos aparatos encima, me hacían dar vueltas y vueltas como por un corral y los que me veían, conversaban y hacían comentarios a granel.  

 

Unos días después de esos ajetreos, me pusieron algo de hierro en mi boca y se me subió con mucho sigilo y suavidad un hombre, al cual no pude tumbar.

 

Después de un rato de forcejeo de parte mía y de buenos tratos, palmaditas en mi cuello, frases de dulzura y amistad de él para conmigo, me puso a caminar lo mas de bonito, repitiendo estas acciones durante meses en los cuales después de visitar pueblos, ciudades y ponerme escuditos o insignias en mi cuello, sentir los aplausos y griterías de la gente, me devolvían a mi casa para seguir con la misma rutina.    

 

Hasta que una vez con varios de mis hermanos y primos nos metieron en camiones muy grandes llegando a una ciudad muy linda, llena de flores, de puentes, de luces, de mujeres hermosas, las calles limpias, la música tropical en su furor y encontrando más de 4.000 congéneres míos llegados de todas partes del mundo, comenzamos lo que para la gente era un gran espectáculo pero para nosotros: UN SUFRIMIENTO.

 

Nuestros amos, no todos claro, dejándose llevar por la algarabía, la rumba, las canciones de despecho, las mexicanas y despersonificándose minuto a minuto por el licor, nos trataban mal, no nos cuidaban, cada que nos resbalábamos en las calles, nos maldecían con vocabulario vulgar o soez apretándonos la lengua con el hierro que llevábamos en la boca.

 

Bajo un sol radiante, un cielo azul con nubes coquetonas haciendo figuras de todo tipo, la gente aplaudía, tomaba fotos, se les veía muy contentas. Por mi casta y señorío aunque me sentía magullado, aporreado, cansado y herido, di hasta los últimos respiros jadeantes y lleno de sudor en mi lomo resbalé y me quebré una extremidad trasera, mi dueño se levantó como un energúmeno y me cogió a fuete y a patadas para que me levantara, creo que más por su orgullo herido que por otra cosa.  La gente protestaba y le pedían respeto por mi, pero él, fuera de su personalidad y lo borracho que estaba, me daba más y más, llegó la policía, lo detuvieron y yo agonizaba delante de niños, turistas, periodistas, gente en general pues había perdido mucha sangre, una sangre que era “pura sangre” como decían por ahí, pero esto no bastó y me fui yendo,  así morí en esa bella tarde en uno de los puentes de Medellín ante la mirada atónita de espectadores y transeúntes que no atinaban a creer lo que veían, la gente comentaba y comentaba que rompiendo un “récord Guinnes” por la cantidad de animales que fuimos, no creían que en la feria de las flores y en ese siglo permitieran que el licor acabara con una vida que se vislumbraba como la de un gran semental para bien de mis amos y de la humanidad.

 

MORALEJA: Donde hay licor en exceso se acaba la personalidad y empieza la cruel brutalidad. 

 

Álvaro Mejía Vásquez
Acerca de Álvaro Mejía Vásquez 10 Articles
Paisa. Voluntario como bombero, guarda de tránsito y Paramédico. Ciclista, atleta, tenista, presidente de dos ligas en Medellín: la de tiro con arco y la de ciclismo recreativo, creyente, periodista del Ciprec, poeta, periodista y escritor. Promotor Ambiental, de Convivencia, de Seguridad ciudadana y Veedor Cívico Papá de gemelas. Vivo en Medellín,